Imágenes, volúmenes y, además, palabras

24 septiembre, 2021

Imágenes, volúmenes y, además, palabras

24 septiembre, 2021

Dune (Denis Villeneuve, 2020)

Dune (Denis Villeneuve, 2020)

“A beginning is the time for taking the most delicate care that the balances are correct. This every sister of the Bene Gesserit knows. To begin your study of the life of Muad’Dib, then, take care that you first place him in his time: born in the 57th year of the Padishah Emperor, Shaddam IV. And take the most special care that you locate Muad’Dib in his place: the planet Arrakis. Do not be deceived by the fact that he was born on Caladan and lived his first fifteen years there. Arrakis, the planet known as Dune, is forever his place.”

From Manual of Muad’Dib by the Princess Irulan1

Hay ensayos teóricos que, los desarrolles como los desarrolles, están condenados -de forma irrevocable- al fracaso. Y los están, porque hay temas, sucesos y/o ejemplos de la cultura contemporánea que parecen no aceptar ningún tipo de revisión, adaptación y/o actualización, por mucho que otros tantos creadores piensen lo contrario.

Sé que, si ya el primer párrafo indica lo baladí e innecesario de la intención, cuesta entender todo lo que se escriba después, ante la inmutable realidad, anteriormente citada. No obstante, soy de los que se resisten a creer que las nuevas generaciones de creadores son incapaces de absorber, analizar una idea y/o un planteamiento brillante, casi diría que grandioso, y no aporten nada nuevo. Admitir esto último sería como claudicar y aceptar que la capacidad de crear se ha quedado estancada ante determinados ejemplos surgidos en su seno y sólo podemos recrearnos, una y otra vez, con lo que antaño aportó la mente de una persona fuera de lo común, pero sin darle una oportunidad a que los que acaban de llegar al tablero de juego para que puedan encontrar un nuevo ángulo del prisma por el que mirar dicho ejemplo de creación artística y/o cultural.

Ahora es cuando se preguntarán ¿cuál es el tema del que resulta innecesario hablar y cuestionar ante su inmutabilidad y persistencia en la memoria colectiva de nuestra sociedad actual? Pues el “tema” en cuestión es una novela de género, Dune, la primera de un total de seis libros, escritos entre 1965 y 1985 por Franklin Patrick Herbert Jr. (1920-1986), uno de los mejores autores de ciencia ficción contemporáneos y uno de los máximos responsables de que la literatura de género ocupara el lugar que le correspondía, junto al resto de géneros escritos y luego editados en formato libro.

En realidad, el trabajo del escritor norteamericano, originario de la ciudad de Tacoma (WA), forma parte de esa “lista de libros de lectura obligatoria”, si te gusta la literatura de género, lista en la que figuran nombres tan importantes como lo pudieran ser Robert Anson Heinlein (1907-1988), Theodore Sturgeon (nacido Edward Hamilton Waldo, 1918-1985), Isaac Asimov (1920-1992), Ray Douglas Bradbury (1920-2012), Richard Burton Matheson (1926-2013), Philip Kindred Dick (1928-1982) y Harlan Jay Ellison (1934-2018), sólo por citar algunos de los más importantes de cuantos surgieron durante el pasado siglo XX.

Dune se publicó en dos partes, y de manera resumida, dentro de la revista Analog Science Fiction and Fact, entre 1963 y 1965, una cabecera originalmente conocida como Astounding Stories of Super-Science (1930-1960). Dicho esto, una veintena de editores rechazaron publicarla de forma íntegra, no supieron ver lo que tenían delante de sus ojos. Al final, un sello editorial, Chilton Company (1904-), conocido por su vinculación con el mundo de las publicaciones especializadas en asuntos de carácter técnico e industrial, además de estar especializada en la edición de manuales de reparación de las principales marcas automovilísticas que se ofrecen en el mercado, llegó a un acuerdo económico por valor de 7.500 dólares, en concepto de adelanto, además de los preceptivos derechos de autor, con Frank Herbert, para publicar su novela en una edición en tapa dura, un acuerdo, monetariamente hablando, absolutamente ridículo, entonces y ahora.

