Imágenes, volúmenes y, además, palabras

17 diciembre, 2021

Imágenes, volúmenes y, además, palabras

17 diciembre, 2021

#AnneFrank. Parallel Stories (Sabina Fedeli y Anna Migotto, 2020)

#AnneFrank. Parallel Stories (Sabina Fedeli y Anna Migotto, 2020)

Los datos históricos -comprobados y aceptados por quienes se dedican a preservar y estudiar la historia contemporánea de manera seria y rigurosa- son los siguientes: Margot Betti Frank (1926-1945) y Annelies Marie «Anne» Frank (1929-1945) fueron dos hermanas nacidas en la Alemania anterior a la llegada del partido nacional socialista alemán y, luego, cuando el escenario cambió, drásticamente, se mudaron con su familia hasta Holanda, instalándose en la ciudad de Ámsterdam. Allí, sus padres, Otto Heinrich Frank (1889-1980) y Edith Holländer Frank (1900-1945), esperaban escapar de la histeria y la sinrazón desatada por unos gobernantes empeñados en descargar en los hebreos residentes en Alemania todos los males del país, muchos de ellos exportados directamente desde la Primera Guerra Mundial, conflicto en el que el patriarca de la familia combatió durante cuatro años, formando parte del ejército Imperial Alemán.

Sin embargo, la intolerancia, la irracionalidad y el ansia conquistadora del megalómano canciller Adolf Hitler (1889-1945) pronto llegaron hasta los Países Bajos y la familia Frank no tuvo más remedio que esconderse, ante la posibilidad de ser detenidos y deportados hasta algunos de los campos de concentración y/o exterminio diseminados por buena parte de la geografía europea. La odisea de la familia Frank y de todos aquellos que la acompañaron en su refugio, terminó por ser reflejada en las páginas de un diario, el achterhuis, (conocido como «el anexo secreto»), escrito por la benjamina de la familia, Anne, durante los dos largos años que duró su cautiverio, entre junio del año 1942 y agosto de 1944.  

Al final, el cuatro de agosto del año 1944, la Gestapo, merced a la denuncia de unos vecinos, descubrió el escondite secreto donde Anne había escrito un diario que, luego, se convirtió en un símbolo contra todos los desmanes de cualquier forma de totalitarismo, independientemente de la ideología que lo promulgue. Los allí escondidos, por su parte, fueron deportados hasta cualquiera de los mataderos humanos construidos por las legiones de la esvástica y de la calavera de las unidades SS-Totenkopfverbände.

Margot y Anne fueron trasladadas, después de permanecer varios meses en el campo de confinamiento transitorio de Westerbork -lugar donde se las consideraba criminales contrarios a las leyes del Reich y, por ello, se las obligaba a realizar trabajos forzados sin ningún tipo de consideración para con la edad, sexo o condición física-, hasta el campo de concentración de Auschwitz I. Tras dos meses de penurias, a ambas las seleccionaron para ser trasladadas hasta el campo de concentración de Bergen-Belsen. En aquel escenario, sin ninguna higiene, mal alimentadas y abandonadas a su suerte, las hermanas lograron sobrevivir unos meses más. Una epidemia de tifus -según un recuento que aparece en las páginas del libro de la escritora Melissa Müller Anne Frank: The Biography, afectando a más de 17.000 prisioneros- segó la vida de ambas hermanas, entre febrero y marzo del año 1945.

Una vez terminada la guerra, Otto Frank, el único superviviente de la familia, regresó hasta la ciudad holandesa en la que habían sido detenidos y, gracias a los desvelos de quien había sido su secretaria, Hermine “Miep” Gies, y Elisabeth «Bep» Voskuijl, una amiga de la familia, pudo recuperar el diario escrito por su hija pequeña. Dos años después, en 1947, este llegó hasta las librerías con el nombre de Het Achterhuis, Dagboekbrieven 14 Juni 1942 – 1 Augustus 1944. Un lustro después, el diario fue traducido al inglés, bajo el título de The Diary of a Young Girl (1952), con una introducción de la que fuera primera dama de los Estados Unidos de América y un símbolo en la defensa de los derechos de los humanos, cuando todavía dicho concepto no era de uso común, Anna Eleanor Roosevelt (1884-1962).

