Navegando a Moonfleet

13 agosto, 2020

Apuntes sobre “TÚ Y YO”

Escribir sobre una película es difícil. Escribir sobre una película icónica es casi tarea imposible. ¿Qué decir que no se haya dicho ya? ¿Qué novedades se pueden aportar? Tú y yo es una película mítica, copiada y homenajeada multitud de veces. Un film que se ama o se odia, sin término medio. Yo la adoro. Es, simplemente, magia…

Terry (Deborah Kerr), acaba de confesar a su pareja que ama a Nickie (Cary Grant). Más con silencios y gestos que con palabras, con brazos que se retiran, con manos que ya no sienten, con ojos que ya no miran con deseo. Un mero “Lo siento. Estas cosas ocurren de pronto, no se pueden prever”. Él abandona el apartamento, aun suplicando torpemente por un amor ya no correspondido. Ella sale a la terraza de su piso de Park Avenue y en un bellísimo plano, se apoya en la puerta de cristal que poco a poco se abre y muestra el reflejo de la imagen del Empire State. Terry levanta la mirada llorosa y lo ve. La música deviene en esperanza, en futuro… Los ojos de Terry se iluminan, convencida de que se encontrará con Nickie en lo más alto del edificio en un plazo de seis meses. Es el lugar “más próximo al cielo” y él tendría que estar allí… Pero el destino es cruel, ladino, inexorable y juega malas pasadas. Tras esos seis meses, seguramente eternos, Terry corre por las calles de Nueva York, mientras sigue con esa misma mirada esperanzada, con esos ojos iluminados que buscan en la altura imposible a su amor.

Y Nickie espera y espera y espera en ese lugar tan próximo al cielo. No sabe aún que esperará hasta la medianoche. Un ascensor tras otro arroja gente al mirador del piso 102 del rascacielos. Con felicidad mira un primer grupo de personas que salen. Terry no está. Mira incluso unas escaleras, que tantas veces los ha unido a lo largo del film por si acaso. Pero nada. Llega un segundo grupo en el ascensor. Tampoco. Y en un falso e imposible montaje sonoro escuchamos una ambulancia rauda 102 pisos más abajo. Es leve ese sonido, casi imperceptible. Nickie, absorto en su búsqueda, no lo oye, es ajeno en su esperanza de futuro feliz. Pero ahí está, evidente, clarificador, hiriente. .. Y en otro bellísimo plano simétrico al anterior de Terry, Nickie está apoyado en una columna metálica, fría y llena de remaches del mirador. Ha oscurecido, se oyen unas campanadas que marcan el transcurso del tiempo y su cara es ya sombría, Terry no vendrá.

Dos secuencias separadas por escasos diez minutos de metraje, pero seis meses de tiempo y toneladas de dolor, de rabia, de ira, de lágrimas y resentimientos posteriores. Diez minutos de metraje segmentados por esos planos simétricos y que marcan la frontera de las dos partes de la película. De la comedia romántica, simpática, pasamos al melodrama intenso, emocional, doloroso… Dos secuencias elegantes, pictóricas, metafóricas. Pero no son las únicas que se encuentran en An Affair to Remember…

Me he adelantado a la mitad de la historia y desde el comienzo esos elegantes y cuidados planos están presentes. Incluso ya desde los títulos de crédito, con la hermosa melodía, las imágenes connotarán lo bucólico de la historia. Nueva York nevado, plácido, feliz… y unos títulos en rosa. Una melodía de Harry Warren y con letras de Harold Adamson y Leo McCarey:

Our love affair is a wondrous thing
That we’ll rejoice in remembering
Our love was born with our first embrace
And a page was torn out of time and space
Our love affair, may it always be
A flame to burn through eternity
So, take my hand with a fervent prayer
That we may live and we may share
A love affair to remember

Nuestra historia de amor es algo maravilloso
que nos alegrará al recordarla…
Nuestro amor nació con nuestro primer abrazo…
Y una página fue arrancada del tiempo y el espacio.
Nuestra historia de amor, que siempre sea
una llama que arda toda la eternidad.
Así que coge mi mano, con una oración ferviente…
para que podamos vivir y podamos compartir
una historia de amor para recordar.