Ni que decir tiene que la prosa y el talento sobre la que se sustenta la tesis argumental de Dune fue un éxito incuestionable desde que llegó a las estanterías de las librerías. El trabajo del escritor le hizo merecedor, a reglón seguido, de los mayores galardones que se conceden, cuando de la literatura de género estamos hablando. Es decir, el premio Awards en 1965 y el premio Hugo un año después, en 1966 -galardón compartido con Roger Joseph Zelazny (1937-1995), autor de …And Call Me Conrad-, para vergüenza de quienes ni supieron, ni quisieron entender el trabajo de quien, según buena parte de la crítica, es el responsable de la mejor novela de ciencia ficción de todos los tiempos.

¿Y cómo definir Dune? En realidad, tratar de definir una obra conceptualmente tan rica y compleja como ésta es igual que querer abordar muchas de las preguntas que llevan atenazando el espíritu del ser humano desde que decidió asumir su papel dentro del organigrama orquestado por la madre naturaleza.

Dicho esto, buena parte del corpus argumental sobre el que se sustenta la obra de Frank Herbert se sostiene sobre el análisis del mismo concepto de la palabra poder (1. m. Dominio, imperio, facultad y jurisdicción que alguien tiene para mandar o ejecutar algo. 5. m. Fuerza, vigor, capacidad, posibilidad, poderío.). En Dune se coloca sobre el tablero de juego de nuestra sociedad, la de entonces y la de ahora, la megalomaníaca querencia de unos pocos por ostentar un poder absoluto, omnívoro, más allá de toda comprensión posible y de cuáles son las herramientas de las que se valen para lograrlo. Por otra parte, a Dune se la puede considerar, junto con el ensayo Silent Spring (1962) -escrito por la bióloga y activista ecológica Rachel Louise Carson (1907-1964)-, uno de los primeros ejemplos de lo que, hoy en día, se podría denominar un relato en el que la ecología está intrínsecamente ligada al texto literario. Es más, hay quienes afirman que, dada la relación que existe entre los personajes en el escenario en el que se desenvuelven, el trabajo del autor norteamericano dio como resultado «first planetary ecology novel on a grand scale«.2

Teniendo todo esto muy presente, en las páginas de este libro se agolpan, además, tanto las experiencias personales y los lugares en los que vivió un autor que siempre mantuvo una denodada lucha contra sus fantasmas personales como todos aquellos conocimientos que Frank Herbert fue adquiriendo a lo largo de su vida hasta el momento en el que se puso a trabajar en la primera de sus novelas desarrolladas, cuando ya se encontraba en la década de los cuarenta, en un universo, muy, muy lejano.

¿Y cuáles serían esas influencias que se dan mano para entrelazarse en un discurso literario tan grandioso como abigarrado, complejo y, a ratos, casi se diría que hipnótico y envolvente?

La lista sería muy larga, pero es muy fácil descubrir en esta novela, por citar los más evidentes, los escritos y la imperecedera pluma de William Shakespeare (1564-1616), Isaac Asimov (1920-1992), Fyodor Mikhailovich Dostoevsky (1821-1881) e, incluso, de algunos de los postulados que vertiera el coronel Thomas Edward Lawrence (1888-1935) en su obra Seven Pillars of Wisdom (1926).

El libro sagrado del Islám, el Corán, así como algunos conceptos y preceptos del taoísmo o del budismo zen también impregnan la prosa de Frank Herbert en su obra, de la misma forma que lo hacen algunos fragmentos del corpus teórico de los estudios del antropólogo británico Sir James George Frazer (1854-1941), el ensayo de Lord Raglan (1885-1964) The Hero (1936) o los estudios teóricos de Joseph John Campbell en su obra The Hero With a Thousand Faces (1949) sobre la formación de un “héroe” desde sus estadios iniciales hasta el momento en el que acepta su verdadera naturaleza.

Dicho todo esto, una de las mayores influencias, quizá la primera gran influencia en cuanto a las posibilidades que les ofrecía la literatura de género al incipiente escritor, llegó hasta las manos y la mente de un joven Frank Herbert por medio de las aventuras del capitán confederado Jack Carter, protagonista de la epopeya marciana que escribiera Edgar Rice Burroughs (1875-1950). No es de extrañar que, en unos primeros estadios, el escritor se planteó situar el escenario de su historia en el planeta rojo, Barsoom, queriendo desarrollar una versión mucho más seria de las imposibles aventuras del literario personaje pulp.    

Como comprenderán, tal amalgama de conceptos, una unión o mezcla de cosas de naturaleza contraria o distinta, según su definición en el diccionario de la Real Academia Española (Amalgama. Del b. lat. amalgama.), termina por resultar tan vasta de abarcar como prácticamente imposible de trasladar a otro formato sin que buena parte de su esencia vital, literariamente hablando, se pierda por el camino.

