Francisco Pomares
Lucky Luke existió. La revelación aparece al final de Dakota 1880, el espléndido homenaje al personaje de Morris realizado por Appollo y Brüno. Después de acompañar a un Luke joven en un viaje en diligencia por el Oeste, el lector se encuentra con una entrevista que explica la verdad escondida durante ochenta años: antes del héroe de papel hubo un hombre de carne y hueso llamado como él.
El entrevistado es Gustav Frankenbaum, profesor de la Universidad Estatal de Abilene, Texas, y editor de las memorias de Baldwin Chenier. Chenier fue vaquero, ferroviario, buscador de oro, autor de dime novels y hasta peluquero de perros. En 1910 publicó Creole and American, uno de los primeros testimonios sobre la vida del auténtico Lucky Luke.
El profesor Frankenbaum no presenta su descubrimiento como una teoría: «¡Es un hecho histórico comprobado!». Chenier habría relatado aquellas aventuras en la serie The Man Who Shoots Faster than his Own Shadow. Varias portadas y una fotografía deteriorada de Luke, Chenier y Hank Bully ante su diligencia aportan las pruebas. El apellido de Luke resulta ilegible, lamenta el profesor. Esa pequeña frustración documental hace aún más creíble la investigación.
Durante su servicio militar en 1946, Morris habría conocido aquellas novelas gracias a un soldado afroamericano. Poco después publicó Arizona 1880 y, ya instalado en Nueva York, investigó la vida de Luke en la Biblioteca del Congreso. Allí conoció a Goscinny, quien reunió «todos los elementos de la vida del verdadero Lucky Luke». «¡Nada está inventado!», sentencia Frankenbaum.
Y ahí me quebré. He leído a Lucky Luke desde niño y conozco razonablemente bien la historia de la serie. La existencia de aquel cowboy que llevó su nombre me parecía inverosímil, pero con Goscinny por medio… ¿Cómo dudar?¿ Invocarlo como fuente de autoridad fue como citarle Dios a un creyente. Si Goscinny conocía los documentos, ¿por qué no iba a ser todo verdad? El argumento era sospechoso, pero también delicioso. En realidad, yo quería creerlo.
Aún así, indagué. Soy periodista de profesión, y eso me ha vuelto desconfiado. Encontré la explicación en Tebeosfera. No buscaba únicamente que alguien comprobara la historia; buscaba más bien un permiso autorizado para conservar un poco más aquella posibilidad. La respuesta acabó con el encantamiento: Frankenbaum y Chenier solo existieron en la imaginación de Appollo, tampoco sus libros ni sus portadas, y las fotografías forman parte del juego. Lucky Luke sigue siendo el personaje creado por Morris en 1946. Y se acabó.
Supongo que la anécdota demuestra el poder de la ficción y, particularmente, del cómic. Tintín jamás pisó la Luna y Corto Maltés no navegó nunca por el Pacífico (ni por ningún otro lado), pero recordamos sus viajes mejor que muchas historias reales. La imagen refuerza el prodigio: la viñeta no solo cuenta que algo ocurrió, sino que nos permite verlo. Después de decenas de álbumes no pensamos que conocemos a Lucky Luke: sabemos perfectamente quien es, sabemos cómo camina, como desenfunda y como se aleja hacia el horizonte. La repetición construye nuestra memoria visual y tangible de lo que nunca ocurrió.
Appollo y Brüno invierten el procedimiento habitual del western. El Oeste convirtió a Billy el Niño, Calamity Jane o Buffalo Bill en leyendas. Dakota 1880 recorre el camino contrario: fabrica las pruebas necesarias para devolver un mito a la Historia. La broma no ofrece una mentira solitaria, sino un ecosistema de confirmaciones: el falso profesor acredita las memorias; estas explican las novelas; las portadas prueban que circularon; la fotografía pone rostro a los protagonistas y la biografía auténtica de Morris proporciona el contacto con la realidad. Finalmente aparece Goscinny para autentificarlo todo. Cada pieza del artificio sostiene a la siguiente.
Así funciona también la posverdad. No consiste solamente en divulgar mentiras, sino en construir a su alrededor un ambiente donde parezcan ciertas. Una fotografía fuera de contexto, un experto dudoso, una estadística sin procedencia, varias cuentas que repiten lo mismo y una autoridad auténtica citada de manera equívoca pueden formar una explicación coherente y completamente falsa. Ya no se nos pide creer una afirmación: se nos invita a entrar en un mundo donde todo parece confirmarla.
Pero falta el elemento decisivo: nuestro deseo de creer. Appollo no derrotó mi conocimiento sobre las andanzas del personaje de Morris; sencillamente lo utilizó. La posibilidad de que detrás de uno de los mitos de mi infancia hubiese un cowboy del siglo XIX era demasiado hermosa para rechazarla. El autor proporcionó las pruebas, pero fui yo quien terminó el trabajo creyéndomelas. También las falsedades políticas eficaces cuentan aquello que deseamos escuchar. Examinamos con severidad lo que contradice nuestras convicciones y aceptamos con indulgencia lo que las confirma.
Por supuesto, existe una diferencia moral decisiva entre la ficción y la mentira. Dakota 1880 establece un juego de falsedades con el lector que probablemente funciona mejor cuando termina siendo descubierto. El embuste es un homenaje y sigue produciendo placer después de ser desenmascarado. La posverdad, en cambio, procura que nunca salgamos de la ficción. No busca complicidad literaria, sino adhesión política, o captar dinero, o provocar miedo o conseguir votos.
Vivimos bajo la dictadura del «aquí te pillo, aquí te mato»: las noticias se comparten antes de leerse. La inteligencia artificial permite fabricar una fotografía, el periódico que supuestamente la publicó, el experto que la estudió y hasta su currículo. La mentira produce en segundos el aparato documental que Appollo y Brüno construyeron para gastarnos una broma.
La única defensa consiste en detenerse y cuestionarlo todo, sobre todo cuando una historia nos agrada. Estar acostumbrado a identificar lo que es verdad no inmuniza frente a la falsedad: nuestros conocimientos pueden convertirse en los materiales con los que alguien levante una mentira a nuestra medida. Tampoco sirve desconfiar de todo. Si cualquier documento puede ser falso y todas las versiones nos parecen equivalentes, habremos entregado la realidad a quien grite más fuerte.
Vaya: Lucky Luke no existió. Durante unos minutos lamenté comprobarlo. Aquella pequeña y triste victoria de la verdad me recordó que la ficción puede adueñarse de la realidad y que nosotros, encantados y fascinados por el deseo, podemos aplaudir. Frente a una mentira hermosa o conveniente, conviene hacer lo que hice, aunque fuera con pocas ganas: acudir a Tebeoesfera, preguntar y desengañarme. Que buena historia que Luke existió, aunque no fuera cierta. Podría haberla escrito el mismísimo Goscinny. De hecho, eso fue lo que hizo durante años.
























