A modo de prefacio: poco tiempo después de terminar de escribir estos párrafos, una nueva y ya nada disimulada caza de brujas, con mayúsculas, ha comenzado su furibunda cruzada contra quienes disienten del poder establecido en la cúpula política y empresarial de los Estados Unidos de América.
Stephen Tyrone Colbert, responsable del programa The Late Show with Stephen Colbert, primero, y, a reglón seguido, James Christian “Jimmy” Kimmel, motor y conductor del programa Jimmy Kimmel Live!, han sido víctimas de quienes no toleran una voz disidente, ni que ponga en tela de juicio sus criterios, por muy torticeros que estos puedan ser.
Además, la suspensión del programa que dirige Jimmy Kimmel y la noticia de que no se renueva el programa de Stephen Colbert para una siguiente temporada suponen un ataque frontal contra la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos América.
No se debe teorizar sobre lo que sucederá en los meses venideros con los otros presentadores de programas que, al igual que Stephen Colbert y Jimmy Kimmel, ponen en solfa muchas de las decisiones del poder ejecutivo y económico del país en el que viven. Dicho esto, está claro que no es difícil encontrar similitudes con lo que ha ocurrido en otros momentos de nuestra historia contemporánea. Estas situaciones se sabe cómo comienzan y cómo terminan y en ningún caso le terminan aportando nada bueno a la sociedad que le toca sufrirlas.
Lo cierto es que, en los últimos días, la cadena ABC (American Broadcasting Company), la cual es propiedad de la factoría Disney, se ha replantado “rescatar” el programa de Jimmy Kimmel. Esto se debe al descalabro económico y la merma a la reputación de la cadena que supone el no contar con dicho programa en su parrilla de programación. Otra cosa es los términos en los que el presentador podrá volver, y más, con la atmósfera tóxica que se ha desatado tras su abrupta cancelación.
Sea cual sea la decisión final de la veterana cadena de televisión –se fundó en la década de los años cuarenta, del pasado siglo XX– queda claro que cada vez son más quienes están olvidando el significado de la palabra democracia. [Democracia. Definición; Del lat. tardío democratĭa, y este del gr. δημοκρατία dēmokratía. 1. Sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de representantes. 3. Forma de sociedad que reconoce y respeta como valores esenciales la libertad y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.]
Y el olvidar lo que significa supone atentar contra la convivencia y el entendimiento de los ciudadanos de una determinada localización geográfica y, por ende, del resto del globo, dada la interrelación que hoy existe entre todo el planeta… Las consecuencias solo pueden ser, como poco, desastrosas.
Y ahora, “devolvamos la conexión” al tema principal que motivó estas líneas.
Hablemos de la Censura, sin censurar nada.
“La censura se siente como una humillación, como una falta de respeto a la población adulta, que se encuentra infantilizada, considerada como menor de edad. Es un abuso de autoridad, inaceptable en una sociedad civilizada, ya que atenta contra el derecho a la libertad de expresión y, por lo tanto, es un obstáculo para la convivencia pacífica.
El ejercicio prolongado de la censura provoca la autocensura, la castración intelectual y destruye potenciales vocaciones, al mismo tiempo que priva a los ciudadanos de los elementos necesarios para su formación cultural.”1
Estos dos párrafos, los cuales forman parte de un ensayo del profesor Pedro Jiménez, en un texto que formó parte del Boletín de la Asociación Europea de Profesores de Español del Instituto Cervantes, cinco décadas atrás, son un claro y sucinto resumen de los efectos de la censura, CUALQUIER censura, sobre la sociedad que la termina padeciendo.
Y no importa la ideología, ni el sesgo religioso que la materialice y le dé carta de naturaleza dentro de un organigrama social. Sus efectos serán siempre deleznables y tremendamente destructivos, además de muy difíciles de paliar, por mucho que esa misma sociedad pugne por curar el “cáncer” que esparce un determinado segmento “privilegiado” que también forma parte de ese mismo organigrama social.
Lo peor del caso es que la memoria de los seres humanos –sobre todo la de los que conforman la parte baja de la pirámide social que sigue vigente desde la Edad Media; es decir, la gran mayoría de los habitantes del planeta– tiende a olvidar los efectos y la misma idea que florece dentro de un concepto como este. En el lado opuesto del cuadrilátero, quienes siguen viviendo en la parte alta de dicha pirámide no dudan en recurrir a la censura, de forma más o menos oficial, para lograr la alienación de aquellos que, a la postre, les sustentan.