Esto explica que quien primero asumiera el inmenso reto de llevar la obra de Frank Herbert hasta la gran pantalla fuera el expansivo, prolífico e incalificable -además de inabarcable- creador chileno-francés Alejandro Jodorowsky Prullansky (1929-) tras el abandono en la empresa de la compañía de producción Apjac International (APJ) liderada por el agente y productor Arthur P. Jacobs (1922-1973), la cual adquirió los derechos de la novela en 1971.

Éste, entre las primeras decisiones que tomó, fue la de contratar al no menos irrepetible artista francés Jean Henri Gaston Giraud “Moebius” (1938-2012). “Espléndido dibujante, mejor narrador y con un dominio espacial inigualable para realizar el storyboard de la película y de crear todo tipo de imaginería, desde vestuario hasta las armas y edificios. También, por recomendación de Salvador Dalí, el director contrató al surrealista creador suizo Hans Ruedi Giger (1940-2014) para realizar algunos de los diseños de la película.

Alejandro Jodorowsky planteó una versión surrealista de tonos iniciáticos y espiritualmente simbólica, con un presupuesto inmenso y una imaginería visual inusitada hasta el momento. Tres horas de extravagante metraje rodado en 70mm, en el que Salvador Domingo Felipe Jacinto Dalí i Domènech, primer Marqués de Dalí de Púbol (1904-1989) interpretaría el papel del emperador con un inodoro -formado por dos delfines entrelazados- por trono.”3

Con estos peculiares mimbres argumentales, el proyecto, luego de dos años de excesos presupuestarios, sucesivas reescrituras del ingente guión y un sinfín de problemas artísticos y técnicos -derivados de las carencias que el mundo de los efectos visuales especiales arrastraba para un proyecto tan visualmente rico como éste, por mucho que hubiera habido ejemplos que sobrepasaran las expectativas más optimistas en las décadas anteriores- sucumbió ante la bancarrota del consorcio francés que debía asumir el coste de la fantasía surrealista con toques dadaístas, del creador y psicomago chileno-francés.4

Una década después, el no menos excesivo productor italiano Agostino «Dino» De Laurentiis (1919-2010) resucitó el proyecto cinematográfico, luego de comprar los derechos en 1976 y tener que renovarlos. Un lustro después colocó al director David Keith Lynch (1946-) al frente del proyecto -por entonces era un joven realizador conocido por su trabajo al frente de dos películas diametralmente opuestas como lo pudieran ser la experimental Eraserhead (1977) y la dramática epopeya vital de Joseph Carey Merrick (1862-1890) en The Elephant Man (1980). Fue precisamente Raffaella De Laurentiis (1954-) quien convenció a su padre, “Dino”, para que le ofreciera la dirección del proyecto al realizador americano, luego de ver la biografía fílmica de El hombre elefante, una de las mejores propuestas cinematográficas de cuantas se estrenaron en la década de los años ochenta del pasado siglo XX.

Y es que, a priori, la elección del director originario de Missoula (MT) era la idónea para reinterpretar la imaginería conceptual de Frank Herbert y trasladarla, luego, hasta la gran pantalla de la forma adecuada y sin dejarse llevar por los excesos enunciados por los anteriores valedores del proyecto. Sin embargo, la realidad -y la magnitud de la empresa- tal y como relataba uno de los redactores del periódico norteamericano Variety en el momento en el que la película se estrenó terminó siendo bien distinta, para desesperación de los implicados, en especial su director.

“Muchos directores habían expresado su deseo de hacer ‘Dune’ durante muchos años, por lo que darle el proyecto a un talento iconoclasta como era Lynch fue una buena jugada por parte de Dino y Raffaella de Laurenttiis. Lynch ha sido realmente fiel, demasiado se podría decir al formato original, dado que en su afán por recrear lo máximo posible de la historia ha llenado la película de tantos elementos que muchos se pierden en el argumento.