Una letra que marcará perfectamente la historia que veremos. Una historia que comienza en un barco y con unas escaleras. Nickie, personaje que nos han presentado previamente en boca de unos reporteros del corazón, bon vivant, Don Juan empedernido, cínico caradura… desciende a escena por unas escaleras, baja a la tierra de los mortales desde su inmaculado cielo donde es adorado por hombres y mujeres. No sin razón se nos presenta al personaje apareciendo en pantalla de esta forma. Los hombres lo admiran, las mujeres suspiran y él comienza su juego.

Y nuevamente son unas escaleras la secuencia de ese primer beso que Terry y Nickie, pecadores ya de un adulterio no consumado, se dan. El plano lateral de las escaleras. Una barandilla a la que agarrarse. Ambos cogidos de la mano bajan por las mismas. Solo vemos a Nickie completamente. Terry solo aparece de medio cuerpo. Se paran. Nickie mira hacia arriba, ya no es el Dios que bajaba de los cielos de la primera secuencia. Hace escasos segundos ella ha rechazado su intento de beso bajo la noche estrellada en cubierta. “¿Damos un paseo?”, acaba de decir Terry. Y solo 30 segundos más tarde, ella misma detiene el paseo en aquellas escaleras que descienden. Y es Nickie de nuevo quien sube hacia ella. Terry marca el ritmo con su mano agarrada fuertemente a la barandilla. La música de Hugo Friedhofer se eleva a la vez que sube Nickie hasta desaparecer la mitad de su cuerpo. Solo los vemos de cintura para abajo. Sus pies ni siquiera están apoyados establemente en los peldaños de la escalera. Nickie solo tiene uno de ellos bien afirmado, el otro está en el aire, entre un escalón y otro. Un amor naciente, aún no equilibrado, en construcción. Un pie que puede decantarse entre subir al siguiente escalón y afianzarse o bajar para apoyarse. Y es la mano de ella la que marca el ritmo. Sube despacio, casi una caricia por la barandilla. Se suelta y sube el brazo, ¿para acariciar la cara de Nickie, quizá? Y de nuevo baja a apoyarse. Amor consolidado, amor seguro, futuro decidido… Se agarra a la barandilla de la escalera igual que se agarra a la decisión tomada. Abandonará a su pareja de hace cinco años, la misma que la sacó del club donde cantaba para darle una carrera, para aceptar ese futuro incierto con alguien que va de flor en flor, haciendo marcas en el revólver del amor, del sexo, quizá… “Podrías encender tu cigarrillo con la efusiva dedicatoria de la pitillera”, le decía minutos antes, cuando aún negaba esa atracción que ambos sentían, en otra escena memorable, en el camarote de ella con la fotografía del novio de Terry entre los dos. Nickie a la derecha, Terry a la izquierda y la fotografía en el medio. Separándolos físicamente, mentalmente… Hasta que la foto desaparece entre ellos, ya no es frontera. La barrera se levanta, lista para el amor… Eso de la inscripción lo decía Terry en su camarote, donde había invitado a Nickie. ¿Pero qué mujer invitaría a un individuo así a sabiendas del historial del mismo? “¿No le gustaría?”, pregunta Nickie, cuando Terry señala la foto de su novio. Curiosamente, ya no situada entre ellos. Ya está a la izquierda de ambos en el plano. Ya no se interfiere en ese prometedor futuro. “Cinco años de fidelidad”, reafirma ella, aún no sabiendo que caerá rendida al amor. Curioso, dice “fidelidad”, no “felicidad”, pero aún así se reafirma en el rechazo. “Es un hombre de suerte, debe ser excepcional”, replica Nickie. “Imagine lo atractivo que es cuando resisto a los encantos de su persona”, responde ella. Pero ya sabemos que ambos acabarán juntos. La imagen lo reafirma. Ellos dos, Nickie y Terry, están juntos en imagen y separada, a la derecha de la futura pareja, la foto del novio. Ya no hay nada que hacer. Tiene la batalla perdida, aunque aún no lo sabe, pero nosotros sí. Poco después, la foto se guardará en la maleta, símbolo de episodio cerrado. “Ya no estoy enamorada de él”, dirá poco más tarde. Pero eso ya lo sabemos.

