Uno diría que España está rota de nuevo viendo que Torrente, presidente (2026), la última gamberrada de Santiago Segura, está siendo un estreno de récords. La brecha que divide al país es más profunda cuando el regreso del miembro más infame y degenerado de nuestro Cuerpo Nacional de Policía dobló el número de espectadores y de recaudación en su segunda semana. Además, la franquicia entera ya ha amasado más dinero en España que la saga de Fast & Furious completa. Increíble.
La noticia, que en cualquier democracia sana vendría seguida de felicitaciones, sonoros aplausos y ríos de champán, ha provocado un rechinar de dientes incontrolable entre una determinada parte del sector político y cultural de nuestro país. Mientras los dentistas se frotan las manos, algunos —los de siempre— intentan convertir sus redes sociales en una brújula moral y advierten sobre el peligroso subtexto de Torrente, presidente. El chiste se cuenta solo. Parece que molesta que La Piedad (2022), de Eduardo Casanova, no llegase a los 3.000 espectadores y solo recaudara unos 18.000 euros cuando accedió a subvenciones por valor de 317.570.
Como aficionado al cine diré que Torrente, presidente no es una buena película: el arranque es muy potente y hace que el espectador no pueda parar de reír viendo situaciones políticas muy reconocibles —culpable—, pero en su tercer acto no sabe hacia dónde va. El cameo más espectacular ocurre en el cierre de la obra de Segura, pero llegados a ese punto uno siente que falta algo y que todo se ha hecho de forma apresurada. Este es un mal que comparten muchas comedias ligeras —no hay una sola película de Judd Apatow donde el final se haga interminable— y, en este caso, ocurre al colocar a un personaje como Torrente en situaciones que todos conocemos y llevarlas al extremo. Como ocurría en Misión en Marbella (Santiago Segura, 2001), el policía degenerado y su compañero Cuco —vuelve a estar interpretado por Gabino Diego y es, para mí, la verdadera sorpresa de la película— transitan de uno a otro gag mientras la trama les acompaña.
¿Recomiendo Torrente, presidente? Por supuesto, reírse nunca viene mal y aquí uno lo hace hasta decir “basta”. Además, sabiendo el producto que tiene entre manos, Segura ha reducido el sexo sucio y casposo de la franquicia a la mínima expresión, lo que centra toda la trama en la sátira política. Este punto en concreto es donde la película brilla más —especialmente en sus dos primeros actos, insisto—, ya que nadie se libra de la burla.
Es cierto que antes nombraba el caso de La Piedad porque el sector más ofendido por este estreno es el mismo que defiende a capa y espada el cine Casanova. Lo que pasa es que los que hablan de que esta entrega de Torrente “blanquea el fascismo” o la tildan de “nazi” están desnortados. Es cierto que el partido en el que milita el policía comparte color y casi nombre con VOX, la única fuerza política ultraconservadora con algo de representación en España, pero ahí terminan las coincidencias.
Decir que Segura pretende adoctrinar es ser muy generoso: lo que hace es espantarnos y, de cierta forma, advertirnos sobre los problemas del voto reaccionario. Torrente se mete en política porque solo piensa en “trincar” y el crecimiento de su popularidad social la consigue mintiendo de forma descarada a los ciudadanos. Por otro lado, su idea de Gobierno no se basa en un plan infalible ni en recurrir a tecnócratas que permitan darle la vuelta a la situación del país —sea cuál sea, porque tampoco se aclara mucho—, sino que consiste en enchufar como ministros a la legión de frikis que le acompaña. Al personaje más célebre de Segura no le interesa salvar su país ni a ningún español: él, como algunas personas que ocupan cargos electos, ha encontrado en la política una manera de vivir porque sabe que fuera del espacio público no podría hacerlo.
Desde su primera aparición en 1998, Torrente nunca fue un modelo a seguir. La pegadiza canción de Taburete con la que termina su nueva aventura asegura que Torrente es “el vigía de Occidente”, una ironía que se confirma en la misma estrofa, donde se apostilla que es “putero, machirulo, facha y drogodependiente”. Si esto es todo lo que va a salvar las democracias liberales, Europa va peor de lo que pensaba. ¿Cómo es posible que haya gente que siga sin entender la broma 28 años después? Y no pido que les haga gracia o la repliquen, solo que entiendan que si de verdad alguien quiere un Gobierno de España donde haya ministros como el Señor Barragán o Cañita Brava, ojalá Dios nos pille confesados.























