Imágenes, volúmenes y, además, palabras

12 enero, 2021

Imágenes, volúmenes y, además, palabras

12 enero, 2021

A Quiet Place

A Quiet Place

¿Se pueden llegar a imaginar un mundo donde un inofensivo juguete, con sus llamativas luces y sus chirriantes sonidos, se ha convertido en toda una letal amenaza? A buen seguro que les costará asimilarlo, sumergidos, como estamos, en un escenario saturado de decibelios descontrolados, mensajes estridentes y un clamor constante que nos acompaña de la mañana a la noche. El ruido, “Sonido inarticulado, por lo general desagradable”, según el diccionario de la RAE, se ha convertido en ese “ELEFANTE, con mayúsculas, dentro de nuestra sociedad” del que nadie habla, pero que todo el mundo debe soportar, le guste o no. 

En contraposición se sitúa el silencio, una entelequia que solamente los más ancianos del lugar parecen recordar, en aquellos tiempos lejanos donde no había ni teléfonos, ni lavadoras, ni motocicletas estruendosas, ni nada por el estilo. Es más, en países como el nuestro, el silencio se ha terminado por asociar, casi por definición, con la muerte y la desolación, relegándolo a que repose en los camposantos, junto a los difuntos, y en los parajes más inaccesibles e inhóspitos, pero nunca formando parte de la vida cotidiana de las personas.  

Sin embargo, la realidad de hoy, tan ruidosa ella, se puede transmutar en la pesadilla del mañana y aquello que era normal se convierte en una anomalía, tan letal como desasosegante para quienes deben adaptarse al nuevo tablero de juego o perecer en el intento, de no lograrlo. De pronto, el ruido al que estábamos más que acostumbrados y resignados a soportar se convirtió en nuestro peor enemigo y, cuando quisimos darnos cuenta, ya era tarde.

La verdad es que nadie sabe de dónde llegaron, ni por qué están aquí, pero llegaron, arrasaron y se quedaron, dejándole a los humanos una única opción si querían sobrevivir; es decir, callarse, apagar todos y cada uno de los aparatos a los que vivíamos enganchados de manera simbiótica y volver a los estadios en donde, para comunicarse, se recurría a la utilización de los signos, de los dibujos y de las expresiones faciales, pero sin necesidad de sacar un vídeo o tomar una o mil fotos desenfocadas. Ahora todo volvía a ser como antes y la única red social a la que se podía pertenecer, de manera presencial, era aquella formada por tu familia, tus amigos más íntimos o, simplemente, por un grupo de desconocidos con quienes buscabas el apoyo necesario para sobrevivir.

Ni siquiera te quedaba la alternativa de soltar un quejido ante un suceso tan fortuito como hacerte un corte en un dedo mientras preparabas la cena o doblarte un tobillo al resbalarte. Cualquier cosa que emitiera un sonido demasiado estridente, por nimio que éste pudiera parecer para el oído humano, se convertía en una suerte de “ruleta rusa” donde tu arma estaba cargada con todas y cada una de las balas del tambor y tus posibilidades de supervivencia eran nulas.

Evelyn (Emily Blunt) y Lee Abbott (John Krasinski) aprendieron, durante cuatro largos años, todas y cada una de las nuevas reglas de supervivencia, desde que aquellas destructivas y letales criaturas llegaron hasta nuestro mundo y, siempre con la mirada puesta en un incierto futuro, trataron de educar a sus hijos, Regan (Millicent Simmonds), Marcus (Noah Jupe) y Beau (Cade Woodward), para que pudieran sobrevivir en un mundo donde ir descalzo por la calle dejó de ser una rareza. A la problemática inherente a toda crianza de un grupo de niños además hay que sumar que Regan es sorda, hecho que obliga a tener un mayor cuidado si cabe, dado que la adolescente no es consciente del ruido que se puede desatar a su alrededor y, de hacerlo, sería ya tarde. Poco importa ya el aparato que porta la joven, dado que, en un mundo sin repuestos, sólo queda la inventiva desarrollada por su padre, aunque ésta no llegue a colmar las necesidades para las que el audífono fuera creado, originariamente.

Ante tal perspectiva, cada paso, cada movimiento, cada acción debe ser desarrollada sin alterar el tenso manto de silencio y aislamiento al que se ven sometidos todos y cada uno de los miembros de la familia Abbott, aunque unos sean más conscientes que otros, merced a su edad y a la experiencia acumulada durante estos años. Incluso los signos que utilizan como herramienta para comunicarse se ven afectados por un escenario que termina por condicionar una existencia prestada y siempre a merced de la capacidad auditiva de aquellos seres que nadie ha llegado a entender, porque quien lo intentó murió antes de encontrar una respuesta.

Puede que en esa capacidad para mostrarnos el verdadero valor del lenguaje hablado en las relaciones humanas, -no me refiero a los gritos que se dispensan las familias cuando éstas son incapaces de mantener un discurso coherente, sino el lenguaje entendido como una herramienta para comunicarse, entenderse y relacionarse como seres humanos, mínimamente racionales- resida el mayor acierto del guión original del tándem Bryan Woods y Scott Beck A Quiet Place, el cual luego fue reescrito por John Krasinski, quien también se hizo cargo de la dirección de la película1.

