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30 septiembre, 2020

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The Trial of the Chicago 7

The Trial of the Chicago 7

Llegado el momento en donde debes sentarte a escribir sobre una obra fílmica como es The Trial of the Chicago 7 (Aaron Sorkin, 2020) tienes dos opciones, por lo menos, en mi caso particular. La primera lleva aparejada el redactar un largo ensayo sobre la vida de todos aquellos personajes implicados en el juicio al que hace mención el título de dicho largometraje, situados éstos a un lado y a otro del sistema judicial -acusación y defensa-. Dicho juicio pretendía castigar, con todo el peso de la LEY a su alcance, el revolucionario, antisocial y díscolo comportamiento de Abbie Hoffman, Jerry Rubin, David Dellinger, Tom Hayden, Rennie Davis, John Froines y Lee Weiner durante los días previos a la Convención del partido Demócrata, celebrada ésta los días del 26 al 29 del mes de agosto del año 1968, en la ciudad de Chicago (Illinois). Bobby Seale, el octavo acusado del grupo, terminó siendo encausado, en otro estado, por un crimen que luego se demostró que no había cometido. Además, se verificó que no había tenido relación ninguna con el grueso de los cargos por los que se juzgaba al resto de los acusados, por lo que el número original se redujo en uno, hasta los siete, que dan título a la película escrita y dirigida por Aaron Sorkin.

La segunda opción era y es mucho menos teórica y/ o académica, políticamente más incorrecta y muchísimo más personal. La segunda opción, aquélla que decidí escoger, está escrita con el mismo espíritu de los subtítulos que se pueden leer en todas y cada una de las secuencias de una película que es, por decirlo claramente, una sonora bofetada en la cara de un país que lleva DEMASIADO TIEMPO EN GUERRA CONSIGO MISMO.

En esta segunda opción importa más resaltar las motivaciones de los implicados que los hechos que se narran en el discurso cinematográfico. Dicho esto, una vez que un agente de la ley se quita su placa identificativa en acto de servicio, éste deja de ser un servidor público para convertirse en un vulgar matón tabernario y/o en un integrante de los infames escuadrones de la muerte que asolaron buena parte del mundo, en esos mismos años.

Son todas esas mismas motivaciones las que llevaron a varias administraciones, desde finales de la década de los años cuarenta del pasado siglo XX, a mentir sobre las verdaderas razones que se escondían detrás del conflicto de Vietnam que, en los años en los que se sitúa histórica y socialmente hablando la película, alcanzó un nivel de descrédito y sinrazón el cual se traducía en decenas de vidas humanas segadas en las selvas, los campos, los arrozales, los ríos e, incluso en los cielos de aquel país asiático, semana tras semanas, mes tras mes.

Son esas mismas motivaciones las que llevaron hasta el banquillo de los acusados a personas tan dispares como las que se vieron implicadas en este insulto contra el mismo sistema judicial. Estaban allí sentados para decirle a la sociedad de aquel momento, ALTO Y CLARO, lo que se podía y lo que NO se podía hacer, decir y pensar en un país, los Estados Unidos de América, el cual, paradójicamente, se orquestó sobre una revolución contra una monarquía que amordazaba los deseos de independencia, libre expresión, reunión y capacidad de decisión de sus ciudadanos. Como muy bien recordó Abbie Hoffman, el presidente Abraham Lincoln hubiera sido detenido y/o apaleado por los agentes de policía congregados en la ciudad de Chicago en aquellos instantes.

Son esas mismas motivaciones las que llevaron a dos administraciones, sobre todo la del recién llegado  presidente Richard Milhous Nixon, a tratar de desmontar o, mejor dicho, a tratar de acabar con la tinta que se utilizó para redactar la Primera Enmienda de la Constitución de dicha nación. Dicha Enmienda viene a decir lo siguiente: El Congreso no hará ley alguna por la que adopte una religión como oficial del Estado o no se permita practicarla libremente, que coarte la libertad de expresión, de prensa, que interfiera en el derecho del pueblo para reunirse pacíficamente y para pedir al gobierno la reparación de agravios por éste.

El juicio, este juicio, vino a poner en solfa buena parte de los avances sociales logrados tras las Segunda Guerra Mundial y trató de servir de ejemplo para amordazar a quienes discrepaban con la concepción, en este caso UNA concepción de nación, donde los derechos de las personas quedaban subyugados ante los caprichos de quienes utilizaban a sus ciudadanos para jugar sobre el complejo tablero político de la década de los años sesenta del pasado siglo XX.

