Canarias lleva más de un siglo contemplándose a sí misma en el espejo deformante -e implacablemente sincero- de sus humoristas gráficos.
Francisco Pomares
Este sábado 30 de Mayo, cuando Padylla recoja el Premio Canarias de Comunicación, el Gobierno autonómico no estará premiando únicamente a un dibujante brillante, ni siquiera a uno de los humoristas gráficos más influyentes de la historia reciente de las islas. Estará reconociendo oficialmente algo que varias generaciones de lectores canarios saben desde hace mucho tiempo: que el humor gráfico forma parte esencial de nuestra cultura periodística y de nuestra manera de entender la realidad.
Durante décadas, miles de isleños comenzaron el día mirando antes una viñeta que un editorial. En ocasiones, aquel pequeño dibujo situado en una esquina del periódico resumía mejor que páginas enteras de información o análisis el estado político, económico o moral del Archipiélago. La caricatura, el chiste gráfico o la tira humorística no son un adorno de la información: son información. Y también crítica, memoria y, algunas veces, resistencia.
Aunque el humor gráfico suele considerarse un género menor, lo cierto es que nació ligado al periodismo moderno y evolucionó junto a él. La caricatura política y la sátira social fueron herramientas esenciales de la prensa contemporánea mucho antes de que aparecieran algunos de los géneros que hoy se consideran más ‘nobles’. El humor gráfico comparte con el editorial la crítica al poder, con la columna la interpretación de la actualidad y con la crónica la capacidad de retratar una época. Sólo que lo hace con una economía expresiva casi milagrosa: un dibujo, dos frases y una idea que a veces es realmente demoledora.
Canarias posee, además, una tradición extraordinariamente rica en esta disciplina, mucho más antigua y sólida de lo que suele creerse. La historia del humor gráfico canario comienza prácticamente al mismo tiempo que la consolidación de la prensa insular en el siglo XIX. Y lo hace con una fuerza sorprendente.
Los nombres de aquellas primeras publicaciones evocadoras: El Látigo, El Jaleo, El Gran Galeoto, La Careta, La Caricatura, El Surriago, El Abejón, El Moscardón, Barreno o ¡Fuego!, títulos publicados en las capitales de las dos islas mayores, reflejaban una sociedad políticamente áspera, profundamente dividida y enfrentada por cuestiones territoriales, y en las que la sátira actuaba como una potente herramienta del combate público.
En aquellas páginas trabajaron pioneros hoy casi olvidados, pero fundamentales para entender la historia cultural del Archipiélago: Ernesto Meléndez Cabrera, que firmaba como “Nerón Lila”; Diego Crosa; Manuel Verdugo y Bartlett; Francisco González Pedrón; Pedro de Guezala; Juan Davó; Miguel Borges Salas; Juan Claverie; Juan Millares Carló; José Hurtado de Mendoza; Manrique de Lara; Antonio Mesa; Teodomiro Morales o la singular Maruja Soto, que utilizaba el seudónimo masculino de “Don Polito”, en una época en la que el mundo de la prensa y la caricatura estaba dominado casi exclusivamente por hombres.
Aquellos humoristas trabajaban en una sociedad pequeña, insular y extraordinariamente jerarquizada. Y eso convertía la caricatura en algo mucho más peligroso de lo que hoy resulta fácil imaginar. En Madrid o Barcelona, un político podía perderse entre multitudes. En Canarias, no ocurría eso: aquí todo el mundo sabía perfectamente quién era el caricaturizado, dónde vivía, con quién se relacionaba y qué intereses representaba. El humor gráfico tenía nombres y apellidos. Y por eso dolía tanto.
Per la caricatura fue muchas más coosas que un instrumento para destrizar al adversa5io político. Desde muy temprano, se convirtió en un arma contra el caciquismo, la solemnidad del poder y la hipocresía social. Y también una prolongación natural de una cultura popular profundamente belicosa, ligada al carnaval, al teatro popular y a la retranca isleña. Canarias aprendió pronto a sobrevivir riéndose de sí misma.
La Guerra Civil supuso para la viñeta satírica, como para tantas otras cosas, una fractura brutal para la tradición asilvestrada y salvaje del viñetismo de prensa. Como ocurrió en el resto de España, la depuración política y cultural afectó también a dibujantes y publicaciones humorísticas. El humor político desapareció prácticamente de la prensa durante años. Las dictaduras soportan mal la ironía, quizá porque la caricatura tiene una extraordinaria capacidad para desnudar el ridículo del poder. A pesar de la censura omnipresente y el miedo, incluso en aquel contexto surgieron nombres fundamentales para la reconstrucción del humor gráfico canario contemporáneo. Entre ellos, uno ocupa un lugar casi mítico: el gran dibujante Eduardo Millares Sall.
