No quiero resultar nostálgico ni nada por el estilo, pero ¿alguien se acuerda de qué era lo que te motivaba ir al cine, no hace tanto tiempo?
Estamos hablando de un tiempo anterior a la llegada de los anuncios proyectados en televisión y, por supuesto, de la irrupción de las redes sociales y de una plataforma web como YouTube. Una época en donde la única puerta que tenías para ver “de qué iba una película”, era un avance y/o tráiler, el cual, podías ver o no y, a lo sumo, un par de veces, dependiendo de la regularidad con la que acudieras al cine, eso sí.
Estamos hablando de un momento en el que, si alguien te “influenciaba”, lo hacía luego de “obligarte” a comprar una revista especializa en el séptimo arte y/o un periódico, sobre todo dominical, en donde, quienes sabían o de ello presumían, te explicaban por qué, o por qué no, debías ir a ver una película determinada.
Por ende, la banda sonora de una producción cinematográfica también podía suponer un acicate (Artículo. Del ár. hisp. *[muzíl / ráfi‘] assiqáṭ ‘quita flaquezas’. Incentivo o estímulo.), para que, al final, te decidieras a escoger tal o cual título, en especial si una determinada canción, la cual formaba parte de la banda sonora, terminaba por emitirse, sin cesar, en cualquiera de las emisoras de la radio del espacio geográfico en el que te encontraras.
Sin embargo, había un elemento que, por encima de todos los anteriormente citados, podía ser capital y definitorio para que terminaras por decantarte por ver una película en detrimento de otra. Este elemento era el cartel de cine/cinema poster (inglés); affiche de cinéma (francés); o elokuvajuliste (finlandés).
Aquel pedazo de papel -normalmente, de un metro por setenta centímetros de tamaño- lograba, en la mayoría de los casos, atrapar, resumir y volcar dentro de los ojos y el corazón de quien lo mirara, una buena dosis de la temática y de la esencia de la película que anunciaba, sin que, en la mayoría de los casos, fueras muy consciente de ello.
Eso sí, lograrlo, con tan sólo una imagen, no era una cuestión baladí y de ahí que, como en cualquier disciplina artística, encontremos NOMBRES propios, con mayúsculas, cuyo trabajo ha forjado, e ilustrado, la historia del séptimo arte, de una forma imborrable y para un sinfín de generaciones.
Renato Casaro (1935-2025) fue uno de esos nombres propios y quien nos mostró, con su detallado e impresionante trabajo, la impronta del “Hombre sin nombre” y del desgarbado, pero implacable Trinidad, la “mano derecho” del diablo. Fue, también, quien nos trajo de vuelta al jugador de fútbol americano -antes jugador de polo-, transmutado en héroe galáctico y que, por ende, es contemporáneo de cierto hercúleo cimerio y de la no menos aguerrida Red Sonya of Rogatino.
Además, el artista italiano se encargó de ilustrar la “tarjeta de presentación” de John Rambo, Paul Atreides, de quien “baila con los lobos” y hasta del último emperador de China, Puyi, sólo por citar algunos de sus trabajos más emblemáticos, a lo largo de una carrera que se prolongó durante más de cuatro décadas.
Tras su retiro a finales del pasado siglo, su legado no cayó en saco roto, ni mucho menos, y un realizador tan expansivo como Quentin Tarantino volvió a contar con él, para que se hiciera cargo de los carteles de los westerns que se mencionan en la narración cinematográfica de Once Upon a Time in Hollywood, película escrita y dirigida por el realizador norteamericano y estrenada en el año 2019.
No obstante, mi generación, aquella que creció durante la década de los años setenta y ochenta, del pasado siglo XX, SIEMPRE estará ligada y, además, en deuda, con el trabajo y el legado de Drew Struzan (1947-2025).
Ver sus carteles en aquellos cines de antaño era como entrar dentro de una de las bobinas de celuloide de 35mm y ver lo que pasaba, no sólo en un fotograma, sino en un montón de ellos, todo a la misma vez y sin perder detalle.
Y poco importaba que te pararas a ver qué hora era junto a Marty McFly; ayudaras a Chris Parker a encontrar al “dios del trueno” mientras estabas cuidando niños; o dejaras que unos “maravillosos Aliados”, con las “baterías no incluidas” te ayudaran a salir del atolladero en el que te encontrabas.
