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Imágenes, volúmenes y, además, palabras

29 junio, 2026

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Bring me the head of Frank Castiglione!

Bring me the head of Frank Castiglione!

¿Qué? ¿Quieren la cabeza de Francis Castiglione? ¿O no será que lo que de verdad quieren es la cabeza de Alfredo García?

Alfredo “Al” García, un perdedor, como la mayoría de la raza humana, desde el momento en el que ésta comenzó a infectar el planeta Tierra. Un perdedor como Bernnie, un músico norteamericano, antiguo oficial del ejército de los Estados Unidos y que ahora sobrevive en un tugurio de mala muerte, en Ciudad de México, gracias a las propinas de los turistas estadounidenses, empapados, éstos, en los vapores del alcohol y del sexo más rancio y pervertido.

Bernnie quien, decide, tan ebrio y enajenado como los turistas que lo mantienen, embarcarse en una esperpéntica carrera en pos de lograr la recompensa que pesa sobre la cabeza del mencionado Alfredo García.

Dicha recompensa –un millón de dólares con mayúsculas- la ofrece un megalómano terrateniente local, “El Jefe”, el cual acusa al mentado Al García de haber engatusado y violado a su hija, lo que lo hace responsable del vástago que la chica lleva en su vientre. Por ello, y dada su elevada posición social, “El Jefe” recurre al argumentario del mancillado honor familiar para reclamar “la cabeza del bastardo que abusó de mi hija” y así lograr saciar su sed de venganza. Lo paradójico del caso es que, el individuo en cuestión -un sátrapa mezquino y pagado de sí mismo que desprecia a todos por igual, incluyendo a la hija que lleva al vástago de Alfredo García en su vientre- entiende que toda aquella charada es sólo una excusa para demostrar su poder y demostrar que nada escapa a su control.

Un comportamiento, éste, tan torticero y mezquino que lo emparenta con la matriarca de la familia Gnucci [Punisher (Vol. 5) #1 (febrero, 2000)], única superviviente de un linaje que, por su insaciable y desmedido afán por manejar los resortes de la sociedad en la que se desenvuelven, no atiende a ninguna de las imposiciones que los seres humanos nos hemos dictado para poder “sobrevivir” entre nuestros semejantes. Eso sí, para ajustarse a la galopante inflación actual y al nivel de megalomanía de la individua, Ma Gnucci ofrece diez millones de dólares, en este caso, a quien le traiga la cabeza de Frank Castiglione, porque su sed de venganza va un paso más allá que la de “El jefe”.

Para Bernnie, un hombre que sólo cree en sí mismo y en su endiablada capacidad de manejar una pistola automática del modelo Colt M1911A1 Calibre .45, llevarle la cabeza de Alf García al demente y corrupto cacique es una oportunidad de abandonar el agujero en el que trabaja y empezar una nueva vida al lado de Elita, su pareja.

El propio Alf García también tuvo relaciones con Elita, razón por la cual ésta conoce dónde encontrarlo. En este caso, se trata de bajo su tumba pues falleció unos días antes de que todo este esperpento diera comienzo…

El problema es que tan jugosa recompensa ha puesto en jaque a otros jugadores y la partida no se presenta, precisamente, de forma muy amistosa que digamos. Mención especial es la presencia de indeseables tales como Sappensly, Johnny Quill o su “superior” directo, un pétreo individuo llamado Max.

Aún así, Bernnie prefiere jugar esta partida y apostar lo poco que tiene, a sabiendas de que nadie terminará por sacar ningún beneficio de todo aquello.

Una partida que segará, de forma violenta y descarnada, la vida de un sinfín de personas, la mayoría de ellas inocentes peones en medio de los macabros juegos de poder de personas como “El Jefe” o Ma Gnucci, responsable, ésta, del caos que se desata sobre el mismo vecindario que su familia controlaba, Little Sicily, y que, además, presumía de proteger y velar -como si su linaje descendiera de los ángeles custodios que enviara la divina providencia para acompañar, proteger y guiar a cada persona a lo largo de su vida.