Desde entonces, sus palabras impresas en las páginas del diario al que llamó “Kitty” y el legado de su joven autora se han convertido en el recordatorio de la intolerancia y el fanatismo ideológico que llevó, entre otras cosas, al exterminio de más de seis millones de personas de forma sistemática, fría y calculada. Anne Frank es no solo un símbolo contra la amnesia de todos aquellos que prefieren mirar hacia otro lado cuando se desatan cualquiera de las “enajenaciones mentales transitorias” que, de tanto en tanto, sacuden los mismos cimientos de nuestra civilización desde que esta se fundó como tal. Anne Frank es esa imagen que se debe mirar a los ojos cuando alguien se empeña en negar el terror que acabó con las esperanzas y el futuro de varias generaciones de personas, sin que nadie quisiera darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Y Anne Frank es aquella niña que representa a los cientos de miles de niños y jóvenes que murieron en los guetos, en los trenes de mercancía donde se transportaba a los prisioneros de los campos o, directamente, en las cámaras de gas, más por las condiciones infrahumanas en las que vivían y morían todos los que daban con sus huesos en aquellos infiernos en miniatura construidos por la maquinaria de guerra nacionalsocialista alemana.

Anne y su hermana Margot eran como Arianna Szörenyi, Sarah Lichtsztejn-Montard, Tatiana Bucci y las también hermanas Helga y Andra Weiss. Eran solamente unas niñas que nacieron en el momento equivocado de la historia y que, por ende, debieron pagar por los pecados supuestamente cometidos por antepasados suyos con los que ni siquiera tenían ningún parentesco. La diferencia entre las dos primeras y el resto es que Anne y Margot murieron, mientras que las demás lograron sobrevivir para convertirse, con el tiempo, en la memoria viva de un holocausto que, por incómodo y descarnado, muchos ni siquiera se plantean considerar.

Todas ellas vivieron vidas paralelas, sin conocerse, pero debiendo superar el mismo trance, el cual se cobró mucho más que las lágrimas, las penurias y las víctimas que, día tras día, se amontonaban allá donde miraran. Cuando todo terminó, ninguna de ellas abandonó ni el campo en el que se encontraban, ni aquellos recuerdos que, con el tiempo, pasaron a conformar un pasado que las nuevas generaciones no deberían perder de vista.

En realidad, todas ellas son Anne Frank. En este caso, dotadas con un verbo capaz de conmover a quien quiera oírlas, tal y como hacen durante los minutos que dura la proyección de la película documental #AnneFrank. Parallel Stories, dirigida por Sabina Fedeli y Anna Migotto. Merced a una cuidada puesta en escena, obra del teatro Piccolo de Milán, la cual reproduce de manera fiel el refugio donde la familia de Anne y Margot convivieron con el resto de sus compañeros de cautiverio, y siguiendo la lectura del diario sobre el que se articula toda la narración, que corre a cargo de la reconocida actriz británica, de padre ruso, Dame Helen Lydia Mirren (1945-), el espectador se sumergirá en la tragedia que desgarró la vida de todas esas niñas, privadas de su libertad y de su derecho a ser quien les hubiera gustado ser, de vivir en un mundo menos salvaje e injusto como lo es el nuestro.  

La narración no huye de aquella realidad que se vivía en los campos, intercalando imágenes de quienes torturaron y mataron a centenares de miles de personas. No obstante, el empeño de #AnneFrank. Parallel Stories es mostrar, de la mano de la joven actriz Martina Gatti, aquello que la vida de todas las niñas de antaño, ancianas en la actualidad, le pueden ofrecer a quienes piensan que el pasado no puede otorgarles ninguna enseñanza ni ninguna lección para vivir en el mundo actual.  La joven, fiel reflejo del siglo XXI en el que vive, confecciona una suerte de diario de viaje digital donde apunta todo aquello que va viendo mientras trata de descubrir más cosas sobre Anne Frank y el momento histórico en el que le tocó vivir y morir. La actitud de esta joven es diametralmente opuesta a quienes prefieren acudir hasta Auschwitz II-Birkenau para sacarse una foto en cualquier emplazamiento, como si todo lo que ha pasado allí no les importara lo más mínimo, salvo el número de seguidores que lograrán tras la “proeza”.