Con Drew Struzan, meterte dentro de los sueños ajenos no era ningún problema, de la misma forma que salir con bien del estricto horario del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Eso sí, terminar de una pieza tras conocer a los Goonies… ésa era otra cuestión. Y si no que se lo digan a Winifred, Mary y Sarah Sanderson, en medio de conjuros y “Hocus Pocus”, hasta llegar al mundo de OZ.
¿Y que me dicen si el sobresaliente artista gráfico les invitaba a “darse una vuelta con los Teleñecos”? Pues que la duda ofende y más en este caso. Al igual que darse un paseo por la “Pequeña China”, volar hasta el país de Nunca Jamás o ser aceptados en una “Academia de policía” que, más bien, parecía un circo de tres pistas.
¿Y si nos vamos de viaje? El desierto del Sahara me parece un buen destino, aunque compartir aventura y villanos con Allan Quatermain y el doctor Henry John, jr., tampoco desmerece, la verdad sea dicha.
Subido ya como estoy al troncomóvil de Pedro Picapiedra podría seguir y seguir contándoles más y más cosas sobre el inmenso legado del artista originario del estado norteamericano de Oregón quien, incluso, estuvo a punto de presentarnos las aventuras de The Adventures of Stella Star, aunque, al final, todo quedó en una de tantas ideas que no pasaron de ser, sólo un sketch, en su tablero de dibujo.
Lo cierto es que la idea puede ser tentadora, pero prefiero ceñirme al principio, al momento en donde, sin saberlo, me enfrenté con su primer trabajo, un cartel de Star Wars, realizado al alimón con el ilustrador Charles White III para la reposición de lo que hoy ya se conoce como el Episodio IV, en el verano del año 1978.
Aquella imagen, un cartel sobre los restos de otro cartel, pegado en una pared de madera, casi de cualquier manera y con una composición que en nada se parecía al cartel de la película por todos conocido y dibujado por Tom William Chantrell, rompió todos los esquemas que, hasta entonces, se habían forjado en la cabeza de un niño quien, prácticamente, había memorizado cada fotograma de dicha película.
Viéndolo ahora, delante de mis ojos, casi cinco décadas después, este trabajo me sigue gustando, tanto o más que antes, sobre todo por la perspectiva y el sosiego que da el tiempo y por dejar a un lado esa absurda carrera por saber quién es el mayor fan de Star Wars, aunque, sin contar con la inestimable ayuda del espejo de la malvada Reina Grimhilde, todo sea dicho.
Sé que, desde ese momento, la forma en la que Drew Struzan presentaba todos y cada uno de sus proyectos me terminó por llevar en volandas hasta una sala de cine, sin ser muy consciente de ello, además de ayudarme a comprender, profesionalmente hablando, los requisitos necesarios para poder presentar una película frente a una audiencia que, por entonces, demandaba nuevas experiencias cinematográficas, semana tras semana.
Sé que su pérdida difícilmente podrá ser remplazada, por mucho que las nuevas tecnologías y quienes las abanderan se empeñen en decir lo contrario. Vivimos en el mundo de la inmediatez y lo cierto es que ya nadie parece tener más de diez segundos libres para dedicárselos a contemplar cualquier cosa, y muchos menos, un “pedazo de papel” pintado como los que firmó Drew Struzan durante más tres décadas.
Habrá quien piense así -ser un ignorante es un derecho, como cualquier otro-, pero yo prefiero terminar estos párrafos y seguir recordando todas aquellas puertas que el artista nos abrió para que, gracias a su trabajo, disfrutáramos del séptimo arte de una forma que nunca antes habíamos hecho.
Gracias por todo, señor Struzan y, espero que allá donde vaya, siga ilustrando una galaxia muy, muy lejana, mientras se detiene, de camino, en el planeta Eternia para colgar en las paredes del castillo de Grayskull algunos de sus trabajos.
Eduardo Serradilla Sanchis
Helsinki, octubre del año 2025

Star Wars, 1978
Drew Struzan & Charlie White
US One Sheet, Style D or «circus» style
41 x 27½ inch. (104 x 70 cm.)
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