Navegando a Moonfleet

14 agosto, 2020

Senderos de Gloria, de Stanley Kubrick

Un pelotón de ejecución está a punto de fusilar a tres soldados escogidos al azar. Tres pobres desgraciados escogidos de entre todo el grupo que se comportó de igual manera ante un ataque suicida. Tres desgraciados que se enfrentarán a la muerte como peones en el juego de ajedrez de los generales cómodos en sus oficinas. No lo he mirado a fondo, no tengo tiempo, pero creo que Kubrick se inspiró en el fusilamiento de James Connolly en Dublín el 12 de mayo de 1916. El lunes de pascua del 16 un grupo de irlandeses tomaron varios edificios oficiales y declararon la República de Irlanda. Los británicos, inmersos en la I Guerra Mundial no querían otro frente de batalla y aplastaron con todas sus fuerzas la rebelión. Lo curioso es que en ese momento no había un apoyo masivo entre los ciudadanos irlandeses  para proclamar la independencia, la mayoría se contentaba con convertirse en una región autonómica limitada. De hecho, cuando los rebeldes detenidos fueron llevados a la prisión, lo hicieron bajo los gritos e insultos del pueblo de Dublín. Pero un hecho cambió la historia y creo que ese fue el que inspiró a Kubrick. Connolly había quedado malherido durante los días de enfrentamiento con las tropas británicas. Él y varios hombres más fueron condenados a muerte por rebelión y alzamiento contra la corona británica. Los fusilamientos se fueron sucediendo desde el 3 al 12 de mayo. Connolly estaba moribundo en su celda. No podía ni levantarse. De hecho estaba ya desahuciado. Su muerte era cuestión de días. Se pidió clemencia para aquel hombre al gobierno británico, pero éste fue inflexible e inmisericorde. Connolly fue atado a una silla y se llevó ante el pelotón, muriendo abatido la mañana del 12 de mayo. A partir de ahí, cambió la situación. El pueblo, hasta el momento pasivo, cambia de opinión y se va sumando a la rebelión. Países como EE.UU., con una gran cantidad de emigrantes irlandeses, apoya una Irlanda libre… En 1921, se declara oficialmente la independencia. Tuve la oportunidad de visitar las instalaciones de la prisión de Kilmanhaim, actualmente museo. No pude más que estremecerme frente a aquel muro donde tantos hombres perdieron la vida. El sentimiento de dolor se respiraba en aquel patio. Sé que puede resultar absurdo, pero aún se oían los lamentos y las lágrimas de los muertos…

 

En la película uno de los tres elegidos es un moribundo. Se lleva en camilla al poste donde será fusilado. No hay piedad para un hombre con las horas contadas. El honor del ejército por encima de todo. ¿Que se está muriendo de todas formas? Qué más da. El soldado debe ser fusilado. Al coronel Dax (Douglas) solo le queda mirar al suelo en señal de vergüenza. Y en una sucesión de fríos planos de simétrica perspectiva frontal, los soldados a fusilar atados en sus postes, los tres pelotones de fusilamiento para sendos condenados. Matemática fría para una mañana fría y tres muertes frías. Un último gesto de humillación con el malherido. Se le pellizca la cara para despertarlo. Ni siquiera se le permite el gesto  humanitario de morir en paz. Y para más crueldad, a un lateral un carro tirado por un caballo. Y sobre el carro, los tres ataúdes que acogerán los cuerpos sin vida de los tres (mal) elegidos soldados. Y fuego. Caen los tres. Una decena de veces habré visto la película y la misma decena de ocasiones he deseado con todas mis fuerzas que estos tres hombres hubieran sido declarados inocentes en ese paripé llamado “consejo de guerra”. Una decena de veces he deseado que cambie el desenlace del tribunal y por lo tanto no sean ejecutados. Una decena de veces me he olvidado de la miseria humana. Una decena de veces he olvidado que su destino, inexorable, ya estaba escrito.

 