Esa barrera sigue levantándose poco más tarde de esa secuencia. Intentan disimular, que el resto de los pasajeros del barco no descubran su “affaire”… Es absurdo, pero hacen lo que pueden y de nuevo las escaleras. Se cruzan en unas que llevan a la piscina. “Oye”, dice él, mientras intenta cogerle la mano. “No, no, sigue andando”, responde ella, mientras suelta esa mano que la agarra… “Yo también te echo de menos”, dice Nickie. Pero la escalerilla les separa. Terry está ligeramente más arriba que él, unos peldaños subidos en las escalera. Separados por la altura, igual que ocurrirá en el Empire State, cuando él arriba espera, mientras ella es atropellada por el coche. El contacto físico es imposible, la unión es imposible, el amor, a vista de los demás, es imposible. Y justo después, de nuevo unas escaleras, a la entrada del comedor. Él arriba, ella abajo (¿casualidad?). No pueden comer juntos porque no quieren que los pasajeros sepan que se aman. “Pide la bouillabaise, es estupenda”, afirma Terry. Un diálogo absurdo, pero aún así, ella se preocupa por el placer culinario de él, por su felicidad…

Pero llega el momento de la despedida del barco, con la promesa de verse en seis meses en lo alto del Empire State, con el firme propósito de romper con sus vidas presentes, reales, seguras… Él con la heredera americana de 600 millones de dólares (en liras, “mamma mia”, que diría el reportero del corazón italiano del principio). Ella con el hombre que le puso el piso en Park Avenue y que la sacó de los clubs de canto para hacer que diera clases de solfeo y mejorara su voz y su vida… Pero no, no serían felices y lo saben. La seguridad y la felicidad son cosas distintas. Ambos apoyados en la barandilla del barco, acercándose a Nueva York, ven el skyline de la ciudad poco a poco. Movimiento horizontal de la imagen. La pareja habla de su futuro incierto y prometen volver a verse cuando rompan con su presente. Y en ese movimiento horizontal de la imagen scope aparece la figura inequívoca del Empire State. “Te espero, amor mío, el 1 de julio a las cinco de la tarde”, ha escrito Terry en un papel que le ha dado a Nickie. Pero la silueta del Empire acaba de aparecer en pantalla. “Dilo tú y yo obedeceré”, replica Terry. Y Nickie, mirando al Empire State dice “¿Qué te parece en lo alto del Empire State?”. “Sí, eso es perfecto”, replica ella, “en Nueva York es lo que está más cerca del cielo”.

Más cerca del cielo, de la felicidad, del futuro perfecto… McCarey no sé si sería cristiano o católico, pero casi estoy seguro de ello. “Del cielo”. El cielo como elemento perfecto, como elemento divino, como Edén eterno. Es más, previamente, Terry reza en una pequeña capilla ante la imagen de una virgen envuelta en manto azul (iconográficamente católico). Rezo al que se une, a medias obligado por su abuela, Nickie. Y él mismo, poco después, pintará un cuadro representando a una Terry rezando ante una virgen que tiene la imagen de esa abuela fallecida poco más tarde en la historia.

Eso sí, “no te olvides de tomar el ascensor”. Pero si luego, como ya he comentado, mira las escaleras. Las escaleras… Algo que tanto ha significado para ellos.

