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Imágenes, volúmenes y, además, palabras

26 octubre, 2026

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La perversión del inocente

La perversión del inocente

En 1954 un, entonces reputado psiquiatra de origen alemán, Friedrich Ignatz Wertheimer (1895-1981) publicó un libro que, a la postre, supuso uno de los principales argumentos para perseguir a la industria gráfica del momento. Después, para censurar buena parte de sus contenidos, merced a la redacción del restrictivo y retrógrado The Comics Code Authority (CCA)

El libro en cuestión, Seduction of the Innocent postulaba, entre otras cosas, que los problemas relacionados con la delincuencia juvenil que azotaban a la sociedad norteamericana de dicha época estaban relacionados con la lectura indiscriminada y lasciva de los cómics que se publicaban. Para el psiquiatra, la influencia de Batman & Robin, Wonder Woman, Superman y cualquier otro héroe gráfico suponía un peligro tan cruento como lo fuera, sólo unos años antes, los dictados del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán.

Es más, las soflamas del médico e investigador fueron uno de los pilares sobre los que sustentó la creación del Subcomité del Senado de los Estados Unidos para debatir la delincuencia juvenil, el cual se reunió entre los meses de abril y junio del año 1954.

Por detrás -y sin tampoco mucho decoro- estaban los manejos de parte de esas mismas editoriales puestas en solfa por el libro del psiquiatra alemán, muy molestas, éstas, con el éxito del sello E. C. Comics, responsabilidad de William Maxwell «Bill» Gaines (1922-1992). Además, las editoriales de libros, mucho más “serias y respetables” que las que publicaban cómics, y parte de los dibujantes de tiras de prensa -tan exquisitos como sectarios para con el resto de sus “compañeros de profesión”- tampoco comulgaban con la idea de tener que lidiar con la competencia del nuevo formato. Y es que el comic-book apenas llevaba una década en el mercado, pero había llegado con fuerza y, para su desdicha, para quedarse.

Una vez que el execrable Comic Code se aprobó e impuso, más de uno se dio cuenta del tremendo error que se había cometido. Dicho esto, muchos respiraron tranquilos al lograr que todo volviera a la “normalidad de antaño”.

La historiografía nos detalla que el código en cuestión propició, como cualquier tipo de censura, situaciones ridículas y rocambolescas, a la vez que un tremendo retroceso en cuanto a los temas que, hasta ese momento, se trataban en los cómics. Además, como sucede con este tipo de propuestas, se acabó con varias editoriales, sobre todo, con quien era el “enemigo a batir”; es decir, E.C. Publications, Inc.

Lo paradójico del caso es que años antes del Comic Code y las conclusiones del Subcomité del Senado ya había hogueras purificadoras a lo largo de los Estados Unidos de América quemando cómic y libros “sacrílegos”, pero fueron muy pocos los que, dentro de la industria gráfica, se dieron cuenta de lo que estaba por venir, tal y como fue el caso de William Erwin Eisner (1917-2005) y Alfred Gerald Caplin (1909-1979)

Ambos, desde las páginas de los cómics y de las revistas especializadas en critica literaria -uno de los arietes contra los cómics, no lo pasemos por alto- denunciaron y pusieron en solfa el fariseísmo de una sociedad y de una industria editorial que no buscaba soluciones. Se buscaba sólo un chivo expiatorio sobre el que descargar la culpa de la mala praxis de la sociedad de entonces para con quienes vivían en ella.

El tiempo y Stan Lee (1922-2018), primero -sólo una década después de aprobado el Comic Code- y los posteriores estudios sobre los métodos que usara el psiquiatra alemán para la formulación de sus conclusiones demostraron que, en el caso del primero, el Comic Code era válido mientras las industria lo permitiera. En el segundo de los casos, que Fredric Wertham -nombre que adoptó el investigador una vez que llegó hasta los Estados Unidos de América- orquestó y/o cocinó esos mismos datos para que, llegado el momento, respondieran a las necesidades de su discurso, oportunista, malintencionado, y muy poco académico.

Con el paso de los años, décadas más bien, las tropelías de quienes lograron cercenar el desarrollo del lenguaje secuencial durante más años de los que se pudiera pensar -amparados por el discurso del oportunista y chapucero facultativo- han quedado almacenados entre los pliegues de nuestra historia más contemporánea, incluso en un país como el nuestro dónde la censura del régimen dictatorial para con los tebeos perduró hasta hace bien poco.

