En mi casa siempre he escuchado que, con el paso de los años, los defectos que uno pudiera tener, física o emocionalmente hablando, se agravan. Está claro que el paso del tiempo es inexorable y, por mucho que nos empeñemos, lo que antes pudiera ser llevadero para nosotros mismos y para nuestro entorno se puede transformar en una disminución de nuestras capacidades físicas y/o en una machacona insensatez que termina por poner en jaque a quienes antes nos toleraban “carros y carretas”, tal y como se dice en nuestra geografía.
Por todo ello y más teniendo en cuenta la situación social y política en la que nos encontramos, me cuesta entender los aspavientos, soflamas e improperios soltados tras las lamentables declaraciones del mal llamado líder mundial norteamericano actual, tras la trágica y abrupta desaparición del actor, guionista y director Robert Norman “Rob” Reiner y su mujer Michele Singer Reiner.
¿Acaso les extraña los exabruptos vomitados por quien no tolera que nadie le lleve la contraria? Siguiendo su torticera guía de estilo -de obligado cumplimiento, si no quieres caer en desgracia- la coherencia personal e ideológica del Rob Reiner era no sólo censurable, casi se diría que punible, sino una amenaza para sus desvaríos absolutistas, tintados de una mediocridad que debería hacer enrojecer a quienes lo han defendido como el nuevo adalid de la libertad y del orden mundial.
Lo paradójico del caso es que todavía hay quien se sorprende de que se pueda caer más bajo, mientras el resto del mundo trata de sobreponerse y de entender qué es lo que ha pasado. La realidad, esta realidad, nos demuestra que la empatía terminará por ser un delito y que lo ÚNICO que importa es imponer una línea de pensamiento y denigrar, vilipendiar e insultar a quienes osen disentir.
Por otro lado, en medio de todo este sinsentido, tampoco están ayudando las reseñas y elegías que pululan, una y otra vez, sólo por una pequeña parte de la filmografía del realizador norteamericano, obviando otros tantos títulos tan dignos, o más, que los que se están repitiendo, y repitiendo y, repitiendo, hasta la saciedad, en estos últimos días.
Lo primero de todo y antes de que se me olvide… ¡No es verdad! Tuvieron que pasar varias décadas hasta que la figura, talante y legado de Iñigo Montoya se conociera y reconociera, al igual que pasó con la película en la que lo interpretó, de forma magistral, Mandel «Mandy» Bruce Patinkin. La princesa prometida (1987) no fue ningún éxito de taquilla. Sí logró amortizarse, pero debieron pasar décadas hasta su reivindicación y consideración por parte de un público que, en el momento de su estreno, LA IGNORÓ, con mayúsculas.
Volviendo a mi argumentación original, empeñada en reseñar lo que parece recluido en un terrible “olvidadero”, mi primera toma de contacto para el trabajo de Rob Reiner fue The Sure Thing, titulada en nuestro país, no me pregunten la razón, Juego de amor en la universidad, cuatro décadas atrás.
Protagonizada por la pareja Daphne Eurydice Zuniga y John Paul Cusack, la trama desentraña los extraños vericuetos por donde transitan las relaciones entre los seres humanos, además de ser una suerte de reinterpretación, más o menos consciente, de la inolvidable odisea vital de William Clark Gable y Claudette Colbert en It Happened One Night (Frank Capra, 1934), por mucho que los puristas se rasguen las vestiduras antes dicha afirmación.
Bien contada, rodada con una naturalidad y sencillez que, por momentos, parece un documental, la película posee una doble lectura que demuestra que lo único “seguro” es que, un día, nos iremos de este mundo y, mientras tanto, no tenemos un segundo que perder en absurdas disquisiciones ni argumentaciones por el estilo.
Disquisiciones y argumentaciones que, también, llenan los primeros estadios en la relación de otra “extraña pareja” cinematográfica, la que componen Jack Nicholson y Morgan Freeman para The Bucket List (2007). Luego, tenemos una reflexión sobre los instantes finales de una existencia que, independientemente del poder adquisitivo que tengas, va a terminar igual.
Puede que la lucidez que la parte “rica y adinerada” de la pareja, Edward Perriman Cole -el personaje que interpreta John Joseph “Jack” Nicholson- demuestra tras su encuentro con el mecánico e historiador en su tiempo libre, Carter Chambers -un Morgan Freeman tan brillante como suele ser habitual en él- sea un tema de difícil digestión en un mundo, el nuestro, en el que un amplio segmento de las clases más pudientes está tratando de desmantelar la sanidad pública, sin el mayor sonrojo.
De otra forma no se entiende que no se esté haciendo ninguna mención a una película que, además, fue un absoluto éxito de taquilla en el momento de su estreno, frente a otras tantas realizaciones de Rob Reiner que no gozaron del mismo favor del público.
