Imágenes, volúmenes y, además, palabras

5 febrero, 2021

Imágenes, volúmenes y, además, palabras

5 febrero, 2021

El diario de la princesa, por Carrie Frances Fisher. Colección: NOVA. EDICIONES B, S.A.

El diario de la princesa, por Carrie Frances Fisher. Colección: NOVA. EDICIONES B, S.A.

Encontrar un poco de coherencia en las acciones que ejecuta uno mismo, en medio de la desazón y la insensatez de un mundo absolutamente incoherente, resulta del todo una labor agotadora y, por lo general, condenada al fracaso. Si, por añadidura, se posee una lucidez surgida de las propias experiencias y de una capacidad de observación muy por encima de la media, sin necesidad del componente académico que no siempre permite a las personas respirar como éstas debieran, ¿el resultado es?: sí, una mezcla mucho más explosiva que la que se encuentra retenida dentro de los cartuchos de la dinamita inventada por el químico, inventor e ingeniero sueco Alfred Bernhard Nobel en 1866.

Esta misma y explosiva mezcla fue la que terminó por forjar el carácter de Carrie Frances Fisher (1956-2016), hija, actriz, escritora, guionista y, sobre todo, la princesa Leia Organa dentro de la epopeya galáctica creada por George Lucas durante la década de los años setenta del pasado siglo XX, aunque toda la saga comenzó mucho, mucho antes y seguro que escrita en una libreta de hojas amarillas.

Carrie Fisher fue aquella princesa guerrera que le demostró al mundo que una mujer podía ser tan o más capaz que un varón, en una situación límite y sin importar lo ridículo que pudiera ser su peinado. Fue la hija de una pareja “ideal”, la que formaron el cantante Eddie Fisher y la actriz Debbie Reynolds, por lo menos hasta que al primero se le ocurrió abandonar a la familia para irse con una de las amigas íntimas de su madre, la también actriz Elizabeth Taylor.

También fue la hija que abandonó el instituto para irse a trabajar con su madre, como corista de su espectáculo, circunstancia que siempre le hizo creer que era una “paleta” frente al resto del mundo. El tiempo demostró que Carrie Fisher era todo lo contrario, y si no que se lo digan a todos a los que les “curó” sus guiones para que las palabras y las historias que contaban tuvieran más sentido.

Fue aquella joven a la que no le gustaba, en exceso, el mundo del espectáculo -y, en realidad, nunca le acabó de gustar-, pero que debutó en la gran pantalla interpretando a Lorna, la hija cabreada y promiscua de Lee Grant, que acababa acostándose con el amante/peluquero de su madre, Warren Beatty, en la película Shampoo (Hal Ashby, 1975)

Y fue quien, tras aquel fugaz paso por el séptimo arte, decidió estudiar para ser actriz con mayor rigor y logró entrar en el Central School of Art and Drama, con tan sólo 17 años, por fin, fuera de la tutela de una madre que siempre terminó por ser un factor discordante, por no decir, desestabilizador en su vida.

Ni que decir tiene que cuando se presentó a la prueba para una pequeña película de ciencia ficción, rodada en el Reino Unido por un director bastante desconocido y con un elenco, salvo por algunas excepciones, igualmente desconocido, Carrie Fisher no podía imaginar cómo cambiaría luego su vida, tras ser aceptada para interpretar el papel de la princesa rebelde a quien los protagonistas principales de la historia deberán rescatar de las garras del malvado Imperio Galáctico.

Con aquel papel llegó a su vida el actor Harrison Ford, con quien descubrió muchas cosas de sí misma y, sobre todo, lo que supone estar con una persona con la que nunca podrás llegar a estar, en realidad, por mucho que lo desees. Puede que esa búsqueda de una relación ideal y estable, la cual siempre le fue esquiva -en cierto modo a imagen y semejanza de su madre, Mary Frances «Debbie» Reynolds-, fue la que condicionó toda su existencia y la que le llevó una espiral autodestructiva que hizo que desapareciera de este mundo pronto, demasiado pronto.

Sus diarios, los diarios de la princesa, son, además de una incansable búsqueda de respuestas para preguntas que no siempre se pueden responder, una enorme y contundente bofetada en la cara de la industria del espectáculo y de todo lo que se ha ido generando a su alrededor, en especial, alrededor de la saga galáctica creada por George Lucas.

La forma que tiene de definir, con palabras y hechos, cómo se ha perdido buena parte del espíritu original de aquella pequeña película de ciencia ficción por el puro afán mercantilista -algo de lo que la actriz se terminó por aprovechar ante los errores cometidos en el pasado para con su imagen y los derechos de ésta- deberían hacer sonrojar, y mucho, a quienes piensan que uno es más “fan” según la cantidad de cachivaches que posee y no por lo que la película supuso en su vida.

Habrá quien diga que sus palabras están motivadas por no haber logrado una carrera sólida, en parte por los excesos vitales antes comentados, y en parte por el encasillamiento sufrido al ser, por encima de todo, Leia Organa. Sin embargo, las afirmaciones volcadas en las páginas de su diario, sobre todo las que conforman la parte final del texto, deberían ser tomadas en consideración por quienes piensan que sólo ellos son los garantes del espíritu de la película de la que todos están pensando y de todo lo que luego ha llegado al mercado. Así se darían cuenta de lo equivocados que están. Como equivocados estaban los que pensaron, incluyendo a quienes le dieron la oportunidad de trabajar en el Episodio IV galáctico, que la princesa Leia se acabaría convirtiendo en la princesa Vivian, aquella a quien rescató apuesto y valeroso príncipe Edward, algo que luego la historia acabó por desmentir. 

Carrie Fisher fue mucho más que todo lo que dicen las páginas de su diario, algo que ya nunca podré decirle, pero lo que sí puedo expresar en estas líneas es que su libro hay que asimilarlo y, luego, cuando pase el tiempo, volver a leer algunas de sus páginas para no perder de vista las enseñanzas vitales de quien supo verse reflejada en un espejo, como antes que ella lo hiciera el literario Dorian Gray, aunque, a diferencia de este último, ella sí que supo vivir con la imagen cada vez más distorsionada que aparecía reflejada e, incluso, reírse de ella.

© Eduardo Serradilla Sanchis, Helsinki, 2021.

Imagen: Portada de El diario de la princesa. Cortesía de Lucasfilm Ltd, LLC. Star Wars: Episodio IV -Una nueva esperanza ™& © 2020 Lucasfilms Ltd, LLC

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