Lo peor del caso es que el mismo concepto de censura resuena como un eco del pasado, el cual solo se recoge en esos mismos libros de historia a los que nadie parece querer recurrir, sobre todo entre las nuevas e iletradas generaciones [iletrado, da. Artículo. Definición, De in-2 y letrado. adj. analfabeto.], aunque muchos de los más viejos del lugar, incluyendo una legión de mandatarios, también se han subido al carro de la ignorancia.
Les pondré un ejemplo más claro de lo que, ahora mismo, está pasando en nuestro planeta. Basta con citar las estadísticas de la Asociación de Bibliotecas de los Estados Unidos de América, uno de los territorios más castigados desde hace una década por dichas prácticas, para ser conscientes de la gravedad de la situación.
Solo el año pasado, 2452 títulos sufrieron los furibundos ataques censores de asociaciones de padres y profesores conservadores, legisladores radicales, burócratas de tercera categoría y grupos de presión social, religiosa y económica, empeñados, todos, en tratar de impedir una correcta formación académica y personal a quienes consideran ciudadanos de segunda categoría y/o personas no aptas, según sus estándares morales, además de boicotear la letra de la Primera Enmienda de la constitución de su país, entre otras cosas.2
Bien es cierto que sus esfuerzos están consiguiendo hacer mella en la red de bibliotecas públicas estatales y locales, así como las que se encuentran dentro de los colegios y centros de secundaria. Dentro del ámbito universitario, por lo menos, hasta ahora, las cosas son un poco más difíciles. No obstante, a tenor de los ataques desatados contra la comunidad universitaria por parte del gran Khan que se sienta, en estos mismos instantes, en el Despacho Oval de la Casa Blanca, es probable que las cosas empeoren.
Tampoco están quedando exentas de todo tipo de purgas las bibliotecas de las academias y bases militares, así como en otras tantas instituciones oficiales que albergan algún tipo de instalación de estas características, incluyendo la sacrosanta Biblioteca de Congreso.
Se trata de una nada disimulada campaña para captar los “corazones y las mentes” de aquellos que deben asumir su papel en la sociedad y no aspirar a nada más en la vida.
Habrá quien piense que todo esto nos queda muy lejos. También nos quedaban lejos los aranceles y, ahora, es muy difícil saber lo que dichos aranceles le supondrán a la ya maltrecha economía del continente europeo… Sería recomendable ver quiénes están “gestionado” todo este tipo de cuestiones y cuál es la respuesta institucional a esta nueva ola censora, heredera directa de la nauseabunda “caza de brujas” de las décadas de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo XX a lo largo y ancho del territorio norteamericano.
Tampoco es necesario redactar listas de libros prohibidos –por ahora no han llegado a las hogueras, pero ya falta poco para que estas empiecen a arder– para lograr los mismos efectos desoladores en los que andan empeñados los quintacolumnistas del otrora “país de la libertad” y una administración que parece no tener freno a la hora de imponer un pensamiento único frente el uso de la razón y, de paso, reescribir la historia contemporánea.3
Dicho todo lo anterior, tampoco hay que olvidar que “nuestro país tiene, desgraciadamente, una larga tradición censorial que se remonta a la época de los Reyes Católicos y que se ha mantenido, con breves paréntesis, hasta nuestros días [el texto está escrito en octubre del año 1977, cuando la censura impuesta por la dictadura aun seguía vigente.]. La iglesia y el estado, formando un solo cuerpo, han intentado a lo largo de más de cuatrocientos años, de uniformizar política, religiosa y culturalmente al país por la violencia y el terror”.1
Dentro de nuestras fronteras ya se han articulado métodos y maneras para “censurar” una determinada disciplina, sin necesidad de tener que recurrir a las herramientas y el ideario que desplegara el régimen dictatorial del general Francisco Franco durante cuatro décadas.4
Piensen, si no, en todas las trabas/excusas/dilaciones o, directamente, olvidos mal intencionados de los que se valen quienes han jurado y/o prometido velar por el bien común, para, por ejemplo, conseguir no dotar a la red de bibliotecas de nuestro país de los fondos y el personal necesario para su buen y correcto funcionamiento.
Llegado el momento de “la verdad” se olvidan las promesas electorales, se congelan y/o se desvían los fondos para cualquier otro asunto de “mayor importancia” y el resultado de todo ello se traduce, como no puede ser de otra manera, en reforzar los servicios de limpieza municipal tras cualquier evento multitudinario de rigor.