O, por lo menos, eso parecía hasta estos últimos años. Ahora, la situación está alcanzando unas cotas de sinsentido que resultan más propios del medievo que de una sociedad global y plural como en la que convivimos…

Lo cierto es que los libros han sido los primeros en ser el blanco de unos legisladores y de unas asociaciones de padres y educadores, aunque me moleste denominarlos de esa forma, que recuerdan, poderosamente, a quienes formaban parte del Ministerio del Reich para la Ilustración Pública y Propaganda, por las políticas que propugnan y por su empeño en no dejar “estantería sin censurar” en instituciones de enseñanza y bibliotecas públicas. Eso sí, todavía les queda encontrar a un remedo convincente del doctor Paul Joseph Goebbels (1897-1945)… Tiempo al tiempo…

En las cada vez más extensas y demenciales listas de “libros prohibidos”, auspiciadas por los anteriormente citados, figuran títulos tan obscenos y perjudiciales para la humanidad como Matar un ruiseñor (Nelle Harper Lee, 1960); 1984 (George Orwell, 1949); Ready Player One (Ernest Christy Cline, 2011); Fahrenheit 451 (Ray Douglas Bradbury, 1953); El gran Gatsby (Francis Scott Key Fitzgerald, 1925); Ulises (James Augustine Aloysius Joyce, 1922); Diario de Ana Frank (Annelies Marie Frank, 1947); Carrie (Stephen Edwin King, 1974); o Romeo y Julieta (William Shakespeare, 1597). Y me he limitado a citar sólo algunos de los títulos que figuran en estas listas recién sacadas del averno que describiera, de manera irrepetible e imperecedera, el poeta italiano Dante Alighieri, siglos atrás.

Son listas que rozan un fanatismo que no se veía desde que el fascismo italiano y el nacionalsocialismo obrero alemán hicieran acto de presencia en la línea temporal del pasado siglo XX. Entonces, ambos trataban de imponer un pensamiento único que después contaminó, por ende, los designios de nuestro país, de la mano del no menos rancio y perverso nacionalcatolicismo.

Son lista omnívoras, desbocadas y dictadas por una caterva de cobardes que son incapaces de sentarse a dialogar con quienes, por una razón o por otra, no piensan de la misma manera que ellos.

Y son listas que, no contentas con censurar y prohibir centenares de libros, también han puesto el punto de mira en los cómics y/o novelas gráficas, sobre todo si se trata de mangas.

Entre los títulos “prohibidos”, figuran dos que destacan entre los demás, por la inquina y el odio que se les profesa. Éstos son Maus: Relato de un superviviente (Art Spiegelman, 1991) y Gender Queer: A Memoir (Maia Kobabe, 2019)

La lista es cada vez MÁS grande y ya se han sumado a ella, otros títulos igual de malignos y perniciosos, dignos del mejor exorcista de guardia que se tenga a mano, tales como Bola de Dragón (Akira Toriyama, 1984-1995); Naruto (Masashi Kishimoto, 1999-2014); Attack on Titan (Hajime Isayama, 2009-2021); Inuyasha (Rumiko Takahashi, 1996-2008); Locke and Key (Joe Hill, 2008); Bone (Jeff Smith, 1991); Persépolis (Marjane Satrapi, 2000-2003); Blanket (Craig Thompson, 2003); Batman: La broma asesina (Alan Moore y Brian Bolland, 1988) o Wonder Woman: Dead Earth (Daniel Warren Johnson, 2020) por citar títulos específicos de obras auto conclusivas.

Lo peor del caso es que, todavía no hay listas específicas de cómics que deben ser prohibidos, casi se diría que a nivel planetario, lo cual no deja de ser un indicador, visto desde fuera, del poco reconocimiento que todavía se le tiene al lenguaje gráfico… La literatura parece ser mucho más perniciosa y censurable, a tenor de lo visto hasta el momento.

Es sólo cuestión de tiempo que esto suceda, a la luz del comportamiento por parte de los colectivos anteriormente citados, los cuales no cesan en su empeño para volver a instaurar en nuestra sociedad los modos y las maneras del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. De esa forma, podrán dominar y monopolizar nuestro discurso mental para que TODOS pensemos como ellos quieren y no haya ningún tipo de disidencia.