Dicho esto, hay que añadir que, a pesar de que se ve algunas pinceladas fuera de lo común, hay muy poco de la personalidad de Lynch en esta película, cosa que sí que se apreciaba de forma considerable en Eraserhead y The Elephant Man. En pocas palabras, la grandeza de la producción se lleva por delante lo que hace único al director, artísticamente hablando.”5

Lo cierto es que la película -un sonoro fracaso de taquilla en los Estados Unidos de América, aunque ésta fuera mucho mejor aceptada en el viejo continente y en Japón- adolece de un elemento fundamental para poder desarrollar la narración original de Frank Herbert: tener tiempo suficiente para mostrar, con la calma y el cuidado necesario, lo que se cuenta en las páginas del libro. Y esto es algo que ni los 137 minutos de la versión cinematográfica, ni los 186 minutos de la versión apócrifa, estrenada en televisión en el año 1988 -sin contar con la intervención del realizador-, logran conseguir. Asumido todo lo anterior, tampoco se debe desmerecer el empeño demostrado por todos los implicados en tratar de trasladar esa misma prosa escrita a la gramática cinematográfica, sobre todo cuando el director pudo dejar su impronta visual en el metraje rodado, algo que el mismo autor de la novela señaló, en el momento del estreno. No obstante, el fracaso de esta versión demostró y cimentó luego la creencia de que la obra original no era de fácil traslación a otro formato, por no decir que era del todo imposible.

Lo cierto es que, además de los sucesivos anuncios relacionados con nuevos proyectos cinematográfico ligados a la historia de Dune, los cuales se citaban en los medios especializados de tanto en tanto, el universo de Frank Herbert permaneció ajeno al formato de acción real hasta que en el año 2000 Sci-Fi Channel -actualmente Syfy- se decidiera a llevar hasta la pequeña pantalla, en formato de miniserie, las tres primeras novelas escritas por Frank Herbert en dos entregas; es decir, Frank Herbert’s Dune (2000) y Frank Herbert’s Children of Dune (2003). Esta última, la cual adapta Dune Messiah (1969) y Children of Dune (1976), cosechó mejores críticas que la película del año 1984, aunque tampoco terminaron de convencer a la legión de puristas que siempre inciden en los mismos elementos para crucificar cualquier intento de mover la prosa original de Frank Herbert fuera de los límites de las páginas en la que ésta fue escrita.

Al final, hubo que esperar hasta noviembre del año 2016 -tras un nuevo intento fallido por Paramount Pictures Corporation-, fecha en la que compañía Legendary Pictures Productions, LLC adquirió los derechos para el cine y la televisión de la obra literaria original y, de paso, anunció que estaba en conversaciones con el director canadiense Denis Villeneuve (1967-) para capitanear el proyecto. Tras la consabida sucesión de noticias breves y comunicados en publicaciones especializadas, tales como Variety y The Hollywood Reporter, el rodaje comenzó en el mes de marzo del año 2019, con un elenco encabezado por Timothée Hal Chalamet (1995-), Rebecca Louisa Ferguson Sundström (1983-), Óscar Isaac Hernández Estrada (1979-), Josh James Brolin (1968-), David Michael Bautista Jr. (1969-), Stellan Skarsgård (1951-), Joseph Jason Namakaeha Momoa (1979-), Javier Ángel Encinas Bardem (1969-) y Zendaya Maree Stoermer Coleman (1996-). El estreno sufrió toda una sucesión de cancelaciones hasta el mes de septiembre de este año 2021, luego de las restricciones impuestas por la pandemia que todavía hoy está condicionando nuestro modo de vida.

Ni que decir tiene que la elección no fue del agrado de muchos, a pesar de su bagaje en películas de género, una situación que se agravó por culpa de los sucesivos retrasos derivados de la pandemia y que sólo sirvió para alimentar la rumorología negativa digital tan del gusto de muchos y, de paso, tratar de “coger el rábano por las hojas”, tal y como se dice en el lenguaje coloquial de nuestro país. 

En una circunstancia parecida, otro director se hubiera sentido presionado, pero, por las entrevistas concedidas antes, durante y después de finalizar su trabajo, fue quedando claro que su mayor interés había sido el hacer los deberes de la forma más exhaustiva posible, para así no pecar de los errores del pasado, tarea en la que intervino el hijo de Frank Herbert, Brian Patrick (1947-), además del resto de los implicados en querer llevar la letra original hasta una pantalla de cine, por extraño que esto pueda sonar en una época de profunda reconversión del medio cinematográfico. Tampoco dudó en emplearse a fondo para encontrar los necesarios puentes argumentales, estilísticos y narrativos siempre que se quisiera que el proyecto no naufragara siquiera antes de empezar a navegar.