Millares comenzó firmando como ‘Sall’, pero terminaría convirtiéndose en inmortal con el personaje y el universo de Cho-Juaá. Probablemente ahí reside una de las mayores singularidades del humor gráfico canario: su profunda conexión con la identidad popular de las islas. Cho-Juaá no era sólo un personaje humorístico. Era el canario humilde convertido en protagonista central del relato cultural. En sus dibujos aparecían la pobreza, la emigración, el habla popular, la supervivencia cotidiana, la respuesta a la chulería impertinente del godo, la ironía resignada y también una ternura muy particular. El humor de Cho-Juaá nunca fue cruel. Era un humor compasivo, nacido desde dentro del propio pueblo al que retrata.
En torno a aquella generación aparecieron también nombres fundamentales como Felo Monzón, Emilio Daneos, José Márquez, Manolo Millares, Manuel Padrón, Noble, Harry Beuster, Rafael Bethencourt ‘Rafaely’, Paco Martínez, Juan Galarza, Ayaso o Sánchez Brito, muchos de ellos vinculados a la Agrupación Vanguardista Canaria de Caricaturistas Personales, creada en 1957 y hoy poco recordada pese a representar uno de los primeros intentos serios de articular colectivamente el humor gráfico en Canarias. La creación, ya entrado este siglo, de la asociación ‘Se nos fue el baifo’, integrada por la mayoría de los actuales caricaturistas y humoristas gráficos de las islas y sus descendientes, y su trabajo por recuperar la historia de un pasado de gran vitalidad, ha evitado un olvido absolutamente injusto del desempeño creativo de esos precursores.
Después llegarían autores como Faustino G. Márquez, el popular ‘Pastino’ de Sansofé, los hermanos López Aguilar, Morgan en Canarias7, Carlos y Montecruz en La Provincia, Carlines, Antonio Cerpa, Néstor Dámaso del Pino o el extraordinario Eduardo González, probablemente uno de los caricaturistas técnicamente más completos que ha dado Canarias en las últimas décadas.
Y junto a todos ellos, claro, Padylla.
Resulta difícil explicar a alguien ajeno a Canarias hasta qué punto la obra de Padylla ha acompañado la vida cotidiana de las islas durante décadas. Sus caricaturas no sólo retratan políticos. Retratan costumbres, obsesiones colectivas, contradicciones sociales y hasta estados de ánimo del Archipiélago. Sus dibujos poseen además algo muy difícil de conseguir: una personalidad gráfica instantáneamente reconocible. Porque hay lectores que aseguran mirar la viñeta de Padylla antes de decidir siquiera si valdrá la pena leerse el resto del periódico y su catálogo de malas noticias. Eso dice mucho sobre el poder real del humor gráfico en la prensa contemporánea.
Porque la viñeta diaria cumple una función muy particular: obliga a condensar la actualidad en una sola idea visual. Mientras el columnista dispone de cientos de palabras para matizar, el humorista gráfico apenas tiene unos centímetros cuadrados de papel. No puede esconderse detrás de largas explicaciones. Tiene que acertar directamente en el corazón de la contradicción política o humana. Por eso los líderes y dirigentes temen tanto a los caricaturistas. Un mal editorial puede olvidarse en horas. Una buena caricatura persigue a un dirigente durante años, se convierte en algo que no sólo le retrata, también le define.
La crisis actual de la prensa escrita ha afectado también al humor gráfico. Han desaparecido espacios históricos, suplementos y páginas especializadas. Las redes sociales y el meme digital han transformado profundamente la manera de consumir humor político. Hoy cualquiera puede viralizar una broma en segundos.
Pero precisamente por eso la caricatura periodística conserva un valor especial. Porque sigue exigiendo oficio, capacidad de síntesis, cultura visual y mirada crítica. Un meme puede ser ingenioso. Una gran viñeta, además, interpreta una época.
Ahí reside la verdadera importancia del reconocimiento concedido a Padylla. No es sólo un homenaje individual. Es una forma de reconocer a generaciones enteras de dibujantes, caricaturistas y humoristas que ayudaron a explicar Canarias desde el papel impreso. Gente que convirtió el dibujo en una forma de periodismo y el humor en una herramienta de crítica social. Y también es una manera de recordar que la historia cultural de las islas no puede entenderse únicamente a través de novelas, poemas, ensayos o publicaciones periódicas. Está escrita igualmente en miles de viñetas dispersas entre periódicos amarillentos, en caricaturas recortadas y pegadas en bares, oficinas y redacciones, y en dibujos que lograron resumir, mejor que muchos discursos, la compleja personalidad de este Archipiélago.























