Imágenes, volúmenes y, además, palabras

3 diciembre, 2021

Imágenes, volúmenes y, además, palabras

3 diciembre, 2021

Sound of violence (Alex Noyer, 2021)

Sound of violence (Alex Noyer, 2021)

Todo a nuestro alrededor, absolutamente todo, propaga algún tipo de sonido (Sonido. Del lat. sonĭtus, infl. en su acentuación por ruido, chirrido, rugido, etc. 1. m. Sensación producida en el órgano del oído por el movimiento vibratorio de los cuerpos, transmitido por un medio elástico, como el aire.), sea este de mayor o menor intensidad.

Es más, nuestra sociedad actual parece no entenderse sin un constante “ruido de fondo” (Ruido. Del lat. tardío rugītus ‘rugido’, ‘estruendo’. 1. m. Sonido inarticulado, por lo general desagradable. Ruido de fondo. 1. m. Sonido de baja intensidad, generalmente uniforme y continuo, que subyace en un cierto entorno y que puede resultar perturbador.), el cual está condicionando nuestra forma de entender las relaciones sociales, mucho más de lo que somos conscientes. 

Atrás queda el tiempo en el que se valoraba y se respetaba el silencio (Silencio. Del lat. silentium. 1. m. Abstención de hablar. 2. m. Falta de ruido. El silencio de los bosques, del claustro, de la noche.), el cual actuaba como una suerte de bálsamo contra los vaivenes y sinsabores de la vida cotidiana.

Ahora, dibujen en su cabeza lo que pasaría si esos mismos sonidos también fueran capaces de producir formas, colores, texturas, además de la sensación auditiva. De ser así, la suma de todos esos elementos daría como resultado una suerte de fresco que te transportaría hasta el mismo límite de tus sentidos e, incluso, más allá, hasta la experiencia sensorial definitiva o, por lo menos, a una de las que todo ser humano debería estar expuesto para poder disfrutar más y mejor del mundo en el que se encuentra atrapado, le guste o no. 

Dicho todo lo anterior, ignoro qué pudo pasar por la cabeza de la niña Alexis Reeves cuando descubrió que, detrás del sonido que producen los huesos del cráneo de una persona al ser aplastado por una maza de metal, se escondía un universo de sensaciones. Esto era más liberador que el hecho de tener que asumir la visión de que era su padre el que se encontraba desgarrando el cuerpo de su madre.

En realidad, cualquier otra persona hubiese sucumbido  ante el trauma de ver cómo toda su familia había sido diezmada delante de sus ojos, pero no ella. Alexis en ese momento estaba sorda a causa de un accidente, y su padre no pudo soportar ante el estrés postraumático derivado de su estancia en un escenario bélico, meses después del once de septiembre del año 2001.

Otra hubiese cedido y aquella sordera temporal hubiera sido permanente e irreversible, pero eso no fue lo que le sucedió a la niña que sobrevivió, no solamente a la pérdida de su vida cotidiana, tal y como la conocía, sino al sistema de acogida de su país, aquel en el que son demasiados los que “cogen el dinero” y no se preocupan por nada más y, muchísimo menos, por quienes tienen acogidos bajo su techo.

No. Alexis creció y, con ella, creció la obsesión por entender, capturar y desentrañar las razones que entrelazaban el sonido del dolor físico cuando este lo sufría una persona y la sensación de éxtasis que la transportaba hasta las hipnóticas imágenes del mejor Giallo italiano, llenas de un simbolismo que terminó por convertir dicha manifestación artística en más que un mero ejercicio de estilo, cinematográficamente hablando.

Quizás, solo quizás, y atendiendo a esta última reflexión, Alexis no es una sociópata de libro, ni alguien que disfruta con el dolor que infringe, sino una suerte de contemporánea doctora Jekyll que, como el literario personaje de Robert Louis Stevenson, necesita desafiar las leyes de la ciencia y del mismo conocimiento para entender qué sucede a su alrededor, sobre todo, aquello que solo ella parece ver y, además, entender. Y para lograrlo, recurre a su hermana Hyde para que esta tome el control cuando la situación lo requiera, eso sí, sin abandonar esa búsqueda de la verdad que delimita el devenir de cualquier investigador que se precie. 