Y aun así, el destino comienza a jugar sus cartas… “Cielo, si las cosas no salen bien…” Premonición de lo que ocurrirá. Culpabilidad inconsciente del engaño y del adulterio por parte de Terry… Y, a pesar de todo, sigue en ese rotundo empeño de romper con esa vida pasada, sigue soñando con la promesa de la incierta felicidad futura. Una posibilidad sombría, porque justo antes, en la última noche en el barco, mientras bailan comienza a sonar “Auld Lang Syne”, la canción de las despedidas, una melodía muy conocida pero triste que presagia algo malo…

Should auld aquaintance be forgot
And never brought to mind?
Should auld aquaintance be forgot
And auld lang syne!
For auld lang syne, my dear
For auld lang syne
We’ll take a cup of kindness yet
For auld lang syne

¿Deberíamos olvidar a nuestros conocidos
Y nunca traerlos a nuestra mente?
¿Deberíamos olvidar a nuestros conocidos
Y los viejos tiempos?
Por los viejos tiempos, cariño
Por los viejos tiempos
Tomaremos una taza de bondad todavía
Por los viejos tiempos
Y seguramente comprarás tu copa y seguramente compraré la mía
Y tomaremos una taza de bondad todavía
Por los viejos tiempos

¿Tendrían que haber hecho caso a la canción y haber dejado la historia de amor en ese punto? ¿Tendrían que haber desafiado a los hados del destino con el riesgo que corrían? ¿Fue su accidente un castigo del destino por retarle e intentar ser felices?

Ese pensamiento aciago, culpable, surge en la película tras el accidente que deja paralítica a Terry. Ese concepto judío cristiano de la culpa y la redención existe en el film. Nickie baja a lo más profundo… Termina siendo pintor de brocha gorda antes de convertirse en un artista relativamente conocido. Incluso su marchante le dice que se ha convertido en pintor de verdad cuando ve el cuadro donde ha pintado a Terry rezando a la virgen-abuela. Mientras, Terry purga “su pecado” trabajando con un sacerdote, ayudando a niños a su manera. Pero en silla de ruedas, aunque con la promesa de poder volver a caminar. Pero prefiere seguir en esa silla para poder llegar a Nickie. No quiere que nadie la recupere. Su exnovio, aún enamorado de ella, le dice que financiará su posible tratamiento y ella, por amor (egoísta, imposible, perfecto) responde “Si tú pagaras mi tratamiento, a él no le gustaría, y si a él no le gustara, a mí tampoco me gustaría…” Sigue pensando en su redención con Nickie. Solo él podrá salvarla en cuerpo y alma y eso recuerda a la aparición inicial de él descendiendo por las escaleras desde el cielo, el mismo cielo donde sigue esperando, en el Empire State, a que ella suba… Esa sensación, ese divino sentimiento, se muestra en una canción que ella canta en su club, previo a quedar inválida y que los niños del coro con los que trabaja le volverán a cantar…

There’s a wonderful place called tomorrowland
And it’s only a dream away
And the moment you get to tomorrowland
You’ll forget about today.

You’ll be walking on clouds,
You’ll forget every care,
And your troubles, like bubbles, will vanish in air
Ask me how do you get to tomorrowland
Close you eyes, make a wish and you’re there.

Hay un maravilloso lugar llamado “el país del mañana”
Y está solo a un sueño de aquí.
Y en el momento en que llegues a “el país del mañana”
Olvidarás tu hoy.
Estarás caminando entre las nubes
Olvidarás cada preocpación
Y tus problemas como burbujas, se desvanecerán en el aire.
Pregúntame cómo llegar a “el país del mañana”…
Cierra tus ojos, pide un deseo y allí estarás…

