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Cómics del anillo

13 diciembre, 2025

Línea y forma: una memoria de Canarias

La caricatura es también una forma de memoria. No sólo porque rescata rostros, gestos y modos de una época, sino porque contiene una mirada, una sensibilidad y una conciencia crítica del tiempo. En Canarias, donde la distancia y la identidad han moldeado siempre el humor, la caricatura ha sido una herramienta para reconocernos: un espejo que deforma para revelar, un juego de luces y sombras que ilumina lo que solemos pasar por alto.

Esa tradición, tan viva como poco estudiada, tiene raíces profundas. Ya en los primeros periódicos ilustrados del siglo XIX aparecen caricaturas de políticos, escritores o personajes públicos locales, dibujadas con un pulso entre ingenuo y malicioso. Aquellos trazos pioneros abrían una grieta de libertad en tiempos de solemnidad. En los años veinte y treinta del siglo pasado, la caricatura se consolidó en revistas satíricas y culturales como La Voz de Canarias o Antena, donde la ironía convivía con la modernidad gráfica. Y tras la guerra, cuando el humor era una forma de supervivencia moral, algunos dibujantes mantuvieron viva esa llama, desplazando la crítica abierta por la insinuación inteligente, el gesto cómplice o el guiño que sólo el lector atento comprendía.

En ese largo recorrido se inscribe la figura de Eduardo Millares Sall, conocido universalmente por su firma, Cho-Juaá, que es desde antes de su temprano fallecimiento uno de los nombres propios de la cultura canaria contemporánea. Con él, la caricatura alcanzó un nivel de madurez estética y comunicativa que la convirtió en parte del paisaje habitual de la prensa. Millares supo unir el humor con la observación aguda, la ironía con el afecto, la precisión del dibujo con la profundidad del retrato psicológico. En cada caricatura se percibe el oficio del artista, pero también la mirada del cronista que sabe captar no sólo el rostro, sino la circunstancia.

La caricatura, como forma de arte popular, tiene algo de milagro: sobrevive en los márgenes, en las esquinas de los periódicos, en la fugacidad de una publicación que se tira al día siguiente. Y sin embargo, en esa fugacidad se guarda un testimonio irreemplazable de la vida colectiva. Lo que este libro rescata –medio millar de caricaturas firmadas por Cho-Juaá o Sall, reunidas por primera vez gracias a la labor paciente de su hijo Eduardo– es precisamente eso: la huella de un tiempo, la memoria de una sociedad con motivos para la amargura, que sabía mirarse a sí misma con humor.

La publicación de las caricaturas de Millares localizadas por su hijo Eduardo no se limita a su mera recopilación, se trata más bien de un acto de restitución patrimonial. Durante décadas, buena parte de la obra de Millares estuvo dispersa en hemerotecas, carpetas privadas o archivos familiares, amenazada por la fragilidad del papel y el olvido. La tarea de búsqueda y clasificación realizada por su hijo tiene un valor que va más allá de lo familiar o sentimental: es una contribución al patrimonio gráfico de Canarias. Gracias a ese esfuerzo, hoy podemos leer –y ver– la historia reciente del Archipiélago desde una perspectiva distinta, la del humor y la inteligencia del trazo.

La caricatura de prensa en Canarias ha sido considerada con frecuencia como un género menor. Se trata de un juicio injusto: fue, más bien, un laboratorio de libertad en medio de los límites impuestos por la censura o por el peso de las convenciones sociales. En tiempos en que la palabra debía medirse, el dibujo podía insinuar, exagerar, ironizar, y así decir lo que no se decía abiertamente. La risa, en ese contexto, pudo ser una forma de resistencia. Y Millares fue uno de sus grandes artesanos. Su humor, afilado pero nunca cruel, tenía la rara virtud de hacer pensar sin herir, de invitar a la complicidad sin caer en la burla. En su línea se reconocen los matices de una tierra que aprendió a sobrevivir con una sonrisa irónica, a convertir las carencias en ingenio y la distancia en mirada lúcida.

El impulso de renovación que llevó a la creación de una sección canaria de la Agrupación Vanguardista de Caricaturistas Personales, creada en la década de los 50 bajo el liderazgo de Luis Lasa León, nació precisamente de esa convicción: la de que el humor gráfico era un lenguaje con plena dignidad artística y cultural. El germen de la sección canaria estuvo en un grupo de caricaturistas y humoristas gráficos que compartían una misma pasión por el dibujo como forma de pensamiento. Entre ellos, nombres que ya formaban parte del imaginario visual de las islas: Eduardo Millares (Cho-Juaá), figura central y referencia ineludible; Harry Beuster, maestro de la geometría y autor de sátiras políticas tan ingeniosas como elegantes; el tinerfeño Paco Martínez, con su humor de línea ágil y mirada cáustica; Rafaely, que conjugaba el retrato con la ironía popular; y otros artistas que, desde la prensa insular, hacían del humor gráfico un género respetable y querido por el público.

La vitalidad de aquella Asociación se tradujo en exposiciones, publicaciones y en la creación de un premio simbólico que pronto alcanzó notoriedad: el ‘Baifo de Oro’, concebido como homenaje a quienes habían hecho del humor gráfico un oficio y una forma de arte. Cho-Juaá fue uno de sus primeros galardonados, y tras él recibieron el reconocimiento otros nombres imprescindibles de la caricatura canaria, que abrieron el camino a generaciones posteriores. El ‘Baifo de Oro’ no premiaba la fama ni la trayectoria mediática, sino la constancia, la agudeza y la contribución a la cultura del humor.