Es cierto que los modos y las maneras de quienes pretendían reunirse sobre la hierba del parque Lincoln -pero que luego debieron trasladarse al recinto acotado por la ciudad de Chicago en el parque Grant, ante la negativa de la alcaldía de permitir reunirse en el primero de los recintos- estaban empapados por la rabia y desazón resultante del reclutamiento forzoso al que estaban siendo sometidos todos los jóvenes de aquel momento, por parte de la administración del presidente Lyndon Baines Johnson, para suplir las necesidades del conflicto bélico. 

El comportamiento de las autoridades, las fuerzas del orden público y los máximos representantes políticos, durante y después de las fechas en las que se encuadran los hechos que luego se juzgaron en un tribunal de justicia, demostró que nadie había aprendido nada de lo sucedido durante la infausta década anterior, marcada por la paranoia, la megalomanía y el sentimiento de indefensión de una parte de la sociedad frente al resto, ante la “caza de brujas” desatada dentro de sus mismas entrañas.

Habrá quien argumente que Aaron Sorkin y, en menor medida, Steven Spielberg, implicado en los primeros borradores de dicho libreto -hace ya más de una década- se escoran, excesivamente, hacía un lado del espectro ideológico, en detrimento de las ideas promulgadas por los representantes del Partido Republicano que, en aquellos instantes de la historia, ocupaban el Despacho Oval y sus aledaños más cercanos. 

Sin embargo, quienes piensen así deberían tener muy presente que el actual inquilino de ese mismo Despacho, -perteneciente, éste, al mismo partido político que orquestó aquel surrealista esperpento- ha declarado, entre otras muchas barbaridades que atentan contra las bases del sistema democrático sobre el que se sustenta el país que preside, su intención de intervenir el servicio estatal de correos si, con ello, evita ser derrotado en las próximas elecciones presidenciales del mes de noviembre de este año 2020…

Dejando a un lado que alterar, interferir y/o trasgredir la buena marcha del servicio postal norteamericano se considera un delito federal, queda muy claro que el empeño de una élite por decirle al resto de los ciudadanos lo que ni siquiera debe pensar, mientras ellos actúan de forma impune y desmedida, sigue estando muy vigente. Es más, el juicio desarrollado durante el año 1969, marcado por un fuerte componente político, QUE NO LEGAL, fue solamente un episodio más dentro de esa larga lista de sinrazones anteriores.

Quizás el momento más amargo de toda la película llega cuando Thomas “Tom” Emmet Hayden le pregunta a una persona tan lúcida como lo fue Abbot Howard “Abbie” Hoffman lo que hubiera pasado si Robert Francis “Bobby” Kennedy no hubiese sido asesinado el seis de junio del año 1968. La expresión de quien da vida al activista y escritor en la pantalla, el actor británico Sacha Noam Baron Cohen, no puede ser más elocuente y explícita -como debió ser la del mismo activista- al afirmar que las cosas no hubiesen transcurrido, ni muchísimo menos, de la misma manera.

Poco sirve ya teorizar con lo que hubiera podido pasar, pero Aaron Sorkin pone las cartas sobre la mesa nada más empezar a ver los títulos de crédito de una película, estrenada en algunos países en pantalla grande, pero pensada para que su difusión posterior llegue de la mano de la plataforma Netflix, quien ha logrado que un proyecto con una larga preproducción a sus espaldas haya podido ver la luz

¿Y el estreno de una película tan controvertida como ésta tiene alguna relación con las próximas elecciones presidenciales norteamericanas, las cuales ya están tocando a la puerta?  Eso es algo que deben juzgar ustedes… Yo tengo una teoría, no sé si válida o no, pero la tengo.

© Eduardo Serradilla Sanchis, Helsinki, 2020

© 2020 DreamWorks, Amblin Partners, CAA Media Finance, Cross Creek Pictures, Double Infinity Productions, MadRiver Pictures, Marc Platt Productions, Paramount Pictures, Reliance Entertainment, Rocket Science and ShivHans Pictures

Imagen 1: Tom Hayden (Eddie Redmayne) in The Trial of the Chicago 7 © 2020 Netflix

Imagen 2: Abbie Hoffman (Sacha Baron Cohen) and Jerry Rubin (Jeremy Strong) in The Trial of the Chicago 7 © 2020 Netflix

Imagen 3: Fred Hampton (Kelvin Harrison Jr.); William Kunstler (Mark Rylance) and Bobby Seale (Yahya Abdul-Mateen II) in The Trial of the Chicago 7 © 2020 Netflix

Imagen 4: Richard Schultz (Joseph Gordon-Levitt) and Thomas Foran (in The Trial of the Chicago 7 © 2020 Netflix

Imagen 5: Richard Schultz (Joseph Gordon-Levitt) the director, Aaron Sorkin and Thomas Foran (J.C. MacKenzie) in The Trial of the Chicago 7 © 2020 Netflix

Imagen 6: The Trial of the Chicago 7 original poster. Image courtesy Webedia Showtimes Feed

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