La serie de cómics Hechos, dichos, ocurrencias y andanzas de Bardín el Superrealista, creada por Max en 1996, está protagonizada por el personaje homónimo, el primero del autor tras Gustavo (1977) y Peter Pank (1983). Se compone de historietas publicadas en varios medios, y se considera una obra maestra del cómic español contemporáneo. Recopilada en 2006, la obra ganó la primera edición del Premio Nacional del Cómic en 2007.
Bardín es un personaje anodino. En esa intencionada mediocridad radica su encanto. Viste un traje gris, luce cabeza monda, carece de rasgos físicos exagerados y su expresión oscila entre la placidez y el desconcierto. En las primeras páginas del cómic, es arrojado a un mundo donde las leyes de la física, el tiempo y la lógica tradicional no funcionan.
Lo fascinante de la creación de Max radica en la desconcertante actitud de su protagonista: a Bardín nada le parece extraordinario. Si se cruza en un bar con un dios antropomorfo, entabla una conversación teológica mientras pide un café. Bardín es un hombre corriente que acepta los delirios del subconsciente como si tal cosa, con la misma resignación con la que se asume una jornada laboral.
Nos encontramos ante una Edición 30º Aniversario, que expande aquellas páginas con material inédito, tomas falsas, bocetos e historietas de transición, convirtiendo este tomo en una pieza de coleccionista, y en un objeto de estudio indispensable para entender el alcance conceptual del autor.

Una página de la serie.
El universo de Bardín es un cruce imposible pero extrañamente armónico. Las páginas de la obra supuran constantes homenajes artísticos. El espíritu de Luis Buñuel y su cortometraje Un perro andaluz abren literalmente el torrente onírico de la obra. El erotismo distorsionado y los paisajes desérticos evocan de inmediato a Salvador Dalí. Max introduce a los Dioses Mickey, donde la figura icónica de Walt Disney es despojada de su inocencia y reinterpretada como una deidad juguetona, cruel y fría que maneja los hilos del destino de Bardín. La influencia de los tebeos de Bruguera hace que Bardín sea una obra puramente española y disfrutable.
En esta amalgama surgen personajes secundarios como San Ceremonio (el patrono de los perezosos que levita en una nube para no cansarse), una sátira sobre la inacción humana y las deidades hechas a la medida de nuestros peores defectos.
Bardín el Superrealista es un festín para cualquier analista del lenguaje del cómic. Max abandona el trazo sucio, underground y contracultural de sus primeros años para abrazar una depuración formal absoluta. Su estilo se nutre de la línea clara franco-belga, tamizada por la revolución estructural de Chris Ware.

Un fragmento de la obra.
La influencia de Ware radica en la comprensión de la página como mapa conceptual. Max usa composiciones concéntricas, laberintos narrativos e infografías donde el tiempo se congela, retrocede o se bifurca. La limpieza del dibujo contrasta con la turbulencia de lo narrado. El uso del color es plano y de una precisión milimétrica, sirviendo como ancla en medio del caos que sufre el protagonista.
Detrás de los gags sobre perros andaluces, Bardín el Superrealista ofrece un viaje psicológico de gran crudeza. En varias historietas, vemos a Bardín desdoblarse en múltiples versiones de sí mismo que discuten, se boicotean, se matan o se compadecen entre sí. Es el retrato definitivo de la neurosis contemporánea, de la parálisis por análisis provocada por una mente incapaz de tomar una decisión en un mundo sin certezas absolutas.
La genialidad de Max consiste en evitar que el volumen caiga en el existencialismo pretencioso. La ironía constante, el cinismo tierno de Bardín y las resoluciones humorísticas actúan como válvula de escape. Max nos dice que el universo carece de sentido, y que nuestra única salvación es reírnos de nuestra propia insignificancia.
A tres décadas del nacimiento del personaje, Hechos, dichos, ocurrencias y andanzas de Bardín el Superrealista ha envejecido con la dignidad de los clásicos. Max firma una obra imprescindible en cualquier biblioteca, que demostró al público que las viñetas no solo sirven para contar aventuras, sino para cartografiar con precisión los rincones más inescrutables de la mente humana.
La próxima semana: Regreso a un mundo en llamas (2026), de Fidel Martínez, narra la vuelta de Paco a su pueblo, concluída la Guerra Civil española y tras varios años de presidio.
