Habrá quien piense que todas estas cosas no suceden igual en nuestras fronteras. Por lo menos, no ahora tampoco hay que alarmarse demasiado. El que esté escribiendo estos párrafos demuestra que, todavía, vivimos en una democracia parlamentaria, algo que también se puede extrapolar a los Estados Unidos de América, país del que están emanando buena parte de estos delirios inquisitoriales…

Los tebeos tampoco son tan importantes en nuestro país. Antes se secuestra la edición de un determinado libro, se censura una representación teatral, o se prohíbe la proyección de una determinada película.

Es más, la mejor opción es reservar la cartera de Cultura para quienes predican la “higiene” ideológica y la “austeridad” presupuestaria. Así, por arte de birlibirloque, se sacarán de la manga un grupo de “expertos y notables”, los cuales determinarán qué es lo que se debe apoyar y qué no, dejando abierto el camino a una suerte de censura encubierta, enfangada por cuestiones meramente ideológicas, que nada tiene que ver con la salvaguarda emocional de la sociedad por la que pululan y dicen gestionar.

Debo admitir que parte del trabajo ya está hecho, dado que nuestro país ni tiene una red de bibliotecas propia de un país del “primer mundo”, ni la sociedad las valora tanto ni como se debe hacer. Sumen a todo ello que, las que hay, consideran los cómics como… (añadan cualquier adjetivo que demuestre desprecio y/o desidia y acertarán), razón por lo cual, si se llegara al mismo nivel de desatino e insidia que se está desarrollando al otro lado del Atlántico, no tendrían que esforzarse mucho para cercenar lo que ya hay, tanto en las bibliotecas públicas como en las que se encuentran en los centros educativos.

Lo único que juega a nuestro favor -y si el doctor Paul Joseph Goebbels estuviera vivo, muy probablemente estuviera de acuerdo con esta aseveración- es que, ahora, la cultura no está en un espacio cerrado, ni en las estanterías de ninguna institución. No, la Cultura está presente en una red global. Muchos están tratando de condicionar y/o cerrar directamente el acceso de la sociedad a sus contenidos, pero ésta resulta tan difícil de controlar como la naturaleza que nos tiene a su merced, aunque pensemos lo contrario.

La historiografía nos cuenta, por lo menos a quienes NO tenemos miedo de tener memoria, que la censura, cualquier tipo de censura, termina por despertar el espíritu rebelde y anárquico de los seres humanos, por muy vil y descarnado que sea el sistema ideológico que trata de controlar a una determinada sociedad.

Todo esto no sale gratis, ni mucho menos, pero empieza ya a ser hora de trazar líneas. Líneas entre quienes piensan de forma totalitaria y quienes no actuamos de la misma manera. Hay que defender lo que nos interesa, sobre todo, compartiendo y ayudando a quienes pueden aportarle algo a nuestra sociedad. Esto último es algo que llevan haciendo ya décadas los seguidores del manga y anime nipón, tejiendo una comunidad que comparte lo que lee y lo que ve, para el disfrute de una mayoría, evitando el individualismo que profesan los lectores del cómic más clásico y “ancestral”, todo sea dicho.

Quedarse sentado en esa ficticia y maniquea “zona de confort” que nunca ha existido, salvo en nuestra psique, para darnos un momento de respiro mientras recuperamos el aliento entre una escaramuza vital y la siguiente no sólo es un peligro. Es la excusa argumental a la que se aferran quienes pretenden apoderarse de “nuestros corazones y nuestras mentes” para acabar con el libre albedrío que todo ser humano posee de elegir y tomar sus propias decisiones, independientemente de su nacionalidad, religión e ideología.

Y NO, esto no es una película, ni el argumento de una novela distópica. Es nuestra realidad y ya es hora de asumirlo, antes de que los cómics y los libros que nos gustan acaben en una enorme pira destructora, a imagen de las que pigmentaban las noches de un sinfín de ciudades de los Estados Unidos de América, unas cuantas décadas atrás, o en los multitudinarios mítines del nacionalsocialismo obrero alemán, en la ciudad de Nuremberg, no hace tanto tiempo.

¿Creen que exagero? Por favor, salgan por un momento de su burbuja y escuchen, lean, hablen con quienes tienen a su alrededor, aunque sea sólo por unos breves instantes. Después, me cuentan.

Eduardo Serradilla Sanchis.

Helsinki, octubre 2026

 

Ilustración de Frank Miller para la organización Comic Book Legal Defense Fund. https://cbldf.org/

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