Dicho esto, hay dos ausencias sobresalientes y que, si me permiten la presunción están motivadas, más por el querer ser “políticamente correcto”, en medio de un escenario de zafios e ignorantes, por lo que pudiera pasar si… La primera de todas es Ghosts of Mississippi/ Ghosts from the Past (1996) que habla, sin tapujos, de la degeneración que supone para una sociedad el mismo concepto del racismo y la miseria moral de quienes lo apoyan/ fomentan o alientan. El mismo concepto de “Supremacía” debería ser borrado del diccionario de una sociedad que permite y, como es el caso de la actual administración norteaméricana, justifica su razón de ser y a quienes difunden sus dictados.
La película, áspera, desasosegante y tintada de una insensatez que atenta contra la ética de un ser humano que se precie de ser, nos retrotrae a los convulsos años en donde el “país de la libertad” estaba en guerra consigo mismo, mientras una sociedad, caduca y dividida, peleaba por impedir que una parte de sus ciudadanos tuvieran los mismos derechos que la otra parte ostentaba, sólo por su color de piel.
Alec Baldwin, Whoopi Goldberg y James Woods componen un trío que nos vapulea, emocionalmente hablando, entre secuencia y secuencia hasta un desenlace que ni siquiera te ayuda a reponerte del regusto amargo que sientes cuando todo termina.
Imagino que, ante las incesantes muestras de irracional empatía que demuestra el actual inquilino de la Casa Blanca y buena parte de sus acérrimos seguidores para con seres tan degenerados e irracionales como Byron De La Beckwith -personaje que interpreta James Woods en la película-, se está obviando el hablar de Ghosts of Mississippi, por lo que pudiera pasar si se hiciera. Si ésta es la razón -y no el “copiar y pegar” para ocupar un espacio en las redes sociales- mejor que quienes piensan así se busquen un psicoanalista de guardia, porque no tienen NI IDEA del mundo en el que están viviendo…
The American President (1995), estrenada un año antes, supuso el cruce entre el talento de Rob Reiner y el de escritor y realizador Aaron Benjamin Sorkin. Se trata de un canto, puede que naif e irrealizable, pero MUY deseable, de cómo debería ser un mandatario que ocupa, por un tiempo limitado, el despacho presidencial más importante, influyente y decisivo de cuantos se encuentran distribuidos en el planeta Tierra.
El personaje de Andrew Shepherd -que interpreta Michael Douglas con rigor, ironía y ese toque irrelevante de la familia Douglas que ya acuñara el patriarca, el irrepetible Kirk Douglas (1916-2020)- resume, según el manual de estilo del guionista responsable de la serie de televisión de The West Wing (1999-2006), las virtudes y carencias de un mandatario que representa, o debería, las aspiraciones del “mundo libre” y, sobre todo, democrático.
La película posee dos lecturas. Una, nos cuenta el romance entre una combativa activista medioambiental y un presidente en el mejor momento de su mandato, viudo y padre de una adolescente, que se queda “prendado” por la fogosidad y el espíritu indomable de Sydney Ellen Wade, personaje al que le pone cara Annette Bening.
La segunda lectura nos lleva hasta los mentideros del poder y hasta las torticeras y nauseabundas soflamas de quienes sólo buscan sacar réditos para favorecer a una minoría cuyo único interés es su cuenta de resultados. Ello lo hace visible, de manera perfecta, Richard Dreyfuss en el papel del senador republicano Bob Rumson.
Los que rodean al senador son los mismos que han apoyado a la actual administración norteamericana… Para mi sorpresa, empiezan a estar en desacuerdo con las barbaridades expresadas por un mandatario que no duda en vejar a una persona con la que no está de acuerdo.
Sé que lo que plasma The American President es materialmente imposible de lograr en una sociedad tan desequilibrada, desestructurada y vapuleada como la nuestra, pero su mensaje debería servir, por si mismo, de homenaje a la carrera y el legado de Rob Reiner sin que, por ello, no se quiera tener en cuenta la validez del resto de sus trabajos.
Y es que mientras el mundo siga “liderado” por quienes se empeñan en perpetuar los errores de un pasado que, según ellos, fue mejor -independientemente de su edad e ideología- las barbaridades que se han vertido tras fallecer Rob Reiner y su esposa serán moneda de cambio habitual para quienes se creen poseedores de una verdad absoluta.
Por favor, quienes viven un sinfín de peldaños por debajo dejen de transitar los “lugares comunes” y miren más allá. De no hacerlo, terminarán tan embrutecidos, zafios e insustanciales como quienes nos gobiernan…
Eduardo Serradilla Sanchis
Helsinki, diciembre del año 2025
Copyright imágenes.

The Princess Bride © 1987 Act III Communications, The Princess Bride Ltd., and Buttercup Films Ltd.

The Sure Thing © 1985 Embassy Pictures and Monument Pictures.

Ghosts from the Past © 1996 Castle Rock Entertainment, Columbia Pictures and Frederick Zollo Productions.

The Bucket List © 2007 Warner Bros., Zadan / Meron Productions and Two Ton Films.

The American President © 1995 Universal Pictures, Castle Rock Entertainment and Wildwood Enterprises.