#AnneFrank. Parallel Stories busca o, por lo menos, pretende desterrar la frivolidad de un tema, el holocausto o la shoah, el cual debe hacer frente no solamente al negacionismo de un sinfín de organizaciones que combinan la ignorancia más insultante con una combatividad que pone en solfa buena parte del legado de quienes dieron sus vidas para erradicar la barbarie desatada por todos los seguidores del Reich de los mil años, dentro y fuera de las fronteras de Alemania. Ahora mismo, el holocausto también debe hacer frente a la trivialización más desenfrenada, la cual gusta de convertir el sufriendo humano y el escenario en el que este se desarrolló en una excusa para sacarse una “selfie” y subirla a las redes sociales… Y la película de Sabina Fedeli y Anna Migotto quiere lograr todo lo contrario, por difícil que esto pueda llegar a ser en el mundo actual.

Quizás, esas palabras, esas miradas de las supervivientes y las de sus descendientes y el texto legado por Anne Frank puedan ayudar a que quienes acudan a la proyección de #AnneFrank. Parallel Stories despierten de esta suerte de ensoñación que pone en peligro la memoria de quienes no deben ser olvidados, si el mundo no quiere volver a caer en los mismos excesos que se llevaron por delante a las hermanas Frank y a todos los que murieron bajo el expansionismo desenfrenado y la llamada “solución final”, ideada por quienes entendieron que la única forma de terminar con sus problemas pasaba por el exterminio de una raza que consideraba inferior.

Sé que recomendarles la lectura del diario en su totalidad, dicho todo lo anteriormente dicho, no es una cuestión baladí, pero tras ver #AnneFrank. Parallel Stories entiendo que aquello que no se dice en las imágenes de la película documental se encuentra dentro de las páginas del diario que, además de un regalo de cumpleaños, se terminó por convertir en uno de los mejores ejemplos de lo que, hoy en día, se debe considerar como “memoria histórica” en el sentido más literal de la palabra. No en vano, los manuscritos de Anne Frank figuran en el registro del Programa Memoria del Mundo de la UNESCO, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

Si después de finalizarlo quieren seguir descubriendo más cosas sobre este particular, les recomiendo, además del libro de Anne Frank, otros tres libros que, igualmente, sirven para entender qué fue lo que pasó en aquellos momentos de la historia contemporánea de nuestra civilización. El primero es Las juventudes hitlerianas, del historiador Michael H. Kater (Kailas Editorial, 2016). El segundo es El tercer Reich. En la historia y la memoria, del también historiador Richard J. Evans (Editorial Pasado & Presente, 2015). Y el tercero, y quizás el más difícil de asimilar, Auschwitz. Los nazis y la “solución final”, según el trabajo del productor y documentalista británico Laurence Rees, uno de los más reputados realizadores de la cadena de televisión BBC, que también cuenta con una versión en formato documental para hacer realidad en una pantalla aquello que se puede leer en las páginas del libro.

La dedicatoria de la obra de Rees al millón cien mil hombres, mujeres y niños que murieron en el pozo infernal y sanguinario en el que se convirtió aquel páramo olvidado de la mano de cualquier deidad, bien pudiera servir de epitafio para todas las víctimas de la shoah.

Quizás por esta circunstancia, el año pasado y antes del estallido de la pandemia que, a día de hoy, aún sigue condicionando nuestra existencia, decidí visitar, por tercera vez, la casa en la se escondió siete décadas atrás Anne Frank junto con su familia, luego de una invitación cursada por la dirección de la entidad que se encarga de preservar el legado de la joven autora.