El director canadiense tenía claras unas cuantas cosas, tanto en cuanto a la duración -al menos se necesitarían dos películas para plasmar la imaginería de la novela original y ambas de un metraje considerable- como en cuanto a sus influencias como creador. Unas influencias que le llevarían a devolver a Dune, por ejemplo, parte de la estética y la forma en la que George Walton Lucas Jr. (1944-) recogió del trabajo de Frank Herbert en su trilogía galáctica original (1977-1983).

Es más, Denis Villeneuve ha admitido que las secuencias desarrolladas en el planeta Tatooine, durante la narración cinematográfica del Episodio IV, le sirvieron de fuente de inspiración para luego abordar la plasmación fílmica del planeta Arrakis, principal escenario de la epopeya escrita por Frank Herbert, como en su día fueran las dunas situadas en el estado norteamericano de Oregón.6

Por añadidura, el realizador ya había demostrado un pulso bien firme cuando se puso al mando de una película tan cuestionada como lo fuera Blade Runner 2049 (2017), secuela de la ahora venerada Blade Runner (sir Ridley Scott, 1982), pero, en su día, denostada y casi se diría que ignorada adaptación de la novela original de Philip K. Dick, publicada en 1968, ¿Sueñan los Androides con ovejas eléctricas?, en su edición en lengua castellana.  

Eso sí, y ya lo dije antes. Poco importa todo esto cuando, para una buena parte del fandom especializado en la literatura de género, querer llevar Dune a la gran pantalla supone un tema que ni siquiera se debe tratar en el peor de los escenarios. Sin embargo, Denis Villeneuve ha sabido entender la importancia de muchos elementos que, de una forma o de otra, sí que se perdieron en la versión dirigida por David Lynch.

De ahí que ahora sí sepamos cuáles son los sueños, cercanos a la pesadilla, que persiguen al joven Paul Atreides desde que la oscuridad de la sala deja paso a la luz que llena la pantalla del cine donde se esté proyectando la película y en donde se repite la imagen de una joven Fremen originaria del desértico planeta Arrakis. A su vez, el ambiente familiar en el que se ha criado, amén de la relación con su madre, Lady Jessica, miembro de las selectivas y poderosas Bene Gesserit y concubina de su padre, el duque Leto Atreides, se nos mostrarán de una forma mucho más clara y directa, sin necesidad de ningún exceso verbal. Bien es cierto que la relación con su padre es mucho más compleja y requiere de las confrontaciones verbales que, por otro lado, no son necesarias con su madre.

Al director sólo le hace falta una sola secuencia para plasmar la impronta, el espíritu y las motivaciones del líder de la casa Atreides, aquéllas sobre las que se ha educado el joven Paul, motivaciones que nada tienen que ver con la bajeza moral de los integrantes de la casa liderada por el degenerado y megalómano barón Vladimir Harkonnen y, por qué no decirlo, del mismísimo emperador Shaddam IV.

Y es ahí donde la supuesta superficialidad estética y carente de contenido, la cual se le achaca al trabajo del director canadiense, se termina por transmutar en una sobresaliente herramienta para llevarnos en volandas hasta una suerte de tragedia, situada en el futuro, pero entintada por las mismas lágrimas que llevan mostrando las miserias y las grandezas de la civilización humana desde tiempo inmemorial.

Para Denis Villeneuve, Dune es una radiografía de una raza, la humana, y de un modelo de civilización, la nuestra, que lleva siglos en guerra consigo misma. Frank Herbert decidió mostrarnos, mediante su portentosa prosa y su capacidad para la ensoñación, lo poco que los seres humanos habíamos sido capaces de aprender de nuestros continuos errores, pero, no por ello, quiso abandonar la misma esperanza que ha logrado mantenernos a salvo ante nuestro afán autodestructivo.

¿Todavía le quedan más cosas por contar? Sí. Y, a tenor de los resultados obtenidos hasta la fecha de la redacción de estas páginas, da la sensación de que el realizador canadiense tendrá tiempo de contarnos aquello que todavía está pendiente, justo cuando los antagonistas están a punto de ocupar su lugar en el tablero de juego.

Eso sí, sé que las casi 4000 palabras que han servido para construir todo este ensayo caerán en saco roto, pero no por ello decidí rendirme, sino todo lo contrario, a imagen y semejanza de lo que ocurre en las páginas de la obra de Frank Herbert con el devenir existencial de algunos de sus protagonistas sin necesidad de tener que probar ninguna mítica y deseada “especia”.   

Paul fell asleep to dream of an Arrakeen cavern, silent people all around him moving in the dim light of glowglobes. It was solemn there and like a cathedral as he listened to a faint sound. The planet sheltered people who lived at the desert edge without caid or bashar to command them: will-o’-the-sand people called Fremen, marked down on no census of the Imperial Regate.” 