Los tres escritores inciden en la importancia de la comunicación interpersonal, más allá de las herramientas que el ser humano ha ido creando y que, en un momento dado, pueden llegar a desaparecer. Para los más pequeños, sobre todo para Marcus, acostumbrado a vivir en un mundo lleno de sonidos, todo aquello se le hace muy cuesta arriba. Sin embargo, para sus padres, el silencio termina por ser el mejor aliado para relacionarse con sus hijos, además de la primera y única línea de defensa que poseen ante el acoso de aquellas despiadadas criaturas, a buen seguro, parientes cercanos de las alienígenas del nivel Acheron LV-426.

Sobra decir que los días, y sus noches, se suceden de una forma tremendamente monótona, dado que nunca se puede bajar la guardia, nunca te puedes relajar, nunca puedes olvidarte de que, hasta la más pequeña alteración del orden, puede ser fatal. Aun así, Evelyn y Lee intentan que la vida de sus hijos sea lo menos anormal posible, llegando a conseguir que Marcus pueda dar rienda suelta a toda su frustración, escondido tras el sonido de una cascada que impide que sus antagonistas perciban nada que se salga de lo común.

Son instantes que sólo sirven para enmascarar la indefensión que sufren y padecen los protagonistas de esta pequeña historia de terror que, si bien, SÍ tiene monstruos, desnuda las carencias de una raza que tiempo atrás dejó olvidados en un cajón muchos de los principios que llevaron al ser humano a poder comunicarse con sus semejantes. Cuando Lee habla con su hijo Marcus o con Regan, no manda un Whatsapp, ni graba un mensaje de voz, ni siquiera saca una foto con un teléfono que tiempo atrás quedó obsoleto para comunicarse mediante la voz. Cuando Lee habla con sus hijos, lo hace delante de ellos, mirándoles a la cara e intentando que no solamente sean sus signos, sino sus gestos, los que comuniquen un mensaje.

Al final, el mayor terror no es aquel que llega por medio de unas criaturas territoriales y destructivas, sino de la mano de la insuficiencia y el aislamiento al que ha llegado nuestra sociedad contemporánea, cargada de ruido, pero carente de mensajes claros y válidos. Al olvidar el silencio y el valor que le reportaba al conjunto de los seres humanos, nos convertimos en presas fáciles para quienes fueron capaces de ver nuestra mayor debilidad. Y, al final, será el silencio el que nos ayude a entender la debilidad de nuestros antagonistas, por extraño que esto pueda llegar a resultar.

A Quiet Place es una modesta, pero ENORME película por su tremenda simplicidad, su sinceridad, su honestidad y por la magnífica labor de unos actores que se comportan como cualquier persona común y corriente, sometida a los vaivenes de un escenario tan dantesco y radical como éste.

El resto, como dice la expresión, “es silencio”, en el sentido más literal de la palabra.

© Eduardo Serradilla Sanchis, 2020

© 2018 Platinum Dunes & Sunday Night.

Nota:

1- Beck, S., & Woods, B. (n.d.). A QUIET PLACE [Film screenplay]. https://scriptslug.com/assets/uploads/scripts/a-quiet-place-2018.pdf

Imagen 1: Marcus Abbott (Noah Jupe); Regan Abbott (Millicent Simmonds) y Lee Abbott (John Krasinski) en una imagen de la película A Quiet Place (2018). Photo Credit: Jonny Cournoyer © 2021 Paramount Pictures. All rights reserved.

Imagen 2: Evelyn Abbott (Emily Blunt) y Regan Abbott (Millicent Simmonds) en una imagen de la película A Quiet Place (2018). Photo Credit: Jonny Cournoyer © 2021 Paramount Pictures. All rights reserved.

Imagen 3: Lee Abbott (John Krasinski) y Marcus Abbott (Noah Jupe) en una imagen de la película A Quiet Place (2018). Photo Credit: Jonny Cournoyer © 2021 Paramount Pictures. All rights reserved.

Imagen 4: Evelyn Abbott (Emily Blunt) en una imagen de la película A Quiet Place (2018). Photo Credit: Jonny Cournoyer © 2021 Paramount Pictures. All rights reserved.

Imagen 5: Regan Abbott (Millicent Simmonds) y Lee Abbott (John Krasinski) en una imagen de la película A Quiet Place (2018). Photo Credit: Jonny Cournoyer © 2021 Paramount Pictures. All rights reserved.

Imagen 6: Lee Abbott (John Krasinski) en una imagen de la película A Quiet Place (2018). Photo Credit: Jonny Cournoyer © 2021 Paramount Pictures. All rights reserved.

Imagen 7: Marcus Abbott (Noah Jupe) y Lee Abbott (John Krasinski) en una imagen de la película A Quiet Place (2018). Photo Credit: Jonny Cournoyer © 2021 Paramount Pictures. All rights reserved.

Imagen 8: Marcus Abbott (Noah Jupe) y Regan Abbott (Millicent Simmonds) en una imagen de la película A Quiet Place (2018). Photo Credit: Jonny Cournoyer © 2021 Paramount Pictures. All rights reserved.

Imagen 9: Evelyn Abbott (Emily Blunt) y Lee Abbott (John Krasinski) en una imagen de la película A Quiet Place (2018). Photo Credit: Jonny Cournoyer © 2021 Paramount Pictures. All rights reserved.

Poster de la película A Quiet Place © 2021 Paramount Pictures and Platinum Dunes All rights reserved.

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