Imágenes, volúmenes y, además, palabras

20 julio, 2021

Imágenes, volúmenes y, además, palabras

20 julio, 2021

Supernova (Harry Macqueen, 2020)

Supernova (Harry Macqueen, 2020)

Una supernova (del latín nova, «nueva») es una explosión estelar que puede manifestarse de forma muy notable, incluso a simple vista, y en algún lugar de la esfera celeste donde antes no se había detectado nada en particular. Por esta razón, a los eventos de esta naturaleza se los llamó inicialmente Stellae novae, “Estrellas nuevas” o simplemente “Novae”. Con el tiempo se hizo una distinción entre fenómenos aparentemente similares, pero de una luminosidad intrínseca muy diferente. Los menos luminosos continuaron llamándose Novae, en tanto que el término Supernova fue acuñado por Wilhelm Heinrich Walter Baade (1893-1960) y Fritz Zwicky (1898-1931) para denominar a los más luminosos, a los que luego se les agregó el prefijo “Super”. 

En estos momentos, después de leer la definición de lo que es una Supernova, soy plenamente consciente de lo que estoy haciendo y sólo tengo que recurrir a mis recuerdos y a mi propia experiencia como ser humano para escribir estas líneas. También soy consciente de la música que estoy escuchando y de quién la compuso, sólo por poner un ejemplo de todo lo anteriormente dicho.   

No negaré que, algunos días, el cansancio y la tensión terminan por marcar la pauta del comportamiento y es, entonces, cuando cuesta más articular un pensamiento mínimamente coherente. Sin embargo, todavía mi cuerpo se regenera lo suficientemente bien como para afrontar un nuevo reto, físico e intelectual, como puede suponer el sentarse delante de las teclas de un ordenar y empezar a pulsarlas hasta lograr que todas las palabras escritas en el monitor, aquellas que, ocupando la superficie de esas páginas digitales que aparecen en el monitor, digitales que no reales, den como resultado un discurso que sea merecedor de la atención de cualquiera de ustedes.  

Ahora mismo sé quién soy y la razón que me lleva a hacer lo que hago, día tras día, al igual que reconozco el sinfín de cosas que se agolpan sobre mi mesa de trabajo, por extraño que le pueda resultar a una persona ajena al mundo en el que vivo. No tengo dudas cuando me tengo que cambiar de camiseta por causa de las altas temperaturas estivales, ni nada por el estilo. De una forma u otra, reconozco mi entorno, los ruidos, silencios, estímulos y todo aquello que conlleva vivir en una sociedad como la nuestra, donde los seres humanos tratamos de sobrevivir, con mayúsculas, y sin perecer en el intento.  

Dicho todo esto, si ahora alguien me dijera que, en unos años, puede que en tan sólo unos meses, todo aquello que conforma el escenario en el que vivo empezaría a resquebrajarse, a diluirse como la tinta cuando ésta se mezcla con el agua y que, además, no habría forma humana de impedirlo, dudo mucho que pudiera soportarlo.  

No me entiendan mal. Sé que empezamos a morir nada más nacer y que el final forma parte del mismo camino que emprendemos. Y sé que hay que aprender a vivir con ello y no pasarse la vida huyendo como si, en un determinado momento, Loto, Láquesis y Átropos se cansaran de perseguirte y, con ello, pudieras llegar a ser inmortal.  

También entiendo que la sociedad debe regirse por unas normas de comportamiento y, además, por una serie de códigos éticos y/o deontológicos (Deontología. Del gr. δέον, -οντος déon, -ontos ‘lo que es necesario’, ‘deber2’ y -logía. 1. f. Parte de la ética que trata de los deberes, especialmente de los que rigen una actividad profesional. 2. f. Conjunto de deberes relacionados con el ejercicio de una determinada profesión.) y que, sin ellos, nos sería imposible abordar determinadas situaciones vitales, algunas de las cuales tienen que ver con la misma preservación de la vida humana.  

Otra cosa bien distinta es obligarte, siguiendo el dictado de uno de esos mismos códigos, a ser un testigo mudo de tu propia degeneración física y mental, la cual, a imagen y semejanza del literario retrato de Dorian Gray, sólo te acaba mostrando en lo que te estás convirtiendo y todo lo que ya has dejado atrás, de forma inexorable y sin posibilidad de cambio alguno.  

No pienso entrar a valorar las creencias de nadie, aunque sí que tengo claro que el ser humano es libre de tomar sus propias decisiones. Nada, ni nadie, tiene ningún derecho a condicionar el juicio de un semejante, mientras la persona actúe según sus propias convicciones. Si alguien te reclama, luego de haber tomado una decisión vital de carácter terminal, alguna responsabilidad por tus actos, cada uno deberá asumirlas y someterse al mismo juico descrito en sus libros sagrados por tantas y tantas religiones, a lo largo de la historia de la humanidad, tal y como la conocemos.  

Los dictados sociales y las personas que te rodean, sobre todo éstas últimas, deben ser capaces de entender ese derecho, tu derecho, a no pasar por una degeneración que te convierte en una grotesca y esperpéntica sombra de ti mismo. Tu derecho a poder abandonar este mundo cuando todavía eres capaz de reconocer tu imagen en un espejo. O cuando todavía eres capaz de seguir pulsando las teclas del teclado del ordenador sin preguntarte lo que estás haciendo o cómo has llegado hasta allí.  

Sé que son legión los que opinan de otra manera y anteponen la “letra de la ley”, humana y divina, además de cierto regusto torticero por evitar cualquier cambio que ponga en solfa su forma de entender nuestra sociedad. Sin embargo, su libertad para expresarse libremente termina donde empieza el derecho, mi derecho, a decidir qué quiero hacer cuando mi psique se esté desmoronando como un castillo de frágiles y volátiles naipes.  

Y entiendo que no estén de acuerdo, pero hay líneas que no se deben traspasar cuando lo que está en juego es la dignidad humana y el derecho a decidir sobre el final de su existencia, tal y como Tusker (Stanley Tucci) termina por hacerle entender a su pareja, Sam (Colin Andrew Firth), testigo de la degeneración que está sufriendo el amor de su vida.  

Todo lo demás, por lo menos para Tusker y para quien ha logrado escribir estas líneas sin perderse en el empeño, sobra. Es baladí e innecesario, por mucho que haya quien piense lo contrario. O, por lo menos, hasta que se vea inmerso en una situación similar…  

La Demencia (del latín de: «alejado» + mens -genitivo mentis-: «mente») es la pérdida progresiva de las funciones cognitivas debida a daños o trastornos cerebrales. Los déficits cognitivos pueden afectar a cualquiera de las funciones cerebrales, particularmente a las áreas de la memoria y la memoria semántica, el lenguaje (afasia), la atención, las habilidades visoconstructivas, las praxias y las funciones ejecutivas como la resolución de problemas o la inhibición de respuestas. La demencia puede afectar el lenguaje, la comprensión, la habilidad motora, la memoria a corto plazo, la capacidad de identificar elementos de uso cotidiano, el tiempo de reacción, rasgos de la personalidad y funciones ejecutivas. 

© Eduardo Serradilla Sanchis, Helsinki, 2021.  

© 2021 BBC Films, British Film Institute, Quiddity Films and The Bureau. 

Sam (Colin Firth) y Tusker (Stanley Tucci) en imágenes de la película Supernova © 2021 BBC Films, British Film Institute, Quiddity Films and The Bureau. Photo: Bleecker Street Media.

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