El “baifo” –ese cabrito joven que simboliza la viveza y la independencia– era una metáfora perfecta para los caricaturistas canarios: libres, irónicos, resistentes al encierro en géneros o etiquetas. Con el tiempo, el premio se convirtió en emblema y la Asociación en una especie de cofradía del ingenio, donde el humor era una forma de fraternidad y el dibujo una herramienta de libertad.

Décadas después, ese espíritu resurgiría con fuerza gracias a la creación de la Asociación “Se nos fue el Baifo”, fundada en los últimos años de la década de 2010, que asumió la tarea de recuperar la memoria de aquellos pioneros y de tender un puente entre ellos y los humoristas gráficos actuales. Su labor –organizando exposiciones, recopilando archivos y editando catálogos– ha permitido rescatar obras olvidadas y reivindicar el humor gráfico como un patrimonio en construcción. Si la sección canaria de la Agrupación fue el origen del movimiento, “Se nos fue el Baifo” representa su continuidad, su eco contemporáneo en la memoria cultural del Archipiélago.

Eduardo Millares no dibujaba desde la distancia del artista encerrado en su estudio, sino desde la cercanía del hombre que observa la calle, escucha los ruidos silencios del mundo y traduce en gesto lo que siente. Sus caricaturas, publicadas en el Diario de Las Palmas o El Conduto, fueron un espejo cotidiano en el que se turnaban sin orden ni concierto políticos, artistas, deportistas, amigos y personajes anónimos de la vida isleña. En cada línea hay una precisión técnica impecable y una intuición psicológica asombrosa. Millares captaba el alma del retratado con un par de trazos, y en esa síntesis de orfebre radica su genialidad.

El seudónimo Cho-Juaá, con el que firmaba sus obras, acabó convirtiéndose en su marca personal. No era una máscara para ocultar su nombre, sino una declaración de principios. Elegir un nombre tan isleño y popular era su forma de afirmar una identidad: la del creador que asume el habla y el tono de su tierra, que se reconoce en el lenguaje común de la gente. Con el tiempo, Cho-Juaá fue más que una firma, una voz colectiva, una manera de hacer del humor una lengua compartida.

Su obra, ahora reunida, permite comprender mejor la dimensión de su aportación al periodismo y al arte. Millares fue un pionero en entender la caricatura como documento social, como archivo de la vida cotidiana. Cada dibujo suyo tiene el valor de un testimonio histórico: las modas, los conflictos políticos, los rostros del poder, los símbolos de la cultura popular. Pero también implica un ejercicio de síntesis estética: la economía del trazo, la precisión del gesto, la elegancia de la composición. En un solo rostro, Eduardo Millares lograba acercarnos a la personalidad, el carácter y, a veces, el destino de su modelo.

El humor, decía Umberto Eco, “es la cortesía de la desesperación”. En Millares hay mucha más cortesía que desesperación: es la suya la elegancia de quien observa con inteligencia y cariño. Su ironía no busca destruir, humaniza. Tal mezcla de lucidez y afecto por lo menudo, explica por qué sus caricaturas siguen vivas, por qué no han envejecido: porque –medio siglo después de ser hechas– continúan hablándonos de lo esencial, de la condición humana.

Eduardo Millares fue, ante todo, un observador. Su mirada curiosa, su oído atento al habla popular, su capacidad para entender la psicología de los personajes y traducirla en dibujo, lo convierten en un cronista esencial de la Canarias del siglo XX. Pero su legado va más allá del testimonio: es una lección sobre el poder del humor como herramienta de comprensión, como antídoto contra la solemnidad y como vehículo de libertad. La publicación de este volumen es un acto de justicia con el artista Millares y con el recuerdo de su tiempo. Cuando la inmediatez digital amenaza con borrar la memoria material del dibujo, reunir y preservar estas caricaturas es una forma de reconocimiento explícito de su importancia. La caricatura, que nació para vivir un día en las páginas de un periódico, encuentra ahora un espacio duradero en el libro, en el archivo, en la historia del arte gráfico de Canarias.

El trabajo de recuperación emprendido por la familia Millares representa una nueva forma de mirar el patrimonio: entender que también el humor, la prensa y el trazo rápido del caricaturista son una parte de nuestra propia identidad. No sólo merecen ser conservados: merecen ser estudiados, difundidos y celebrados. En esas líneas, aparentemente ligeras, se dibuja la historia invisible de una comunidad, su manera de pensar, reconocerse y reír.

Este libro no sólo recupera una obra; devuelve a la conversación cultural de Canarias a uno de sus grandes creadores. Nos recuerda que la identidad no se construye sólo con monumentos, leyes o discursos, sino también con imágenes, gestos y trazos. En la línea de Cho-Juaá late la historia de un pueblo que aprendió a reconocerse a sí mismo en lo socarrón, en la ironía, y en la risa. Tras la publicación de estas quinientas caricaturas resuena una idea esencial: que el patrimonio cultural debe incluir también lo que nos hizo y nos hace sonreír.

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