Y eso es lo que desea ella, tras su accidente. Cerrar los ojos, pedir un deseo y estar en ese país del mañana acompañado de Nickie. Y ese deseo está a punto de cumplirse la mañana de Navidad. La bucólica nieve, tal y como adelantaban los títulos de crédito. La mañana donde los deseos infantiles se hacen realidad. Nickie ha descubierto dónde vive Terry. No sabe que ella no puede andar. No sabe que sigue soltera. No sabe que no pudo acudir a su cita en lo alto del Empire State porque, mirando hacia arriba, fue atropellada. Ha entrado en el piso por casualidad, la sirvienta, que se iba, le abrió la puerta al irse. No es Terry quien le recibe. Ella está recostada en un sofá con los pies cubiertos por una manta. La mirada de ella de sorpresa, la de él es de rabia. Una diagonal que se dibuja en el plano mostrado. Él de pie, ella recostada. La cabeza de él más alta que la de ella. Sus miradas formas esa línea que, de izquierda a derecha, baja. Rabia, odio, dolor, cinismo… Todo eso transmiten las palabras y las miradas de Nickie. Incertidumbre, perdón, “por favor, no hagas preguntas”, suplican los ojos de Terry. Él arriba, ella abajo, como en el Empire State, como en el barco en infinidad de ocasiones… El odio y el dolor le impiden ver que Terry no se levanta. La ira solo le permite ver que ella le rechaza al intentar sentarse a su lado. Ella miente con la mirada, con las palabras, con los gestos… “¿Eres feliz, verdad?”, pregunta Nickie. “Sí, sí”, responde Terry. Pero él sigue arriba, en posición superior a la de ella. Con un juego confiesa su dolor. Dice “Me preocupa qué dice la gente. Dirán ‘Mirad, ahí va el pintor loco […] Atraviesa los mares y a todas las mujeres que encuentra les dice ‘cielo, ¿dónde estarás dentro de seis meses?’” Él sí estuvo arriba, en el Empire. Ella no. Y aun así, él no se lo confiesa directamente y ella le sigue el juego. Siguen estando separados en distancia y en altura. El juego sigue hasta qué Nickie se da cuenta de que ella no se ha levantado y que quien compró su cuadro, el cuadro que le convirtió realmente en pintor, el cuadro con el que devino en artista y con el que exorcizó todos sus recuerdos y demonios, el cuadro de Terry rezando frente a su abuela fue comprado por alguien que… “Dijo que la mujer no tenía dinero y además estaba… Además estaba…” Sí, sin decirlo, quiere decir que estaba en silla de ruedas, que no podía andar… Está seguro que es Terry, y aun así, quiere asegurarse. Entra en la habitación de ella sin permiso, pero ella no se lo impide, ni con gestos, ni con palabras. La música vuelve a subir. La melodía de Friedhofer vuelve a acompañar inevitable e inexorablemente la imagen. Nickie entra. En un maravilloso plano vemos a Nickie y en un espejo, junto a él, reflejada la imagen del cuadro. En el mismo plano, cuadro y reacción. En el mismo plano, autor y obra. En el mismo plano, nudo y desenlace. La resolución. El fin. La incógnita se resuelve y lo hace de una manera magnífica. Definitivamente Nickie entiende por qué Terry no se ha levantado, por qué no acudió a lo alto del Empire State. Por qué no pudo subir las escaleras… Su cabeza torna hacia atrás, buscando apoyo, buscando respuestas reales, buscando estabilidad, buscando amor… “Nickie, no me mires así”, dice ella, aun mirando hacia arriba. Pero el plano se acorta. Él baja, se sienta a su lado. Ya no están uno por encima del otro. Ya no están en unas escaleras, ni en lo alto del Empire State. “¿Por qué no me lo dijiste?”, pregunta, suplica, Nickie. “Yo tuve la culpa de todo… Estaba mirando arriba… Era lo más cerca del cielo… Estabas tú allí”.

Sí, quizá contado sea un momento excesivamente meloso, nimio, edulcorado… Pero las cartas estaban sobre la mesa desde el principio, desde los títulos de crédito de color de rosa, desde la melodía inicial “Así que coge mi mano, con una oración ferviente…”. Las reglas del juego eran claras y había que aceptarlas. Había que entrar a fondo en este cuento de hadas imposible, perfecto, elegante, preciosista, modélico… No hay trampa cuando empezamos a ver Tú y yo. Es lo que decía una canción, “Y una página fue arrancada del tiempo y el espacio”. Una historia atemporal, imposible y aún así real… Es sencillamente magia.

Ver esta película es… “como volver a casa”….

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