Y es el mismo espíritu metódico y científico, incapaz de dejar nada al azar, el que, precisamente, la ha ayudado a lidiar contra su “demonio interior”, representado en el rostro ensangrentado de su padre, luego de haberle golpeado en defensa propia, todo sea dicho. 

También, sólo quizás, los cadáveres que va dejando por el camino son una representación de la venganza contra ese mismo demonio, quien terminó por dar rienda suelta a esa “locura” a la que el ser humano recurre con demasiada facilidad -en vez de evitar marearse hasta la misma náusea- cuando se recorren esos meandros de la insensatez que le llevan, directamente y sin posibilidad de remisión, hasta el corazón de las tinieblas. Lo malo es que esa sensación de vértigo se termina por contagiar y, sin ser del todo consciente, Alexis acabó por recorrer el mismo caudal que su padre hiciera antes que ella, con unos resultados igualmente desastrosos.

Habrá quien diga que era Alexis quien, al igual que su progenitor, “no estaba bien de la cabeza”, pero, en un mundo como el nuestro, ¿quién lo está?

Y es en dicha delicada y frágil dicotomía, entre la cordura y la locura, entre la lucidez y el delirio, donde se apoya el discurso narrativo de esta tragedia, casi se diría que gótica, por la atormentada personalidad de Alexis y su desesperada búsqueda de un conocimiento a todas luces arcano, descarnado y que se niega a regirse por las normas por las que se rige nuestra destartalada sociedad.  

Alexis es, de una forma o de otra, víctima y verdugo de una situación que, a partir de la muerte de toda su familia, condicionó, sin remisión de causa posible, todos los planos de su existencia, hasta convertirla en aquello que más detestaba, una suerte de calco de su padre.

Sound of Violence es de esas películas que, sin alardes ni fuegos de artificios vanos y baladíes, te golpean en la cara ante la vulnerabilidad de los seres humanos y los sucesos a los que se deben enfrentar. Sus personajes no son distópicos, ni le rinden obediencia ciega a ningún iluminado que les hace comportarse de tal o cual manera. No. Alexis, María, Duke o la oficial de policía Sonya Fuentes son seres reales, de carne y hueso, sin nada que les diferencie del resto de las personas con las que se rodean, salvo por sus experiencias pasadas. Y es ahí donde nos damos cuenta de que cualquiera puede ser como Alexis, empeñada en encontrar el sonido ideal y perfecto, en medio de un escenario donde NADA lo es.

© Eduardo Serradilla Sanchis, Helsinki, 2021.

© 2021 You Know Films and No-Office.

Imagen 1: Alexis Reeves (Jasmin Savoy Brown) en una imagen de la película Sound of Violence © 2021 You Know Films and No-Office.

Imagen 2: Jasmin Savoy Brown Alexis Reeves (Jasmin Savoy Brown) en una imagen de la película Sound of Violence  © 2021 You Know Films and No-Office.

Imagen 3: Marie Sotker (Lili Simmons) y la detective Sonya Fuentes (Tessa Munro) en una imagen de la película Sound of Violence © 2021 You Know Films and No-Office.

Imagen 4: Duke (James Jagger) en una imagen de la película Sound of Violence © 2021 You Know Films and No-Office.

Imagen 5: Alexis Reeves (Jasmin Savoy Brown) empeñada en atrapar el conocimiento que se esconde tras el sonido, en una imagen de la película Sound of Violence © 2021 You Know Films and No-Office.

Imagen 6: Alexis Reeves (Jasmin Savoy Brown) inmersa en su mundo de sensaciones, en una imagen de la película Sound of Violence © 2021 You Know Films and No-Office.

Póster de Sound of Violence © 2021 You Know Films and No-Office.

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