E inmediatamente después a que los tres hombres caigan, abatidos por las balas, sin fundido en negro, ni amortiguación posible, para mostrar la crueldad de quienes ordenaron el fusilamiento, un cambio de plano instantáneo. Dos generales, felices, cómodos y calientes en una gran sala. Tres muertos fuera y ellos comiendo opíparamente. Cruel contraposición de planos. Cruel contraposición de historias. “Hubo cierto esplendor en la ejecución”, afirma uno de los generales, mientras unta una tostada con la mantequilla que escasea en las trincheras. Lo que hace y lo que dice se enfrentan de manera ética. “Murieron maravillosamente. Siempre se corre el riesgo de que alguien haga algo que deje mal sabor”, re afirma mientras mastica lo que parece un cruasán. Y a esa reunión se suma, llamado por los generales, el coronel Dax. “Coronel Dax, sus hombres murieron muy bien”, sigue diciendo el general, y de nuevo con comida en la mano. Y de repente, el otro general, el que parece más veterano o de mayor número de estrellas, con la misma frialdad y el mismo cinismo, también actuando de manera natural, con un habitual gesto inocente de untar otro cruasán con mermelada, suelta una lapidaria frase “Por cierto, Paul, ha llegado a mis oído que ordenaste a tu artillería disparar sobre nuestros soldados durante el ataque a la colina”. Repito que están hablando de cañones, disparos, ataques, MUERTES, durante un abundante desayuno en una enorme sala palaciega. Esto me hace recordar una curiosidad que normalmente pasamos por alto. Solemos confundir las películas que transcurren en la Primera y Segunda Guerra Mundial. Me refiero a que tenemos más fresco el delirio asesino de los nazis y tachamos de la misma manera al ejército alemán que participó en la I Guerra Mundial. Los bandos casi eran los mismos, pero sus dirigentes no. Tendemos a ver a los alemanes como “los malos” en todas las películas. En esta podríamos pecar de lo mismo. Y al finalizar el film vemos claramente que no hay malos ni buenos, solo soldados recibiendo órdenes absurdas para ganar unos centímetros de tierra de tal manera que los oficiales puedan llevarse un trozo de metal más para ponérselo en el pecho. ¿Símbolo de valentía? No, metáfora de muerte y sufrimiento que se lleva colgado en el pecho, supuestamente con orgullo. El pecho de los que dieron las órdenes, el pecho de los que comen cruasán con mermelada mientras hablan de valientes caídos.

 

Y con este acto de acusación se intentan lavar las manos. Se buscan culpables de entre los de abajo. Si alguien ha de ir a un tribunal, a un consejo de guerra, debido a que el coronel Dax puede demostrar que ese bombardeo sobre las propias tropas es cierto, que sea un general segundón, el que menos contactos, o menos poder tiene. “El hombre que apuñalas por la espalda, es un soldado”, afirma el general defenestrado. Con sus medallas en el pecho. Con muertes a sus espaldas. Pero no es su vida la que estaba en juego. Mirada altiva, barbilla alta, pero sabe que no habrá más medallas en su pecho. Aunque también sabe que no terminará como los otros tres soldados, atado en un poste mirando de frente los cañones de los fusiles que acabarán con su vida. Como mucho, licenciado con deshonor. Porque para ello es un general. “Francia no puede permitirse idiotas al frente de su destino”, termina diciendo el general que queda. Y para terminar de intentar limpiar su corrompida alma, ofrece el puesto del general defenestrado a Dax. Una secuencia que muestra lo magnífico actor que era Douglas. Su pose, su cara, su mirada refleja odio, desprecio, orgullo, integridad… “Podré ser muchas cosas, señor, pero nunca hijo suyo”, afirma tajantemente. Ambos en el mismo plano. La conversación sin cortes. El general en primer plano, mirando hacia otro lado, mientras que Dax, un poco más atrás mira la figura del general. Este es tan cobarde y tan inmodesto que no se dirige a Dax cuando habla. Deja caer las palabras. No dialoga, sino que sermonea, “monologuea”… Solo es capaz de mirar a Dax cuando este último le dice amablemente que el ascenso que lo ofrece, para acallarle, para comprarle se lo puede meter por donde le quepa. “¡Aunque me hunda en la profundidad del infierno no le pediré más disculpas!”. Soberbia actuación la de Douglas, representando en ese momento a todos y cada uno de los espectadores, que odiamos la frialdad de esos generales jugando al ajedrez con peones sustituibles. “Ha perdido su agudeza por culpa del sentimentalismo”, afirma. No ve a los soldados como hombres. “Tenemos una guerra que ganar. Tuvimos que fusilar a esos hombres. Usted acusó al general y yo le he pedido cuentas, ¿qué he hecho mal?”. Y de nuevo un primer plano de Douglas, mandíbula apretada, ojos henchidos de odio y un sutil movimiento de los labios, un movimiento de ira, de impotencia, de rabia… “Si no se sabe contestar a esa pregunta… le compadezco”, responde.

 

