Noe Ramón

El gallego Miguelanxo Prado es uno de los dibujantes españoles con más reconocimiento internacional. Su carrera empezó a finales de la década de los años setenta con colaboraciones en diversos fanzines gallegos. En los ochenta se traslada a Barcelona, principal capital del cómic, donde colabora de manera asidua en publicaciones como Zero o las del editor Toutain. A través de su mente y de su mano han surgido obras cómo Manuel Montano (1988) o Crónicas Incongruentes (1990). En 1992, aparece su primera historia larga, la multipremiada, Trazo de tiza, a la que sigue en 1993 Pedro y el lobo, y -dos años después- la recopilación de historias cortas Tangencias. A partir de aquí comienza a centrarse en su faceta de ilustrador para libros, revistas, publicidad y animación y en 2004 escribe La Mansión de los Pamplín que recibió el premio a la mejor obra y guión del Salón del Cómic de Barcelona en 2005.

De la quincena de galardones recibidos en su larga trayectoria profesional, el más importante es sin duda el Premio Nacional del Cómic  de 2013, pero cuándo se le pregunta al respecto, señala que su mayor satisfacción fue haber sido elegido en 2007 para conformar el grupo de una treintena de personas que sentó las bases que rigen este galardón: “entonces el Ministerio contactó con una serie de individuos de distintos estamentos y se creó un grupo de trabajo muy plural”.

Prado cree que las reuniones que se celebraron por aquellas fechas “discutimos de cosas que pueden parecer chorradas, cómo por ejemplo el nombre que le íbamos a dar, si el de Premio del Tebeo, del Cómic, de la historieta…” El objetivo era hacer que el certamen sirviera para visibilizar el mundo del tebeo español y en ese marco “nos parecía que lo más importante era reconocer en cada edición a un libro y a un autor diferente”.

Recuerda que en 2007 cuando se gestaba el galardón “teníamos la sensación general de que estábamos ayudando a poner en marcha un elemento que iba a ser importantísimo en la normalización de la historieta en el país. Es más, creo que a partir de entonces se ha abierto un camino básico en cuanto al perfil del lector que en esos momentos estaba totalmente fanatizado. Algunos parecían haber jurado una fidelidad sin límites, tenían un sentimiento pasional hacia determinados autores y temáticas”. Pero después de la instauración del Premio Nacional, el sector da un paso decisivo para salir del gueto en el que estaba encerrado y se abre al público general que ahora puede acceder a sus contenidos y a un lenguaje al que tal vez no estaban acostumbrados.

Prado es claro al señalar que nunca esperó que la instauración del certamen fuera a implicar de forma inmediata un incremento milagroso en las ventas, “pero sí se abría la posibilidad de que un día al año los medios se vieran forzados a hablar del cómic y así se creó una especie de inercia que ha sido fundamental”. Otro tanto ocurre con el Día Nacional del Cómic, cuya primera edición oficial se celebra el 17 de marzo y que en su opinión  “ayudará también a normalizar en la sociedad una actividad creativa y cultural que tiene asociados elementos económicos importantes. Todo lo que sea generar fuerzas que apoyen este tipo de mecanismos me parece positivo”.

Haciendo un repaso de su trayectoria, recuerda que en los años ochenta del pasado siglo se abrieron las posibilidades del llamado noveno arte y concretó la transición del cómic de superhéroes de los Estados Unidos hacia una nueva concepción de la historieta de autor. “Cuando yo empecé a publicar profesionalmente en 1982, las nociones en las que nos movíamos eran mínimas; tenías las publicaciones de terror o de ciencia ficción, pero poco más. Luego es cuando surgen revistas más plurales, cabeceras que dan cabida a otro tipo de historieta…”, pero lo que podría entenderse como una “conquista magnífica” también tiene su contrapartida, por ejemplo, que el panorama del cómic se ha fragmentado muchísimo y las editoriales optan por una estrategia que les garantiza un suficiente nivel de ventas para poder sobrevivir, pero que como contrapartida pone en peligro la diversidad creativa. “El nivel de ventas sigue siendo suficiente para mantener el sector, pero los autores salen perdiendo desde el punto de vista económico. Hay que tener en cuenta que apenas percibimos el 10% de las ventas, lo que significa que si se compran 2.000 libros en los que has trabajado un año, apenas recibirás 3.000 euros en total”.

Recuerda la existencia en los años noventa de distintos grupos de dibujantes, entre los que destaca los de El Víbora, la escuela valenciana y los inclasificables, entre los que se incluye, y como esa variedad no implicó que existiera enfrentamientos entre ellos, más bien todo lo contrario. “Hablamos de públicos y editores distintos. Jamás nos llevamos mal, siempre nos hemos admirado mutuamente, aunque yo pueda estar más cercano a unos que a otros”.

Pero ese espíritu saltó por los aires tras el cambio de siglo, con la crisis de las revistas y se comienzan a crear «grupúsculos que elaboran sus proclamas y a quienes no las suscriban los consideran enemigos”. Otro problema añadido es una creciente amateurización que se plasma en la existencia de autores que publican dos o tres obras y luego tienen que dedicarse a otras labores para poder ganarse la vida. En este panorama sobreviven un grupo de creadores consolidados que cuentan con muchos seguidores, mientras que para los jóvenes la situación es “complicadísima”. En definitiva, existe un escenario de puertas abiertas para los dibujantes pero la realidad es que la gran mayoría de ellos sobreviven en condiciones de precariedad.

Prado advierte que detrás del arte “siempre hay cuestiones económicas y que, por lo tanto, debe ser despojado de cualquier componente místico” porque tan sólo es “una forma de sublimar nuestras limitaciones y de hacernos más llevaderos la vida en este mundo”. Opina que “uno de los grandes engaños del siglo XX fue el discurso surgido de la comedia romántica del creador consumido por la pasión de una indomable inspiración”. Para el dibujante, personajes como Miguel Ángel o Caravaggio surgieron en su momento porque había determinadas élites o públicos dispuestas a gastarse dinero en apoyarlos. No muy diferente sería lo ocurrido con Los Beatles, Rolling Stones o Vargas Llosa, indica.

Contradictoriamente, con estas manifestaciones, el autor muestra una confianza “ciega” en la capacidad creativa del ser humano y no duda de que “la estupidez necesita de mucho dinero para imponerse globalmente. De forma continua vemos fenómenos de modas pasajeras que se presentan como el futuro, pero apenas duran dos años. Tenemos una tendencia innata a creernos el primer ser humano sobre la tierra, al adanismo”. Por el contrario, “el arte siempre ha llegado a sus momentos más altos cuando se abre y todos se dejan contaminar por todos. Por eso tengo tanta esperanza en la multiplicidad”.

A los que se inician en este mundo les advierte que “nunca ha existido el éxito súbito, sólo hay el trabajo del día a día y quien tenga esta pulsión le diría que no se desanime, la puerta de entrada siempre ha sido estrecha, lo que pasa es que ahora hay un salón al que parece que puede entrar cualquiera pero no es tan fácil”. En este panorama, explica, “internet puede significar una oportunidad única para que los nuevos creadores se den a conocer a escala mundial”.

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