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La vida de una iraní

La vida de un artista casi siempre explica su obra. Y quizá, compartiendo parte de mi propia experiencia, podamos entender un poco mejor la de Marjane Satrapi.

En la vida de Marjane hubo un acontecimiento que la marcó para siempre. Tenía diez años cuando estalló la Revolución Islámica de Irán, la revolución que lo cambiaría todo.

Como muchos iraníes, su familia esperaba que la caída del Sha trajera un país más libre y más justo. Sin embargo, nadie imaginaba que el cambio desembocaría en una república islámica que restringiría profundamente las libertades.

Llegó el uso obligatorio del velo. Llegó la segregación por sexos en las escuelas. Llegó una educación basada en la religión y en la obediencia. Llegaron la censura y la pérdida de libertades fundamentales.

Irán dejó de ser un país multicolor y se convirtió en un país en blanco y negro. En todos los sentidos, si me permiten la expresión.

Yo soy hija de aquella revolución. No llegué a conocer el Irán que vivieron mis padres ni gran parte de mi familia. Crecí en el Irán que vino después. Pero sí sé lo que es la libertad. Sí sé lo que es sentirse plenamente feliz, porque tuve la enorme suerte de llegar a Canarias siendo apenas una niña de cuatro años.

Detrás dejamos un país que ya no era el que habían soñado mis padres, pero seguía siendo nuestro hogar. Porque una patria nunca deja de ser tu patria, incluso cuando te ves obligado a marcharte.

Es muy difícil explicar la sensación de abandonar tu casa y comenzar una nueva vida. Empieza entonces una nueva tierra, otro idioma, otras tradiciones, otros olores, otros sabores. Y con todo ello, el difícil proceso de adaptación e integración.

Por suerte, para mí ese proceso fue relativamente sencillo porque llegué siendo muy pequeña. Amo profundamente España y me siento orgullosa de ser española. Pero eso no impide que, cada vez que cruzo la puerta de mi casa, también cruce una frontera cultural, idiomática y sensorial.

Quienes vivimos entre dos países acabamos aprendiendo a vivir con dos maneras de mirar el mundo. Eso nos hace más ricos, pero también más difíciles de definir. Intentamos encajar en dos mundos paralelos y, aunque eso nos enriquece, también experimentamos soledad, tristeza, vacío y una profunda crisis de identidad.

Leyendo a Marjane sentí que alguien había puesto palabras a una sensación que yo también he vivido. Evidentemente, nuestras vidas son muy distintas. Ella intentó construir su identidad en medio de una revolución. Yo tuve la suerte de crecer en libertad. Pero me reconocí en esa sensación de llevar siempre dos culturas dentro y en el deseo de que la gente conozca a Irán más allá de los titulares y de la política.

Creo que esos son los dos grandes logros de esta obra.

Hay una frase que resume perfectamente mi vida: en España soy la iraní; en Irán soy la española. Nunca soy completamente de un lugar. Con el tiempo he comprendido que el exilio no siempre es geográfico. A veces también es identitario. Vivimos, en cierto modo, en tierra de nadie.

En España me ha tocado muchas veces explicar quién soy y de dónde vengo. Es un recordatorio de que no nací aquí. Pero cuando vuelvo a Irán ocurre exactamente lo mismo. Allí notan que han cambiado mis gestos, mi manera de pensar, mis referencias culturales e incluso mi forma de hablar persa. Como me ven los demás en Irán también es un recordatorio de que tampoco pertenezco del todo allí, por mucho que sepan pronunciar perfectamente mi nombre y mis apellidos.

Pero hay otro sentimiento que también comparto con Marjane.

Muchas veces, cuando digo que soy iraní, dejo de hablar solo de mí. De repente siento la responsabilidad de explicar qué es realmente Irán.

La mayoría de las personas conocen Irán por las noticias: guerras, programa nuclear, ayatolás o mujeres obligadas a llevar velo.

Yo, en cambio, conozco otro Irán.

El de las familias.

El de la poesía de Hafez y Rumi.

El de las reuniones alrededor de una mesa.

El de la hospitalidad.

El de las montañas, el mar Caspio y el desierto.

Yo recuerdo un Irán lleno de colores.

Siempre he sentido la necesidad de separar a un pueblo de su gobierno. Si alguien juzgara a España únicamente por sus crisis políticas, tampoco entendería lo que significa ser español. Con Irán ocurre exactamente lo mismo.

Marjane escribió Persépolis para recuperar la complejidad de un pueblo al que Occidente había reducido a un estereotipo. Tal vez por eso eligió el dibujo y el blanco y negro: para que no hubiera distracciones. Porque para defender la humanidad de un pueblo no hace falta mucho.

El otro lado de este sentimiento es mucho más oscuro. Mientras hacia fuera sentimos la necesidad de explicar nuestra tierra, hacia dentro luchamos contra una crisis aún más profunda. La relación con nuestra patria es compleja. Se puede amar profundamente un país y, al mismo tiempo, ser muy crítico con él y rechazar aquello que le hizo daño.

De hecho, Persépolis nace precisamente de ese amor crítico.

Y creo que ese es, precisamente, el mayor logro de esta obra: enseñarnos que un país nunca puede reducirse al régimen que lo gobierna y que se puede amar profundamente una patria sin dejar de denunciar aquello que la hizo sufrir.