Y ahora ya sí, un fundido encadenado con el final de la película. La transición es más suave que la anterior. Sabemos claramente que Dax seguirá en su puesto de coronel, al frente de su regimiento, de sus hombres, en las trincheras y en el barro, no en los salones de baile con mermelada, huevos, café caliente y cruasanes. Dax va a sus oficinas en el cuartel, lejos de los elegantes salones donde acaba de estar. Barro en las calles, gris el cielo… Abre la puerta para entrar en sus oficinas y un ruido le llama la atención. El griterío de hombres. Silbidos, gritos y aplausos y los sigue hasta la cantina que está al lado de su despacho. Su regimiento está disfrutando de un pequeño permiso. Aquellos hombres que tuvieron la suerte de no ser los tres elegidos para morir por el honor de Francia. Hombres toscos, de casi todas las edades, sin afeitar, apiñados en sucias mesas bebiendo cerveza, en busca de algo de diversión. Casi animales salvajes en busca de su presa femenina. Y en un tosco escenario se presenta el dueño del local prometiendo diversión. “Como mi mujer dice siempre, ¿qué es la vida sin diversión?”. Y diciendo que viene “desde Alemania, tierra de bárbaros”, arrastra al escenario a una joven asustada, con lágrimas en los ojos. Y los soldados, no ven en la muchacha más que un trozo de carne, un posible desahogo sexual. La joven lleva falda larga, diría que de franela o algún tejido parecido, ajustada a la cintura y una blusa blanca abrochada hasta el cuello, pero que ligeramente transparenta un sujetador, pero solo lo insinúa, nada más. Vemos los soldados casi uno por uno en primer plano con miradas de lujuria. Solo les falta abalanzarse sobre ella. Se representan a todos y cada uno de ellos como bestias salvajes, depredadores de la sabana… Cuentan chistes sobre la chica. Los soldados se ríen. Acaban de regresar de una batalla inútil, de una carga donde han muerto compañeros, de un juicio donde han sido juzgados tres de ellos y posteriormente fusilados. La masa les da impunidad, el alcohol les disinhibe, su comportamiento no es el más correcto, pero les da lo mismo. Total, mañana es posible que mueran, ¿qué más da que nos riamos de aquella mujer y la deseemos con lascivia? Risas, fiestas… En alemán (creo entender) el dueño del bar le dice a la chica “Oye, saluda y di buenas noches”. “Gute Nacht”, dice ella, en un volumen que casi no se oye. Sigue asustada y llorando. “¡Aquí hay que hablar en cristiano!”, grita un soldado puesto en pie, con la algarabía consiguiente del resto. Al fin y al cabo, Alemania es el enemigo y aquella joven no es más que botín de guerra. Hasta el dueño del bar dice que su único talento es el “natural”, el físico. Vamos, que es guapa y solo sirve para follar. Eso sí, “canta como un pájaro”. Y los soldados le exigen que cante. De nuevo primeros planos de muchos de ellos, distintas edades, distintos rostros, pero todos viendo solo las curvas de la mujer. Y la joven arranca a cantar. Son tantos los gritos de los soldados que no se le oye. Mueve los labios y no oímos nada. Pero poco a poco los soldados van callando y la oímos. Canta en alemán. Aquellos soldados no entienden lo que dicen, pero poco a poco se van contagiando de la melodía, de la canción que ella, con lágrimas en los ojos, canta. No saben qué dice, pero no importa. Es música. Ya no es animalidad. La selva se ha alejado. El arte hace que la vean de distinta forma. En cada uno de ellos despertará distintas sensaciones, sentimientos, recuerdos, memorias, ilusiones… De nuevo primeros planos de los soldados mientras ella canta. Y ahora vemos lágrimas en los ojos de esos rudos hombres que momentos antes a punto estaban de abalanzarse sobre el escenario. A alguno de ellos se les forma un nudo en la garganta, ni parpadean y poco a poco, van uniéndose a la canción, aún sin cantarla, solo tarareando. Porque la música les aleja de la realidad de la guerra que viven, porque la música es belleza en el barro, porque la música es amor entre la futura muerte, porque la música, aún no entendiendo la letra, es unión entre las personas… Esos soldados, aún sabiendo que morirán posiblemente, comparten un instante de belleza, de unión estética. Todos son personas, amigos y enemigos, hombres y mujeres… Y llega el final. El sargento se acerca a Dax, que ha estado escuchando todo desde fuera del bar y dice “Señor, tenemos órdenes de regresar al frente inmediatamente”. “Déjelos un poco más, sargento”, responde Dax, sabedor de lo que significa ese momento para sus hombres, para los hombres en general.

 

La canción que canta la joven es “Der treue Husar”, título alemán. Es una canción tradicional alemana usada en el carnaval de Colonia desde los años 20 del siglo pasado, aunque originalmente era una canción militar y narra la historia de un joven soldado que es separado de su amada y solo puede volver a verla cuando resulta mortalmente herido.

 

La canción la he buscado y dice más o menos esto (no lo he traducido yo, que iba en alemán):

 

 

 

Un soldado fiel y sin miedo,

 

de una chica se enamoró.

 

Un año entero y puede que más

 

el buen soldado la amó.

 

Cuando a la guerra le hicieron ir

 

su recuerdo la acompañó,

 

Pero su amor le enfermó

 

de un mal extraño y mortal.

 

Durante tres noches él no lo supo

 

Y cuando por fin se enteró

 

de la agonía de su amor,

 

de su destino se ausentó.

 

al llegar la abrazó,

 

era un cuerpo yerto, sin calor,

 

-“Traedme luz, traedme claridad.

 

que pueda ver a mi amor!”-

 

los sepultureros llegaron

 

para los preparativos del funeral.

 

Lo ayudan seis valientes soldados

 

a llevar el cuerpo tan amado.

 

usan un sudario negro

 

tan negro como su dolor

 

una gran pena de su corazón

 

que será eterna como su amor.

 

 

 

Tal y como adelantaban las imágenes, estaba claro que la canción era dolorosa y contaba una triste historia que podían entender aquellos soldados, curtidos en cientos de batallas, sordos por los ruidos de los cañones, sucios y duros… Pero el arte era capaz de obrar milagros. Antes de la muerte posible, un momento de comunión.

 

Películas así son difíciles de encontrar hoy en día. Por eso adoro este final.

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