Arrakis –Dune– Desert Planet.1

© Eduardo Serradilla Sanchis, Helsinki, 2021.

© 2021 Warner Bros., Legendary Entertainment and Villeneuve Films.

Notas:

1-. Herbert, F. (1984). Dune (35th ed., Vol. 1). The Berkley Publishing Company.

2-. James, Edward; Mendlesohn, Farah (2003). The Cambridge Companion to Science Fiction. Cambridge: Cambridge University Press. pp. 183–184.

3-. Díaz, L. F., & Díaz Maroto, C. (2008). Alien vs. Predator (1st ed.). Alberto Santos Editor.

4-. Con la cancelación del proyecto nos quedamos sin la posibilidad de ver una película que debió estar protagonizada, además de por Salvador Dalí como el desmedido Shaddam IV de la casa Corrino, por un elenco que estaba encabezado, en el papel de Paul Atreides, por el hijo del realizador,  Brontis Jodorowsky (1962-); Amanda Lear (1939-); George Orson Welles (1915-1985); Gloria Josephine May Swanson (1899-1983); David Carradine (John Arthur Carradine Jr.; December, 1936-2009); Geraldine Leigh Chaplin (1944-); Alain Fabien Maurice Marcel Delon (1935-); Hervé Jean-Pierre Villechaize (1943-1993); Udo Kierspe ( Udo Kier, 1944-) y Sir Michael Philip Jagger (1943-) como Feyd-Rautha Harkonnen.  Jodorowsky, Alejandro (1985). Dune: Le Film Que Vous Ne Verrez Jamais. Métal Hurlant 107. Les Humanoïdes Associés.

5-. McCarthy, T. (1984). Variety Film Reviews (1st ed., Vol. 18). Garland Publishing.

6-. Herbert, F., Anderson, K. J., & Herbert, B. (2006). The Road to Dune (2nd ed.). Tor Science Fiction.

Paul Atreides (Timothée Chalamet) y Lady Jessica Atreides (Rebecca Ferguson) en una imagen de la película Dune, la cual fue captada durante el rodaje, en el desierto de Jordania © 2021 Warner Bros., Legendary Entertainment and Villeneuve Films. Photo by Chiabella James.

Gurney Halleck (Josh Brolin) y el Duke Leto Atreides (Oscar Isaac) en una imagen de la película Dune © 2021 Warner Bros., Legendary Entertainment and Villeneuve Films. Photo by Chiabella James.

Gurney Halleck (Josh Brolin) en una imagen de la película Dune © 2021 Warner Bros., Legendary Entertainment and Villeneuve Films. Photo by Chiabella James.

Lady Jessica Atreides (Rebecca Ferguson) en una imagen de la película Dune © 2021 Warner Bros., Legendary Entertainment and Villeneuve Films. Photo by Chiabella James.

Duncan Idaho (Jason Momoa) en una imagen de la película Dune © 2021 Warner Bros., Legendary Entertainment and Villeneuve Films. Photo by Chiabella James.

Chani (Zendaya) en una imagen de la película Dune © 2021 Warner Bros., Legendary Entertainment and Villeneuve Films. Photo by Chiabella James.

Liet Kynes (Sharon Duncan-Brewster) en una imagen de la película Dune © 2021 Warner Bros., Legendary Entertainment and Villeneuve Films. Photo by Chiabella James.

La Casa Atreides, de izquierda a derecha: Paul Atreides (Timothée Chalamet), Thufir Hawat (Stephen Mckinley Henderson), el Duque Leto Atreides (Oscar Isaac), Lady Jessica Atreides (Rebecca Ferguson), Gurney Halleck (Josh Brolin) y Duncan Idaho (Jason Momoa) junto con el resto del séquito oficial, en una imagen de la película Dune © 2021 Warner Bros., Legendary Entertainment and Villeneuve Films. Photo by Chiabella James.

Chani (Zendaya) y Paul Atreides (Timothée Chalamet) en una imagen de la película Dune © 2021 Warner Bros., Legendary Entertainment and Villeneuve Films. Photo by Chiabella James.

El director Denis Villeneuve y el actor Javier Bardem (Stilgar) en un momento del rodaje de la película Dune © 2021 Warner Bros., Legendary Entertainment and Villeneuve Films. Photo by Chiabella James.

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