Ángeles enfrentados a demonios, como los que persiguen a Frank Castiglione cada vez que cierra los ojos y le muestran el rostro de su esposa, Maria Elizabeth, y las de sus dos hijos, Lisa Barbara y Francis Jr. Esos mismos demonios que devuelven a Bernnie a los campos de batalla de Corea y Vietnam por los que éste pululó durante sus años como oficial del ejército y que ahora forman parte del mismo sudor que impregna su cuerpo, merced al calor y podredumbre del escenario en el que se encuentra inmerso. Casi se diría que hasta los insectos que pugnan por cebarse con los despojos de Al García, le retrotraen hasta los cadáveres esparcidos y desgarrados entre las ruinas de un esperpento de civilización que no duda en autodestruirse, cada vez que puede y con mayor empeño.

Con el telón a punto de caer a Bernnie sólo le quedará una carta por jugar. Frente a frente con la expresión de sádico confeso y orgulloso de “El Jefe”, no dudará, ni por un instante. De la misma forma, cuando Frank es consciente del pandemonio que desata la desmedida matriarca, éste dará rienda suelta a sus pesadillas y, siguiendo la estela del arcángel Uriel y su flamígera espada, se jugará el todo por el todo con tal de truncar los deseos de su soberbia antagonista.

Al final, ¿de qué se trata todo esto? ¿Estamos hablando del argumento de una película o, por el contrario, de la vida real? El PROBLEMA, con mayúsculas, es que nuestra sociedad se ha convertido, más que nunca, en un tablero de juego orquestado por quienes, como “El Jefe” o Ma Gnucci, no quieren que las cosas cambien o que los demás empiecen a pensar y a actuar por su cuenta.

Es mejor que las cosas permanezcan como están, que los mandamases –cargos electos, en muchos casos- no pierdan la impunidad y que, cuando se les pille en un renuncio, alguien se saque de la chistera una excusa legal para salvarles la cara y su enjuto trasero. Al final, lo que importa es que sean los ciudadanos de pie -como las víctimas resultantes merced a las recompensas que orquestan ambos caciques- quienes deben pagar los desmanes de quienes han prometido salvaguardar sus intereses y/o devolverle a la sociedad lo que ésta les otorgó.

Ignoro si en la situación en la que se encuentra nuestra sociedad, en el momento presente, se podrá encontrar una solución para devolver un poco de cordura ante tanta insensatez. Y dudo MUCHO que quienes salen en las redes sociales diciendo palabras altisonantes y huecas lo sepan. Lo que sí sé es que por lo menos Bernnie y Frank tuvieron la última palabra en su rocambolesca aventura, cargando, ambos, con una putrefacta cabeza que simboliza, a las mil maravillas, la degeneración que carcome a nuestro concepto de civilización. Por lo menos, ellos sí que pudieron jugar su última mano, cómo y cuándo quisieron, mientras que los demás debemos permanecer atentos a que las locuras de estos iluminados no nos arrollen como un tren sin control.

Y seguro que alguien, tras leer esta columna, me acusará de fomentar el comportamiento de personajes tan cuestionables, a nivel social, ético y legal como Frank Castiglione o los modos y maneras de Bernnie, por mucha empatía que se pueda llegar a sentir por alguien tan peripatético como el segundo. No obstante, lo que nadie parece querer asumir es que, mientras un determinado segmento de nuestra sociedad se comporte como “El Jefe” y Ma Gnucci, seres cuya ambición, avaricia y maldad no conocen freno, el traqueteo de la pistola automática de Bernnie y la ensangrentada imagen de la calavera que porta Frank Castiglione terminarán por ser la única esperanza a la que se pueda agarrar el resto de quienes, por su condición de peones, no tienen defensa.

Y eso está MAL, muy MAL, porque una sociedad que se olvida de sus principios fundacionales [Del lat. sociĕtas, -ātis. f. Conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes.] y deja de proteger a quienes viven en ella, dejándolos a expensas de una caterva de degenerados que sólo piensa en su beneficio personal, sin “reparar en gastos”, no merece respeto como tal.

Y entonces ¿qué es lo que nos queda?

Eduardo Serradilla Sanchis. Helsinki, junio del año 2026

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