Ignoro lo que pensarán ustedes, pero empieza a ser insultante tanto la estrechez de miras y la cobardía de los mandarines de rigor, como la de una ciudadanía que antepone la formación y el futuro de una sociedad con tal de que alguien, con dinero público, eso sí, le page sus desenfrenos etílicos como acicate para hacer frente a su propia inseguridad.
Entiendo que la historia NUNCA ha sido una asignatura que se enseñe con el debido rigor en los esperpénticos planes de estudios de nuestra nación [Esperpento. Artículo. Definición. Persona, cosa o situación grotescas o estrafalarias.], pero la situación demanda, y lleva tiempo haciéndolo, dar prioridad a otras cosas MUCHO más importantes en el devenir vital de las personas, más allá de vivir en un “clima privilegiado y/ o en una ciudad donde puedes salir, a cualquier hora del día para comer y beber y, encima, sin encontrarte con ningún indeseable durante el proceso”.
Lo que NO debemos hacer es ponérselo más fácil a quienes piensan que solo ellos tienen la razón, argumento que empieza a ser tan extenuante como delirante.
Se empieza prohibiendo un club de lectura en una biblioteca de barrio y se termina quemando libros en una hoguera “purificadora” tal y como sucedió en la actual República Federal de Alemania y en los Estados Unidos de América, no hace tanto tiempo de eso.
Y tampoco piensen que con las redes sociales estamos a salvo, dado que las mismas empresas que nos dan dichos servicios son las que, de alguna u otra manera, están poniendo la “red de redes” al servicio de quienes solo buscan desestabilizar y fracturar más una sociedad que necesita, cada vez de forma más imperiosa, de personas con una formación y un criterio propio.
Si no se logra, se perderá la oportunidad, ¡todos perderemos la oportunidad!, de poder enfrentarnos a la catarata de argumentos que vomitan esos inquisidores de medio pelo y moral vacía, los cuales están empeñados en ponernos una venda en los ojos para que no nos demos cuenta de lo que están haciendo, día a día y de forma inexorable.
Así, siempre quedará la “verdad oficial”, la que promulgan desde los atriles quienes redactan las listas de los libros/obras de teatro/películas/exposiciones/canciones y melodías prohibidas, tal y como sucede con The Year 1812, Solemn Overture, Op. 49, compuesta en el año 1880 por Pyotr Ilyich Tchaikovsky y de la que tan buen uso hiciera cierto personaje gráfico y cinematográfico5 para desdicha de un “canciller supremo”, tan patético como de tremenda actualidad, en los tiempos que corren.
Eduardo Serradilla Sanchis.
Helsinki, septiembre del año 2025
Notas:
1-. Jiménez, P. (1977, October). Publicaciones de la AEPE Boletín de la Asociación Europea de Profesores de Español. Centro Virtual Cervantes. Retrieved August 7, 2025, from https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/aepe/boletin_17_10_77.htm Año X. Núm. 17.
2-. https://www.ala.org/bbooks/censorship-numbers
4-. En julio de 1951, Franco realizó un nuevo cambio de Gobierno en el que se creó el Ministerio de Información y Turismo, siendo nombrado ministro del mismo Gabriel Arias Salgado. El nuevo ministro, falangista, fue nombrado al acabar la guerra vicesecretario de Educación Popular y, simultáneamente, delegado nacional de Prensa y Propaganda de FET y de las JONS. Su nombramiento como ministro de Información no cambió en nada los planteamientos del régimen respecto a la prensa, ya que la normalización administrativa fue solo eso, administrativa, medida necesaria para mejorar la imagen del régimen ante la opinión pública internacional. Arias Salgado se había mostrado durante los años del plomo del franquismo como el máximo guardián de las esencias patrióticas. Como Ministro de Información sería, incluso, más duro, ya que, como Antonio Izquierdo y Juan Blanco han recordado en su libro Elegía por la generación perdida, “estaba convencido de que la implacable censura que se aplicaba a la información en general y a las disciplinas artísticas en particular había elevado el número de españoles que iban directamente al cielo”.
Martín, A. (2010). La historieta española del 1900 a 1951. Arbor. Ciencia, Pensamiento Y Cultura, CLXXXVII(2Extra), 63–128. https://doi.org/10.3989/arbor.2011.2extran2114