Mi intención era regresar a un escenario que no me era ajeno, pero con otros ojos y con las imágenes del documental que había visto tan solo unos meses antes.

Una vez allí, y gracias a los responsables de la institución, tuve la oportunidad de permanecer en solitario, y en silencio, en las mismas habitaciones en las que vivieron Anne, su hermana Margot y el resto de quienes las acompañaron en aquella trágica travesía hasta ninguna parte, la cual no pudo evitar un desenlace que segó la vida de millones de personas.

Fue, entonces, cuando me percaté de la asfixiante atmósfera que aquellas pequeñas habitaciones todavía desprendían, sobre todo si uno se paraba a pensar lo que sucedería cuando alguien, en el piso de abajo, escuchara un sonido fuera de la común, en un lugar, en teoría, desocupado. En realidad, ni siquiera estando de pie en un lugar fijo, los suelos de madera dejaban de emitir algún tipo de quejido, más si se tiene en cuenta la humedad reinante en una ciudad esculpida entre los canales que la circundan de un extremo a otro.

Yo sólo estuve una hora y media -parte de ella, consultando material de documentación- pero sí que fui capaz de imaginarme lo que sería estar todo el día sometido a esa misma tensión, con o sin personas trabajando en la parte de abajo del edificio. Los pensamientos que inundaron el interior de mi cerebro fueron desasosegantes, por decirlo de una forma que todo el mundo pueda entender.

Quizás es esa misma sensación, el silencio que marcó aquel encierro, la que se pierden muchos de los visitantes, dependientes de un sistema de información grabado que, además de faclitarles datos, les priva de sentir aquello que más empapa el diario de Anne; es decir, la sensación de soledad, de opresión, de estar atrapada en un situación irreal y desasosegante por la que nadie debería pasar.

Tampoco vendría mal que se hubieran leído el diario para así poder imaginarse a la joven, sentada en la pequeña mesa de su habitación, queriendo entender, por medio de sus palabras, qué estaba pasando a su alrededor. Si así fuera, muchos entenderían lo que significó el auge de los totalitarismos en la Europa de principios del pasado siglo XX.

Y si así fuera, nadie en su sano juicio diría que estar al lado de un sistema totalitario, descarnado, megalómano y asesino como lo fuera el fascismo es estar “en el lado correcto de la historia”.

El diario de Anne y los de quienes, como ella, perecieron en aquellos años, desmontan, letra a letra, una afirmación tan insultante como carente de alma, y me reafirman en mi convencimiento de seguir batallando, dialécticamente hablando, para mantener vivas las palabras de un diario que conocí gracias al actor y productor  Henry Jaynes Fonda (1905-1982) durante el programa especial de televisión The Music for UNICEF Concert: A Gift of Song, emitido en el año 1979, siendo yo todavía un niño y teniendo la misma edad que Anne cuando empezó a escribir en las páginas de Kitty.  

Para más información sobre la figura de Anne Frank, además de leer su diario, consulten el siguiente enlace donde podrán familiarizarse más con la labor que desarrolla la casa en la que vivió y que ahora sirve para darle difusión a su obra y su legado: https://www.annefrank.org/en/

Aprovecho estas líneas para darle las gracias a los responsables de The Anne Frank House por las facilidades y la cordialidad demostrada durante mi visita del pasado año. Espero que estas palabras sirvan para seguir manteniendo vivo el legado que ellos se han empeñado en conservar.

© Eduardo Serradilla Sanchis, Helsinki, 2021.

#AnneFrank, Parallel Stories © 2020 3D Produzioni and Nexo Digital.

© 2021 Anne Frank Stichting, Amsterdam.

Imagen 1: La actriz Helen Mirren en una imagen del documental #AnneFrank. Parallel Stories © 2019 3D Produzioni and Nexo Digital.

Imagen 2: Cartel del documental #AnneFrank. Parallel Stories © 2019 3D Produzioni and Nexo Digital.

Imagen 3: Foto de pasaporte de Anne Frank, mayo de 1942. (Photo collection Anne Frank House, Amsterdam 2017. Public Domain Work)

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