Navegando a Moonfleet

25 enero, 2021

«¡Aprieta el botón, Max!» Los autos locos de Blake Edwards

La carrera del siglo es de las primeras películas que recuerdo haber visto, y sin duda fue el primer film de Edwards del que pude disfrutar. “¡Aprieta el botón, Max!” Repetí esa frase infinidad de veces cuando era niño. Esa y «Tengo la cabeza espesa», claro que algo más tarde, cuando descubrí las resacas.

La película funciona perfectamente a dos niveles: como alocada y frenética comedia (podemos relacionarla sin duda con títulos como Aquellos chalados en sus locos cacharros o El mundo está loco, loco loco), pero también es un claro homenaje a los primeros días de las películas cómicas, a aquellas cintas simples de Chaplin, Max Linder o Harry Langdon, basadas en un humor blanco y universal, en un lenguaje llano, el de golpes y caídas, vamos, en el «slapstick». Ahí es donde la película funciona rotundamente si eres fan de ese género (y sin hacer ejercicio de nostalgia). Cabe recordar que la película está dedicada a los maravillosos Oliver Hardy y Stan Laurel, “el Gordo y el Flaco”, que tantas risas nos regalaron en sus títulos (otra cosa es su vida personal, pero esa es otra historia). De hecho la pareja formada por el malvado Profesor Fate y el inefable ayudante Max es, sin duda, émula de Stan y Laurel. Este homenaje es más que evidente en el comienzo del film, en la presentación de los personajes principales, El Gran Leslie (Tony Curtis) y El Profesor Fate (Jack Lemmon), dos artistas que hoy consideraríamos feriantes en busca de magníficos logros. Esta presentación se hace en forma de cuatro escenas que se podrían proyectar de forma individual en sesiones de cortometrajes y funcionarían perfectamente. Hagamos un ejercicio de imaginación y titulémoslos Leslie en el globo, Fate quiere volar, Leslie y el barco veloz, Fate y su cohete. Cuatro fragmentos autoconclusivos y muy divertidos que tienen todas las normas básicas del género (personajes buenos, personajes malos, golpes, caídas… Y el bueno siempre gana).

Y tras esta presentación de personajes comienza la carrera y el disparate, dicho con el buen sentido de la palabra, es decir una enorme cantidad de situaciones cómicas, montadas a un ritmo frenético que te dejan sin aliento.

Los cinco protagonistas principales están en estado de gracia, aunque destaca sin duda la pareja formada por Fate y Max, unos Jack Lemmon y Peter Falk más desatados y más histriónicos que nunca, aunque es una actuación acertada y necesaria para conseguir ese efecto de slapstick que se deseaba. Iconográficamente sus personajes son típicos: siempre de negro, en transportes negros, con su casa negra… Todo es oscuridad y tenebrismo en ellos (de manera muy exagerada, claro está). En contraposición están Tony Curtis y Keenan Wynn, en sus roles de El Gran Leslie y su ayudante Hezekiah, nobles, valientes, caballerosos y perfectos, algo que les asegura la victoria siempre (el bueno siempre gana). Leslie siempre de un blanco impecable, puro, un Sir Gallahad sobre un coche blanco en busca del Grial que es la victoria. Y por último Maggie Dubois, una maravillosa Natalie Wood, en el papel de una periodista moderna y atrevida, intrépida, feminista y sufragista convencida, pero que curiosamente no duda en usar «sus armas de mujer» para conseguir sus propósitos.

Curiosamente, cuando era pequeño, e imagino que ocurriría con todos los niños, me identificaba con Leslie, el muchacho de la peli, el protagonista, el galán, el bueno… Pero hoy en día prefiero al personaje de Fate. Me resulta un personaje más completo, complejo, elaborado y atractivo, a pesar del necesario histrionismo de su intérprete. El pobre solo quiere ganar, ser (re)conocido, superar en algún momento al sosainas de Leslie que siempre tiene el viento a favor, el público a sus pies y el éxito asegurado.

La carrera en sí está dividida en el film en tres fragmentos que rinden claro homenaje a tres géneros imprescindibles. El primero, en el pueblo de Borracho, recupera las claves del Western, empezando con una (falsa) carga de los indios, pasando por el salón y la cantante, para culminar con la típica pelea con sus sillas volando y sus caídas desde los pisos superiores. El segundo fragmento recupera el espíritu de las aventuras extremas, que me lleva a los territorios de La llamada de la selva. Un páramo helado, temperaturas extremas donde un grupo de personajes antagonistas debe salvar momentáneamente sus diferencias para sobrevivir.

Hago pausa aquí (y a la vez hago metalenguaje) para comentar que durante este fragmento se producía el descanso en la película, con su cartel de INTERMISSION y su música.

Y continuamos con la tercera y, quizá, la más divertida parte del film. Un homenaje a El prisionero de Zenda, por no decir directamente una nueva versión, donde Lemmon hace un tour de force dando vida a un nuevo personaje, el endeble, alcohólico y directamente estúpido Príncipe Frederick. Bailes de palacio, villanos oscuros, peleas de espadas, conspiraciones, coronaciones… Pero sobre todo una pelea de tartas que nos hace recordar de nuevo las pelis de Chaplin, Keaton y demás. Pasteles, tartaletas, dulces volando por doquier… Edwards sustituye balas y cañonazos por merengue y chocolate en una de las secuencias más divertidas jamás rodadas en la historia del Cine. Es destacable cómo Edwards juega largo rato a que pensemos que el siempre impoluto Gran Leslie conseguirá salir de allí con su ropa limpia y su aspecto perfecto. Las tartas vuelan a su alrededor sin que ninguna le alcance, hasta que… Pues eso, ¿qué se creía, que se salvaría? Leslie también es humano, lo que se nos muestra aquí es solo un adelanto del final.

Y ya termina la carrera en París, pero antes del apoteósico final bajo la torre Eiffel, nos encontramos una escena romántica y musical. Es curioso comprobar como Edwards se adelantó por muchos años a las versiones karaoke de películas, actualmente llamadas «sing-along», colocando en esta parte, en la escena de la canción, la letra de la misma para que los espectadores la cantaran si querían. Aprovecho aquí para comentar que la música de Henry Mancini es inigualable, perfecta, como casi siempre. El tándem que formó con Edwards será sin duda parte de la Historia.

Y la película acaba (casi) al terminar la carrera. No diré quién es el ganador por si alguno aún no ha visto el film, cosa que dudo. Pero acaba con la hipotética promesa de una continuación que nunca llegó, de más aventuras del Gran Leslie, de más perrerías del malvado Fate, de más «¡Aprieta el botón, Max!»…

Recordar simplemente que la serie de TV Los autos locos nació de esta película, donde Penelope Glamour era una socias de Maggie Dubois, Pedro Bello era un trasunto de Leslie y Pierre Nodoyuna y Patán eran Fate y Max.

Datos curiosos: En la URSS se permitió la película, pero eliminando la parte del hielo, porque afirmaban que hacía mofa del país y, curiosa e increíblemente, en Francia se eliminó la parte de las sufragistas del periódico porque afirmaron que se creían del movimiento sufragista francés. ¡Hay cosas que no cambian!

Y tercer dato curioso: Como muchos otros títulos, La carrera del siglo fue un fracaso de taquilla en el momento de su estreno. Los gustos del público en los años 60 habían cambiado. Por suerte, hoy la película ha alcanzado el lugar que merece.

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